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100 años de la muerte de Giuseppe Verdi
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Publicación del sábado 27 de enero de 2001

íViva Verdi!

Gran intérprete del corazón humano

Por Francisco PEREZ DE ANTON
El 24 de enero de 1901 las calles adyacentes al Gran Hotel de Milán fueron alfombradas con paja de trigo para que los traqueteos de los carruajes de caballos no molestaran al huésped que agonizaba en el segundo piso a causa de un derrame cerebral. Y cuando, tres días después, se supo de su muerte, los balcones de la ciudad se cubrieron de banderas enlutadas, los teatros cerraron en señal de duelo y una multitud de doscientas mil personas se aglomeró en el entierro del hombre cuya música había inspirado el resurgimiento y la unificación de Italia. Su nombre era Giuseppe Fortunino Francesco Verdi y había nacido 87 años antes en una pequeña aldea del Ducado de Parma, entonces bajo dominio francés.

Un mes después de su muerte, en un solemne y emotivo funeral celebrado en su memoria, la orquesta y coros de La Scala de Milán interpretaban el Va, pensiero, el famoso coro de los esclavos de la ópera Nabucco. Este bellísimo canto, convertido ya por entonces en el segundo himno de Italia, se había escuchado por primera vez justamente allí, en Milán, sesenta años antes, cuando Verdi sólo contaba 29. Y para gloria de su autor hoy enriquece el universal sentimiento de libertad que por siglos ha inspirado a hombres grandes y pequeños.

Pero cuando Verdi compuso el Va, pensiero, su espíritu distaba mucho de estar en lo más alto. Aún no repuesto por la muerte de sus dos pequeños hijos, ese año fallece también su esposa Margarita. Su familia se había esfumado. En tres años, tres féretros habían salido de su casa, como él mismo decía, y para colmo su segunda ópera había fracasado en La Scala de Milán. Verdi decide entonces abandonar la música. Le faltan la inspiración y el ánimo. Pero el empresario de La Scala, Bartolomeo Merelli, le obliga a aceptar un libreto.

“Introdujo entre mis manos a la fuerza el manuscrito”, escribiría después Verdi, “el cual enrollé de mala gana y, cuando llegué a la pensión, lo arrojé con un ademán violento. Al caer sobre la mesa, sin embargo, el manuscrito se abrió y mis ojos se fijaron en una página que comenzaba con esta estrofa: Va, pensiero, sull'ali dorate (Ve, vuela, pensamiento, sobre las alas doradas). Conmovido, seguí leyendo los versos. Primero, un fragmento. Luego, otro. Después, paginas enteras. Leí el libreto de Nabucco tantas veces que, al amanecer, me lo sabía casi de memoria”.

La escena, recreada a fines de los cincuenta en la película “Tragedia y triunfo de Verdi”, tiene un especial lugar en mi memoria, pues creo que fue así como descubrí la ópera. Los primeros compases del himno llegaban hasta Verdi de manera fragmentaria mientras él leía el libreto. La inspiración estaba cerca, pero no acababa de expresarse ante un hombre que se sentía fracasado y aún lloraba la pérdida de su familia.

En el alma de Verdi, no obstante, hay un pálpito superior, una grandeza que lo eleva por encima del dolor y el desencanto. Y poco a poco, en medio de su soledad y de su noche, los fragmentos del Va, pensiero comienzan a unirse y los coros a estallar con una fuerza imponente.

Como estallarían también en La Scala, el 9 de marzo de 1842, cuando el público de Milán lo escuche por primera vez. Gritos, banderas, lágrimas, entusiasmo desbordado. Verdi había logrado transformar el drama de la cautividad del pueblo hebreo en la metáfora musical de una Italia sometida al yugo austríaco. Y su música encenderá a partir de Nabucco el patriotismo de sus coterráneos. Y no sólo con esta ópera. Verdi había pulsado la cuerda más sensible del alma italiana. Y cuando años más tarde el movimiento de unificación comience a manifestar su secreto y ferviente deseo de unir la península bajo un solo monarca, lo hará con un lema que se haría célebre, Viva Verdi, donde la palabra Verdi era el encubierto acrónimo que formaban las iniciales de Vittorio Emanuelle Re D'Italia.

A lo largo de una vida excepcionalmente prolífica, Verdi musicalizó también algunos de los mejores dramas románticos de su tiempo y dio vida operística a personajes creados por autores tales como Shakespeare (Macbeth, Otello, Falstaff), Lord Byron (Il due Foscari, Il corsaro), Víctor Hugo (Ernani, Rigoletto), Schiller (Il masnadieri, Luisa Miller, Don Carlos), Alejandro Dumas, hijo (La traviata) o los dramaturgos españoles García Gutiérrez (Il trovatore, Simón Boccanegra) y el Duque de Rivas (La forza del destino).

Dispersas entre éstas y otras óperas, veintiocho en total, resuenan algunas de las cumbres líricas de todos los tiempos. Verdi bebió siempre en la buena literatura y pidió con frecuencia a sus libretistas adaptar aquellas obras donde, quizá porque lo había vivido, la inocencia sucumbía. En los grandes escritores encontró la estructura dramática que deseaba para sus óperas. Y con una bellísima música, dotó a los personajes clásicos de una dimensión que no tenían.

A cien años de su muerte, no todos los críticos son ni han sido benévolos con Verdi, si bien la mayoría concuerda en que nadie como él logró expresar la complejidad del corazón humano con una música tan sencilla. Creo que se quedan cortos. Y por más que contra gustos no hay disputas, pienso que Verdi le dio a la ópera una gran profundidad orquestal. Pero de todos los méritos que acumuló a lo largo de su vida, como músico y como persona, me quedo siempre con los de su noche triste, en una buhardilla de Milán. Es en esa hora terrible, cuando, sobreponiéndose a la soledad, a la derrota y al dolor de una familia perdida, Verdi se torna a mis ojos el más grande de los compositores de ópera.— F. P. de A.— Guatemala, Guatemala, enero de 2001 (Firmas Press).

 
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