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100 años de la muerte de Giuseppe Verdi
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100 años de la muerte de Giuseppe Verdi

La crítica a Pavarotti por su versión de "Radamés"

Dificultad para decir adiós a la ópera

NUEVA YORK, 21 de enero (Por Anthony Tommasini, de The New York Times).- A nadie debe sorprender que durante muchas semanas el tema de conversación entre los aficionados a la ópera fuera que la interpretación de Luciano Pavarotti como "Radamés", en la ópera "Aída" de Verdi, en el Teatro Metropolitan de Nueva York, sería la última con la compañía.

Este aclamado tenor tiene 65 años, una edad muy avanzada para un cantante de ópera.

No es ningún secreto que desde hace cierto tiempo tiene severos problemas físicos, que apenas se aliviaron con la operación en la cadera y una rodilla, a la que se sometió en 1998.

Esto, desde luego, no quiere decir que Pavarotti no sea un ejemplo de estricta autodisciplina durante toda su carrera.

El lunes 15 pasado, en la noche, Pavarotti cantó en la primera de sus cinco actuaciones programadas de "Aída".

Para aquellos que nos emocionamos con la tesitura y esplendor vocal de este artista -y eso incluye a todo aficionado a la ópera de los últimos 30 años-, la actuación de Pavarotti fue un espectáculo deprimente.

Desde luego, aún quedan destellos de aquella grandeza, pero la realidad es que sólo sobrevive en el escenario gracias a la indulgencia de sus compañeros.

En Deborah Voigt, en el papel de Aída, la mezzosoprano Olga Borodina como Amneris, y el barítono Mark Delavan en su presentación como Amonasro, la Opera Metropolitana tiene a tres espléndidos cantantes en su mejor momento.

Desafortunadamente, su labor se ve reducida por las constantes concesiones musicales a Pavarotti. En el foro de la orquesta, James Levine se ve con frecuencia reducido a un mero marcador de tiempo.

Cada vez que Pavarotti sube al escenario, todos los cantantes parecen unirse en una especie de coro en un esfuerzo por apuntalarlo.

Nadie esperaba que un tenor avejentado y pasado de peso realmente cunpliera con las expectativas en el papel del joven conquistador del ejército egipcio, pero lo menos que podría hacer es sonar heroico.

Cuando Pavarotti interpreta las primeras estrofas que preceden el aria de Radamés, "Celeste Aída", quedaron en evidencia muestras del clásico sonido de Pavarotti, ricas, llenas de color, fuertes.

Habrá que esperar mucho tiempo para que otro tenor pueda igualar esas tesituras, y Pavarotti lo sabe, razón por la cual debe ser tan difícil para él decir adiós.

Sin embargo, una vez que comenzó el aria, su canto se volvió inseguro, y esto también debe saberlo. Las estrofas iniciales subieron de tono en una serie de puentes líricos que sostienen las notas más altas, pero el tenor tuvo problemas para sostener la línea. Sólo alguien con la técnica de Levine y sensibilidad hacia los cantantes podía seguir las necesidades de Pavarotti, cuando comenzó a quedarse sin aliento en una estrofa, o cuando se adelantó un compás en otra.

La gloria de Pavarotti son sus notas altas, y aún es capaz de ofrecernos algo de esto, pero lograrlo le cuesta demasiado trabajo.

Sus ojos nunca se apartaron del apuntador y no parecía conocer la música lo suficiente. Se recuperó en el cuarto acto, al ofrecer el canto más consistente de toda la noche, algo muy similar a lo que vimos y escuchamos en la gala de 1998, con motivo de su 30o. aniversario como cantante.

Desafortunadamente, la triste imagen que resumió la actuación en general se presentó en la "Escena del Triunfo", cuando el escenario se llena de soldados egipcios, una multitud jubilosa y de etíopes capturados. Radamés, el héroe guerrero, entra a escena a bordo de una carroza y desciende con ayuda de dos guardias.

Durante el ensamble coral, mientras Aída, el príncipe Amneris y el Farón de Egipto se paran frente a él, Pavarotti, quien tenía evidentes problemas en los pies, se sentó en una banca.

Cada vez que Pavarotti no estaba en el escenario, Levine trató de lograr que los demás cantantes levantaran a "Aída".

Cuando Voigt interpretó por primera ocasión el tema la temporada pasada, en este mismo lugar, ofreció una actuación vocal muy fuerte, pero sin forma definida.

El lunes de la semana pasada demostró que ha dado grandes pasos, al llenar las estrofas con un tono fino, educado que en ningún momento se vio forzado y dentro de los momentos líricos claves.

Si pudiera trabajar junto con Levine en una producción no afectada por un atribulado Radamés, podría ser una gran Aída.

Borodina es una gran Amneris, gracias a una de las voces más bellas que hay en la actualidad. En este papel, demostró cuánta intensidad y poder puede ofrecer.

Desde hace algunos años, Delavan es pilar de la Opera de la Ciudad de Nueva York al otro lado de la plaza, en el Lincoln Center, y su presentación en el Teatro Metropolitan fue largamente esperado.

Joseph Volpe, gerente general del teatro, comentó que la compañía "tiene planes" para que Pavarotti regrese la próxima temporada, aunque cabría preguntarse bajo qué condiciones. ¿Será un concierto de despedida? Hay que aceptar que interpretar a Radamés o cualquier papel comparable está mucho más allá de él. No obstante a su pálida actuación, Pavarotti recibió el caluroso aplauso de los presentes y si esta fue su despedida oficial, todos -incluidos los críticos- nos uniríamos al saludo de pie.

 
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