La Epifanía del Señor
Lectura
del libro del profeta Isaías: 60,1-6 Levántate y
resplandece, Jerusalén, porque ha llegado tu luz y la gloria
del Señor alborea sobre ti. Mira: las tinieblas cubren
la tierra y espesa niebla envuelve a los pueblos; pero sobre ti
resplandece el Señor y en ti se manifiesta su gloria. Caminarán
los pueblos a tu luz, y los reyes, al resplandor de tu aurora.
Levanta
los ojos y mira alrededor: todos se reúnen y vienen a ti;
tus hijos llegan de lejos, a tus hijas las traen en brazos. Entonces
verás esto radiante de alegría; tu corazón
se alegrará, y se ensanchará, cuando se vuelquen
sobre ti los tesoros del mar y te traigan las riquezas de los
pueblos. Te inundará una multitud de camellos y dromedarios,
procedentes de Madián y de Efá. Vendrán todos
los de Sabá trayendo incienso y oro y proclamando las alabanzas
del Señor.
Palabra
viva de Dios. Isaías es poeta y profeta. Moldea el poema
dibujando la ciudad personificada de Jerusalén: Levántate,
mira, alégrate, y marcando el contraste luz-tinieblas.
Jerusalén/Sión,
ciudad santa que acoge el Templo de Dios, altura hermosa y sede
de la Justicia y Derecho que cantan los salmos, arrasada por los
ejércitos babilónicos de Nabucodonosor en el año
587 a.C., sigue sin ver restablecida su gloria.
En
este cántico de la tercera sección de Isaías,
el poeta vuelve su mirada hacia Jerusalén con el anuncio
esperanzador de que recuperará su centralidad en la vida
religiosa y espiritual del pueblo.
La
luz como signo de salvación vuelve a ser el elemento dominante.
En torno a esta palabra emblemática se reúnen términos
como amanecer, aurora, resplandor. La gloria del Señor,
el Señor mismo, que había abandonado la ciudad por
sus pecados, vuelve de nuevo a ser guía y defensor de su
pueblo: los desterrados vuelven a la ciudad cargados de bienes
abundantes, con animales puros para poder restablecer los sacrificios
en el Templo. La ciudad de David vuelve a ocupar el centro; hasta
los pueblos extranjeros acudirán a ella en peregrinación
trayendo sus riquezas, indicando que se pondrán a su servicio
para reconstruirla.
La
ciudad de Dios volverá a ser el orgullo de los pueblos
y en ella reinarán la justicia y la paz, sin que haya más
noche porque recibirá su luz directamente del Señor.
Lectura
de la Carta del apóstol San Pablo a los Efesios: 3, 2-3.5-6
Hermanos: Han oído hablar de la distribución de
la gracia de Dios, que se me ha confiado en favor de ustedes.
Por
revelación se me dio a conocer este misterio, que no había
sido manifestado a los hombres en otros tiempos, pero que ha sido
revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles
y profetas: es decir, que por el Evangelio, también los
paganos son coherederos de la misma
herencia, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la
misma promesa en Jesucristo. Palabra viva de Dios. San Pablo,
a tiempo y a destiempo, no cesa de anunciar con su palabra y su
ministerio el misterio escondido de Dios, que no es otro sino
su designio salvador.
El
apóstol lo define como gracia, pura benevolencia
divina, sin que él haya motivado o provocado este favor;
la iniciativa no parte de San Pablo, ni tampoco de cada creyente,
sino de Jesucristo.
El
pueblo judío se autocomprendía como poseedor de
la salvación y
consecuentemente como celoso guardián de este don frente
a los
paganos.
San
Pablo en su vida ha hecho experiencia de la misericordia de Dios
con él y ha comprendido que el designio salvador de Dios
es buena noticia para todos los pueblos. Porque la salvación
no es exclusiva de agrupaciones de puros, ni de sectas de iniciados,
porque toda la humanidad ha sido llamada a compartir la misma
herencia en igualdad de condiciones con el pueblo elegido.
Todo
el género humano participa de la promesa hecha por Dios
a Abraham, en quien están bendecidas todas las naciones
de la tierra. San Pablo se siente elegido por el mismo Dios para
llevar adelante este anuncio a los paganos.
Lectura
del Santo Evangelio según San Mateo: 2,1-12 Jesús
nació en Belén de Judá, en tiempos del rey
Herodes. Unos magos de Oriente llegaron entonces a Jerusalén
y preguntaron: ¿Dónde está el rey de
los judíos que acaba de nacer? Porque vimos surgir su estrella
y hemos venido a adorarlo.
Al
enterarse de esto, el rey Herodes se sobresaltó y toda
Jerusalén con él.
Convocó
entonces a los sumos sacerdotes y a los escribas del pueblo y
les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías.
Ellos le contestaron: En Belén de Judá, porque
así lo ha escrito el profeta: Y tu, Belén, tierra
de Judá, no eres en manera alguna la menor entre las ciudades
ilustres de Judá, pues de ti saldrá un jefe, que
será el pastor de mi pueblo Israel.
Entonces
Herodes llamó en secreto a los magos, para que le precisaran
el tiempo en que se les había aparecido la estrella. Los
mandó a Belén, diciéndoles: Vayan a
averiguar cuidadosamente qué
hay de ese niño, y cuando lo encuentren, avísenme
para que yo también
vaya a adorarlo.
Después de oír al rey, los magos se pusieron en
camino, y de pronto la
estrella que habían visto surgir comenzó a guiarlos,
hasta que se
detuvo encima de donde estaba el niño.
Al ver de nuevo la estrella, se llenaron de inmensa alegría.
Entraron
en la casa y vieron al niño con María, su madre,
y postrándose, lo
adoraron.
Después,
abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra.
Advertidos durante el sueño de que no volvieran a Herodes,
regresaron a su tierra por otro camino. Palabra viva del Señor.
En torno al centro de atención de todo el Evangelio, que
no es otro sino Jesús el Mesías, dos nuevos personajes
entran en escena: Herodes y los Magos.
Si
bien lo que se dice en este texto acerca de Herodes el Grande
concuerda con los datos que tenemos sobre él, la intención
del evangelista no es la de ilustrar históricamente el
nacimiento de Jesús sino que responde a una finalidad teológica:
Herodes y todo Jerusalén con él se turban ante la
noticia (lo cual es un anticipo del rechazo que se hará
de Jesús), mientras que los Magos (es decir, los paganos),
se abren ante la novedad de Dios.
San
Mateo insiste en que Jesús ha nacido en Belén, la
patria del rey David, y en presentarlo como el Mesías esperado.
Dos
signos bien conocidos en su época lo confirman: la estrella
y el cumplimiento de las Escrituras.
Para
la creencia popular, el nacimiento de un importante personaje
iba unido a la aparición de una nueva estrella. De nuevo
la paradoja: sus paisanos, es decir, los verdaderos destinatarios
de la salvación, lo rechazan, mientras que unos Magos de
Oriente lo adoran y lo reconocen como Hijo de Dios. Entonces la
salvación adquiere dimensión universal.
Así
pues, la fiesta de hoy es la fiesta de la Epifanía del
Señor. Epifanía significa manifestación:
es la fiesta de la manifestación de Dios a todos los seres
humanos. Es una manifestación brillante y universal. No
es una fiesta privada, intimista, cerrada y acabada en el pesebre
de la casa o de la parroquia. Lo específico de este día
es su sentido universal, que abre la Navidad, la presencia amorosa
de Dios, a todos los hombres.
¿Quiénes
son los Magos? Conviene que el ropaje tradicional no oculte el
mensaje que transmite el relato. El texto no dice que sean tres,
ni reyes, ni que uno sea negro. Los Magos de Oriente
son los hombres y mujeres que viven más allá de
las fronteras de Israel, más allá de la geografía
santa de los judíos, de todos aquellos que se creen pueblo
exclusivo de Dios.
Los
Magos son los gentiles de quienes habla San Pablo. Todos los seres
humanos, y no sólo unos pocos, son objeto del proyecto
de amor que Dios ha manifestado en su Hijo Jesucristo, en su Evangelio,
en su Buena Noticia. Es el misterio escondido en otros tiempos
y que el Espíritu ha manifestado. Dios es de todos y para
todos.
Pbro.
Dr. Manuel Ceballos García, coordinador de la Comisión
Diocesana de Pastoral Bíblica. Mérida, Yucatán,
enero de 2001. Correo electrónico: ceballos@sureste.com