El
Belén eterno. La adoración de los magos
Autor:Por
Rebeca REYNAUD EPIFANIA
En
el mundo grecorromano del siglo IV, la Epifanía equivalía
a la manifestación de la divinidad. Epifanía era
también la llegada del rey o emperador. La primera manifestación
al mundo pagano del Hijo de Dios hecho Hombre tuvo lugar con la
adoración de los magos. Esta fiesta nace en Oriente, posiblemente
en Egipto, al sustituir una fiesta pagana dedicada a la luz.
¿QUIENES
ERAN LOS MAGOS? Los magos eran consejeros de reyes, eran sabios
que cultivaban la astrología o astronomía, la medicina,
la botánica, la aritmética y la geometría.
La expectación mesiánica se había extendido
por todo el Oriente, especialmente desde que los libros sagrados
judíos se habían traducido al griego, lengua hablada
en casi todo el Imperio romano. Necesitamos una fe como la de
los Reyes Magos: la convicción de que ni el desierto, ni
las tempestades, ni la tranquilidad de los oasis nos impedirá
llegar a la meta del Belén eterno: la vida definitiva con
Dios. La primera enseñanza que nos dan es que hemos de
corredimir no persiguiendo el triunfo sobre los demás,
sino sobre nosotros mismos.
La
visita de los Magos tendría lugar después de los
cuarenta días de la purificación de María.
Se puede suponer con toda lógica que la Sagrada Familia
se había instalado en una casita de Belén.
LA
ESTRELLA DE LOS MAGOS Una noche, Melchor, Gaspar y Baltasar,
descubrieron una estrella misteriosa, y, recordando los antiguos
vaticinios, se dijeron: He aquí el signo del gran
rey; vayamos en su busca. La estrella que conduce a los
magos simboliza al mismo Jesucristo, la luz increada que ilumina
a todos los hombres y los transforma.
La
gente sale a la calle para ver pasar la comitiva. Hacen una pregunta
desconcertante: ¿Dónde está el nacido
rey de los judíos? (Mt 2,2). Se turbó Herodes
y, con él, toda Jerusalén. Ante la grandeza de Dios
no faltan personas que se escandalizan; porque no aceptan más
que lo que cabe en sus limitados horizontes.
INFORMES
DE HERODES Sobre los judíos reinaba un idumeo, Herodes
I el Grande, hombre que durante 30 años se había
aferrado al poder. Mandó matar a la mayoría de las
diez mujeres que tuvo. Era obedecido pero se le odiaba. Herodes
había vivido pendiente del menor atisbo de un competidor
al trono, para liquidarlo.
Herodes
tenía una red de espías, que le informan de la llegada
de los Magos. Llama, pues, a los pontífices y a los escribas,
que le servían de norma de interpretación de la
Escritura. Cuando le dicen que el Rey de los judíos debe
de nacer en Belén, la respuesta debió calmar un
poco las suspicacias de Herodes, pues no era fácil que
en Belén hubiese una familia tan ilustre que pudiese disputarle
la corona. Creyó que lo más conveniente sería
disimular y llamó en secreto a los magos (Mt
2,7). Después de agasajarlos, los despidió con una
recomendación: Id e informaos bien de ese Niño.
En cuanto le hayáis encontrado, hacédmelo saber,
pues también yo quiero ir a adorarle (Mt 2,8).
ORO,
INCIENSO Y MIRRA Finalmente, la estrella se detiene sobre
la casa donde estaba el Niño. Los viajeros quedaron sorprendidos
cuando se encontraron frente a una humilde casita. No obstante
entraron sin vacilar. Son recibidos posiblemente por San José,
y ven a un Niño en brazos de su Madre, y reconocieron en
aquel Niño al rey que buscaban, y postrándose le
adoraron. Se postraron, como correspondía a un rey entre
los orientales: es un verdadero homenaje. Y le adoraron, como
a Dios. Abrieron sus cofres y le ofrecieron presentes: oro, incienso
y mirra (Mt 2,11).
Le
llevaron los mejores productos de su tierra. Los bienes de la
tierra son excelentes, pero el hombre los pervierte cuando los
convierte en ídolos. No se han de ver como un tesoro. El
tesoro está reclinado en un pesebre; porque donde está
nuestro tesoro allí estará también nuestro
corazón (Mt 6,21).
Dar
es propio de enamorados, y Dios mismo nos señala lo que
quiere de nosotros. No le importan los bienes de la tierra porque
todo eso es suyo; quiere algo íntimo, que podemos darle
libremente: dame, hijo mío, tu corazón (Prov XXIII,
26), nos sugiere a cada uno.
El
episodio de los magos de Oriente pone de manifiesto el alcance
universal de la misión de Cristo. Jesús es el Emmanuel
anunciado por Isaías y los demás profetas.
R.R. México, D.F., enero de 2001.