¿No
le parece?. La Rosca de Reyes
Por
Martha LAZCANO ARREDONDO
A
mí me gusta mucho la tradición de cortar la Rosca
de Reyes. El ingenio popular, a través de los siglos, ha
querido simbolizar en una deliciosa vianda varias escenas del
nacimiento del Niño Jesús. El pan como una ofrenda,
tal y como hicieron los magos de oriente (desde luego que ellos
ofrecieron otros obsequios). Después, cuando la Península
Ibérica estaba bajo el dominio árabe, a ese pan
de levadura se le agregaron las frutas del desierto. Luego se
le incorporó un muñequito en recuerdo de los Santos
Inocentes y de la búsqueda del Santo Niño. Lo gracioso
es que al principio el objetivo del juego era precisamente esconder
al niño dentro del mismo pan sin que los demás comensales
se dieran cuenta. Luego esta costumbre cambió al considerarse
un privilegio el encuentro con el niño y de ahí
el gozo para hacer una fiesta justamente el día de la Candelaria,
al ser Cristo Jesús la Luz del mundo.
Con
cariño y nostalgia recuerdo cuando comíamos las
Roscas de Reyes en compañía de mi abuela. ¡Qué
agradables veladas! Y qué sabroso nos sabía el chocolate
caliente en el clima gélido de enero. En la mañana
de Reyes, todos los niños del vecindario salíamos
a mostrarnos nuestros obsequios; por la tarde, a merendar con
sencillez y con la familia mientras se recordaban los sucesos
de Belén de Nazaret, de Egipto y los pormenores que la
fe o la tradición han ido elaborando y agregando.
Hoy
por hoy nos enfrentamos a un bárbaro consumismo que nos
obliga a vivir a un ritmo acelerado. Los artículos de Navidad
se comienzan a vender desde septiembre, las casas se adornan a
mediados de noviembre, las roscas se venden desde principios de
diciembre, de tal manera que cuando llegan las fechas específicas,
existe ya un cansancio tal, que raya en fastidio y aburrimiento,
por lo que la esencia y también la ilusión se pierden.
Es
agradable preservar tradiciones y costumbres e inclusive incorporar
nuevas de otros lares, sobre todo cuando son costumbres sanas
y con profundo significado. Seamos selectivos y enseñemos
a nuestros hijos a serlo. Aceptemos y propiciemos aquello que
nos engrandece, que eleva nuestra calidad humana y que nos une.
Hagamos vida el mensaje que nos dejó Aquel que vino hace
dos mil años y seamos hombres y mujeres de buena voluntad
que se aman y respetan los unos a los otros, que saben convivir
en armonía y que trabajan para la Paz en la Tierra. Que
este 2001, Nuevo año, Nuevo siglo, Nuevo milenio, nos llene
de bendiciones a usted, a mí y a toda la humanidad.
¡Felicidades!
M.L.A. Mérida, Yucatán, enero de 2001.