La
Epifanía del Señor. Seguir la estrella que
a El nos lleve
Por
Juan JASSO COYOTE
El
relato de la adoración de los Magos completa la crónica
de la encarnación de Dios, el misterio que hemos estado
celebrando en estos días. La de hoy no es sólo,
como con frecuencia pensamos, una fiesta entrañablemente
familiar en la que, según la tradición, solemos
convertir al hijo en rey del hogar por un día.
Por
lo tanto, reflexionemos en familia: y después, ¿qué
pasa con ese rey? Por lo regular queda en el olvido.
Pero
lo que en realidad celebramos los cristianos es la primera manifestación
de Jesucristo al mundo pagano; no son los Reyes el motivo de nuestras
fiestas, sino Dios que se revela a quien lo busca; no son los
dones que mereció recibir, sino su epifanía (manifestación)
a los más alejados lo que celebramos.
¡En
vano se habría encarnado Dios si hubiera sido reconocido
sólo por sus padres! ¡De poco habría servido
de María y José al hijo que Dios les había
dado si el mundo, pastores cercanos y lejanos magos, no hubiera
conocido su existencia! Por lo tanto, Jesús deja de ser
sólo hijo de José y María para convertirse
en el Mesías de Israel y salvador del mundo.
Recordemos
que Dios se mostró en Belén como un niño
adorable, pero sólo lo adoraron quienes se habían
fatigado en su búsqueda. De poco serviría recordar
hoy ese día si no advertimos el riesgo que estamos corriendo
todos los días por no ponernos, de una vez por todas, en
camino hacia El.
No
importará que no sepamos bien dónde nos guarda,
como no le importa la riqueza de los dones que le podemos presentar.
El Dios de Belén ha dejado suficientes estrellas en nuestra
vida que nos guiarán hasta donde El nos espera y hay siempre
en nuestro camino demasiada gente a la que preguntar. Lo que realmente
importa es si nos quedan aún ganas de adorar a un Dios
que hemos de identificar con un niño indefenso.
Porque,
y éste que es un Dios al alcance de los extraños
al Dios al que, cayendo de rodillas, adoraron los Magos, el Dios
hasta el que les guió una estrella, el Dios que encontraron
en Belén con su madre, era sólo un niño.
Allí
donde se fijó la estrella, allí les esperaba Dios.
Y por no escandalizarse y aceptar que el Mesías que buscaban
era el recién nacido que veían, unos paganos se
hicieron los primeros creyentes en el Dios de la Encarnación.
Porque
un niño, el hijo de María, fue la primera manifestación
de Dios, sólo por eso el pueblo cristiano ve en el niño
una imagen primera de su Dios. Y por eso celebramos la epifanía
del Señor mostrándonos obsequiosos con nuestros
hijos. No podemos olvidar que Dios quiso esconderse tras un niño
y que se reveló por primera vez como Dios en el hijo de
María: la faz del niño, el rostro de nuestros hijos,
sigue siendo lo más divino, lo más cercano a Dios
que tenemos los creyentes.
Hoy
que celebramos que Dios quiso ser adorado en Belén como
un niño tenemos que preguntarnos cómo es posible
que los cristianos estemos convirtiendo a nuestras familias, a
nuestras ciudades, a nuestra sociedad en un lugar inhóspito
para los niños, donde falta Dios.
Nuestra
sociedad y nuestras familias son paganas cuando no saben adorar
a Dios en sus hijos, y no los adoran no sólo cuando no
les permiten nacer, sino cuando, una vez nacidos, los abandonan,
los menosprecian o los maltratan.
Nos
condenamos a no encontrarnos jamás con el Dios de Jesús
si seguimos siendo insensibles a la indefensión de los
más pequeños, de los pobres, de los marginados,
de todos aquellos hombres que no tienen un nombre si no sabemos
descubrir en ellos el rostro adorable de nuestro Dios.
Estamos
paganizándonos, quizá sin darnos cuenta, pero no
menos
eficazmente, porque para nosotros el niño no es ya el ser
adorable,
deseado. Nuestro mundo pone su futuro en peligro y nosotros, los
creyentes, nuestra fe. Fray J.J.C., O.F.M. Cancún,
Quintana Roo;
enero de 2001.