LA
REVISTA DE YUCATAN, con la oportunidad que todos le reconocen,
informó ya a sus numerosos lectores acerca de la trágica e inesperada
muerte de los señores don Francisco I. Madero y Lic. don José
María Pino Suárez, Presidente y Vicepresidente de la República,
respectivamente, derrocados por la Revolución que encabezó el
Brigadier don Félix Díaz y que culminó con el triunfo del joven
caudillo.
Hemos
dado ya los detalles del suceso que ha conmovido a la República
y juzgamos pertinente hacer algunas consideraciones acerca de
él, no sólo por el influjo que los extintos ejercieron durante
su breve Administración en los destinos de la Patria, sino por
las tristes circunstancias en que desaparecieron del inmenso escenario
de la vida.
Quizá
nadie mejor que nosotros esté bien informado de cómo iniciaron
su conocimiento los señores Madero y Pino Suárez. Fue en 1909,
cuando el señor Madero vino por primera vez a Yucatán, en calidad
de propagandista de los ideales democráticos que naufragaron en
las últimas llamadas elecciones de los señores General Porfirio
Díaz y don Ramón Corral y que le determinaron a lanzarse a la
Revolución de noviembre de 1910, coronada por el verde laurel
de la victoria con el ataque y la toma de Ciudad Juárez, Desde
entonces, desde la primera visita del señor Madero a Yucatán que
fue cuando conoció y trató al señor Lic. Pino Suárez, aquellos
dos hombres, por un designio inescrutable de la Providencia, se
unieron fuertemente, estrechamente, formando desde aquella etapa
memorable de su vida un estrecho lazo que sólo la muerte pudo
romper.
Juntos
emprendieron la lucha; juntos apuraron en los días de ésta la
amarga cicuta de los sinsabores y saborearon la dulce miel del
triunfo transitorio; juntos ascendieron la más elevada cima del
poder; juntos compartieron la responsabilidad inmensa de sus actos
como gobernantes; juntos afrontaron los ataques de sus enemigos
políticos, ataques que la Historia será la que en su día calificará;
juntos rodaron en una hora memorable de la cima de la grandeza
a la sima de la desgracia, casi abandonados por los que todavía
ayer recibieron de ellos favores y mercedes, y juntos también
en la Noche Triste de su derrota, solos, sin la cohorte de aduladores
y convenencieros que tal vez precipitaron su caída, cayeron en
las desolaciones de la tumba atravesados por las balas forjadas
quizá para combatir a sus enemigos, sin que nadie cerrara sus
pupilas y sin recibir en el instante augusto de la transición
de una vida a otra el beso de luz de la amante esposa y de los
hijos idolatrados.
Pudo
el Lic. Pino Suárez, como todos los hombres y como todos los políticos,
tener defectos y cometer errores. Patrimonio ha sido ese de la
humanidad, a través de los pueblos y de los siglos; pero nadie
puede negar jamás su adhesión sincera al señor Madero de cuyo
brazo fue al triunfo y a la derrota, al Capitolio y a la Cárcel,
ni su fidelidad hasta el momento supremo de la "debacle"
y de la muerte, mientras otros, por ellos engrandecidos y por
ellos elevados tal vez de la nada a mayores alturas, los abandonaron
cobardemente cuando ya no podían otorgar mercedes ni firmar despachos
concediendo empleos y concesiones.
También
esto es patrimonio de la Humanidad.
Ayer
decíamos y repetimos hoy que no toca a los hombres de esta dolorosa
etapa de la vida nacional juzgar a los señores Madero y Pino Suárez
como gobernantes. La hoguera de las pasiones dista mucho de convertirse
en frías cenizas; el volcán de los odios está en plena actividad.
Fuerza
es, pues, esperar.
Nosotros
dejamos de ser amigos políticos de los extintos desde que ascendieron
a la cúspide del Poder. En días de candente lucha, embravecida
por el rescoldo de las pasiones inevitables en semejantes lides,
los atacamos duramente. Después fuimos perseguidos y encarcelados.
Pero
eso ya pasó.
Lo
conceptuamos como una de tantas contingencias de nuestra agitada
vida.
Hoy,
ante la fosa que acaba de abrirse para recoger los despojos de
dos hombres con cuya mente y con cuyos ardientes y juveniles ideales,
no pocos de ellos ay! irrealizables, estuvimos unidos mucho tiempo,
nos descubrimos con respeto y con dolor!, Es la Muerte que pasa
y ante la cual deben deponerse todos los rencores!, En cuanto
a las circunstancias en que tuvo lugar la sangrienta, la terrible
tragedia, deben ser aclaradas por el honor de la República y del
Gobierno, así lo ha ofrecido éste y debe cumplirlo.
Confiemos,
pues, en la Justicia y en la Ley!, Caiga quien cayere!, - AUGUSTO
MIQUIS.- Mérida, Yucatán, 25 de febrero de 1913