Aniversario
La
vieja
Ernesto
Julio TEISSIER
Lo que falta no es noticia, sino
voluntad de publicarla. Y en
esa situación la nota de hoy es tan menor como eso: asaltaron,
patearon a una vieja.
No se le llama de ese modo por falta de respeto ni por
majadería: es una vieja, no una venerable anciana ni una
dulce viejecita.
Es una vieja esquelética y pellejuda, con unos pocos
pelos grises y sucios, con sarmentosas manos y pies que
se arrastran, pestilente
y repugnante.
Los asaltantes no pueden haber buscado en ella nada de
valor. El atraco
y la violencia no surgieron de avaricias ni de bajos
instintos: ellos actuaban más bien mecánicamente, como
si cubrieran los
movimientos de una coreografía medio absurda pero bien
aprendida y realizada para darles gusto a espectadores
que conocen de muchos
años el ritual.
La vieja caminaba por allí sin rumbo fijo, ocupada en
sobrevivir la noche que se le echaba encima cuando ellos
salieron de la sombra
sin gritos, sin violencias nerviosas, sin alteración
en los niveles de la adrenalina: iban a realizar una tarea concreta, conocida de memoria; y se proponían realizarla bien,
bien a secas, y volver
a sus vidas cuanto antes.
La estiraron, la derribaron, le dieron en la cara y las
costillas con las suelas y los tacones sin rabia, sin contrición,
sin ningún otro sentimiento que las ganas de hacer un trabajo.
Es posible que a
uno de ellos se le haya escapado alguna maldición,
alguna injuria; pero si sucedió fue por automatismo y acto
reflejo, porque se
había vociferado en otros asaltos reales, no rituales.
Participaron en la faena parejamente, sin voracidades ni
repulsiones; trabajaron a conciencia y se fueron. Allí,
maltrecha, quedó
la vieja.
Vieja: no anciana venerable ni dulce viejecita. Una simple
vieja de las barriadas y los callejones, con cada lacra
y todo vicio, como
cualquier otro despojo de la oscuridad que no tuvo la
fortuna de morir a tiempo. Se hubiera podido amontonarle
todos los epítetos,
porque merece cada uno de ellos, pero ya no mueve a
pasiones: es algo que está allí, pero que podría no estar
sin que nadie lo notara. Es una vieja, y además una usurpadora: la
de verdad murió hace
casi setenta años.
La verdadera Revolución Mexicana murió en un jacal de
Tlaxcalantongo, en la madrugada del 20 de enero de 1920,
al mismo tiempo que
el Presidente de la República, don Venustiano Carranza.
El señor Carranza era el segundo de los guías de la Revolución.
El primero, don Francisco I. Madero, había sido asesinado
en 1911, también
como Presidente de la República (Hay historiadores de
verdad que a veces piensan que todos los grandes líderes
de los movimientos
democráticos de México mueren en momentos inoportunos,
por la violencia, a veces segura y a veces probablemente
asesinados; y nombran al señor Madero, a don Venustiano,
a Carlos Alberto
Madrazo, a Manuel de Jesús Clouthier...).
Después del magnicidio del señor Carranza tomó la presidencia
el dizque general Alvaro Obregón, un hombre al que ciertos
biógrafos le llaman "héroe de Celaya", como si
las batallas pudiera ganarlas
alguien que no lleva mando de tropas; que es herido en los
primeros minutos del encuentro; que pretende suicidarse
y que está narcotizado
todo el tiempo que dura la acción. Obregón estuvo en el poder cuatro años; lo sustituyó en 1924 Plutarco Elias Calles;
en 1928, Obregón
se reeligió y fue asesinado; seis meses después de su
muerte nació el que desde entonces se ha llamado partido
de la revolución.
El primer candidato de ese partido a la presidencia fue
Lázaro Cárdenas, un militar obregonista que, en una fotografía de
Casasola, aparece abrazado con Rodolfo Herreros frente
al quiosco de Tlaxcalantongo
en la mañana del 20 de mayo de 1920. Después de
Lázaro Cárdenas han venido diez presidentes más, todos
con el mismo sello.
Y aquí estamos.
La Revolución de verdad, la legítima, murió en 1920. En
aquel año, los caudillos
sonorenses pusieron en lugar de ella a una
usurpadora a la que desde entonces los herederos de ellos
conmemoran año tras año en la misma fecha y con iguales
ceremonias: la justicia social, los ejidatarios, la lucha obrera, la educación,
la salud, el derecho al trabajo, la morada digna, la democratización.
La
patean con esas palabras durante algunas horas. Y luego la
dejan tirada medio en penumbra, sin preocuparse mucho por
quién los haya visto.
No les duele ni les molesta: es nada más que una vieja
a la que asaltan a fecha fija, por encargo, sin fruiciones
ni arrepentimientos.-
E.J.T.- México, D.F., noviembre de 1998.