Sigue
siendo un paraíso .- Visita a Holbox
Autor:Alfonso MANZANILLA RUZ
Sin
más equipaje que un cúmulo de añejas ilusiones,
con mis tres hijos -entre ellos un bebé de apenas unos
cuantos meses- y una esposa amante, como yo, de la aventura, hace
unos días, en agosto, después de casi 25 años,
retorné a ese paradisíaco lugar que se llama Holbox.
En la adolescencia hice mi primer viaje a Holbox, desde El Cuyo,
más bien desde Punta Caracol, y regresé un año
después, con unos amigos, a bordo de una avioneta que tenía
parte del fuselaje forrado con lona, como aquellas que usaban
los chicleros.
Aquellos
dos viajes fueron una odisea, pero dejaron en mi mente las cristalinas
aguas azul turquesa del Mar Caribe, las blancas y amplias playas
y las casitas de madera de costaneras de cedro que se elaboraban
en la antigua factoría Maderera del Trópico en la
Colonia Yucatán, Tizimín.
Este
año decidimos visitar ya en familia a la Isla del Colibrí.
La encontré con algunos cambios: varios hoteles agradables
y cómodos, con buen número de visitantes. Sus calles,
aún de arena, merecen que las cuiden sus habitantes, para
evitar que ocurra lo que le sucedió a Isla Mujeres.
La
comida, bien servida, nos permitió saborear pescado, ceviches,
langosta y una lisa asada con cáscaras de coco, aunque
a nosotros nos comieran los chaquistes. Pero valió la pena.
En el Hotel Mawimbi, donde nos hospedamos, el trato es amable,
y sus habitaciones, confortables, contribuyeron a que nuestra
visita fuera satisfactoria.
La
terraza, techada de paja, tiene hamacas y desde allí se
puede admirar el mar, observar el vuelo de las aves y disfrutar
de los atardeceres y puestas de sol.
Las
tardes se pueden invertir en recoger conchas y caracoles, en caminar
a la orilla del mar.
Quien
viaje a Holbox debe llevar dinero en efectivo, pues no hay cajeros
ni se aceptan tarjetas de crédito, dejar el auto en Chiquilá
y tener espíritu de aventura.
A
las autoridades de la isla conviene señalarles algunas
medidas fáciles de tomar. Por ejemplo: reglamentar el uso
de los carros en renta; que el trenecito circule a baja velocidad
y con el volumen de su música de acuerdo con la paz que
buscamos quienes viajamos a esa isla, que se mejoren los trabajos
de limpieza de los predios y de recolección de basura,
pues en las playas lejanas a la población abundan los materiales
de desperdicio no reciclable; y en las playas, dentro del poblado,
cuidar y limitar el consumo de bebidas alcohólicas, imponer
a la discoteca un horario más adecuado y bajarle el volumen
a su música, para que los visitantes de los hoteles cercanos
puedan dormir y disfrutar de la visita.
Holbox
sigue siendo un paraíso a pesar de los mencionados inconvenientes.
Su gente sigue siendo tan educada como la que conocí en
mi primer viaje: servicial, amigable y respetuosa.
Si
el Señor nos lo permite, muy pronto estaremos de regreso
a la Isla del Colibrí.- A.M.R.- Mérida, Yucatán,
septiembre de 2000.