|
Publicación
del lunes 29 de octubre de 2001
Alá, mátalos a todos
El nuevo juego de las alianzas
Por Carlos Alberto MONTANER
El señor Bin Laden no pudo
imaginarse la profundidad del enredo que provocaría su ataque
salvaje contra Estados Unidos. Cuando se disipó el humo de
las ruinas neoyorquinas apareció un país distinto.
Estados Unidos ya no se autopercibe como una superpotencia indestructible,
optimista y admirada, defensora de la democracia, la economía
de mercado y los valores occidentales, sino como una nación
vulnerable y amenazada, víctima injusta de una mala imagen
muy generalizada, que lucha por no dejarse arrebatar su forma de
vida.
Eso, naturalmente, afecta el modo norteamericano
de relacionarse con el mundo. La consecuencia más drástica
del derribo de las Torres Gemelas, el ataque al Pentágono
y las deliberadas infecciones de ántrax, no será la
guerra planetaria contra el terrorismo, sino una modificación
sustancial en el sistema de alianzas internacionales. Al cambiar
las prioridades de Washington, cambia también la escala con
que se valora a amigos, enemigos e indiferentes.
Lo más importante es lo sucedido con Rusia.
El señor Putin, muy hábilmente, encontró una
vía diferente de acercarse a Washington. Ya no es el representante
de una cleptocracia caotizada tras el fin del modelo comunista,
siempre con la mano extendida para recibir préstamos blandos,
sino un jefe de Estado militarmente poderoso, poseedor de veinte
mil ojivas nucleares, finalmente decidido a colocarse junto a Estados
Unidos en un momento crucial. El apoyo es total en producción
de petróleo para bajar el precio de la energía y en
materia de entrega de inteligencia sobre Afganistán y los
talibanes. Pero ahí no termina la colaboración: como
gesto supremo de buena voluntad, Moscú cierra una base naval
en Vietnam y la estación de espionaje electrónico
más grande del mundo, Lourdes, situada en las
afueras de La Habana, desde la cual interceptaban todas las comunicaciones
militares y civiles de la costa atlántica norteamericana,
incluidas muchas conversaciones privadas de senadores, congresistas
y oficiales de la CIA y del Pentágono. A partir de ahora
lo probable es que Rusia comparta con su flamante aliado cuanto
sabe de la Cuba de Castro y de los otros regímenes militantemente
antiyanquis. Es probable que ya lo esté haciendo.
Tal vez la única buena noticia asociada
a la carnicería de las Torres Gemelas es ésa: el regreso
del gobierno ruso al ámbito de las potencias occidentales,
vínculos que se interrumpieron en 1917 con el derrocamiento
de los zares y el establecimiento de la dictadura comunista. Hasta
ese momento, Rusia, desde el siglo XVI, había hecho un esfuerzo
permanente por alejarse de su componente oriental, convencidos los
zares de que el progreso y la modernidad sólo eran posibles
si se acercaban, como trataron de hacer, a los modos de producción
y al comportamiento social de Alemania, de Inglaterra, y, muy especialmente,
de Francia. Ese razonamiento, que fue una convicción profunda
entre los últimos Romanov, vuelve ahora, pero con un punto
de referencia distinto: Estados Unidos es el modelo. Putin quiere
que su país alcance los niveles de prosperidad y estabilidad
de Estados Unidos y por eso se ha colocado al lado de la nación
norteamericana. Quiere ser su socio, no su competidor. Con ello
se garantiza, además, en este nuevo clima de cooperación,
la ausencia de críticas norteamericanas a sus asuntos
internos. Ahora, si lo cree necesario, podrá machacar
minuciosamente a los chechenos u otros pueblos díscolos sin
enfrentarse a las censuras auspiciadas por Washington.
Si este juego de alianzas beneficia a los rusos,
no hay duda que perjudica a los israelíes. El señor
Sharon tiene cierta razón cuando ve con temor las apresuradas
concesiones de Bush a los palestinos. Washington sabía que
las excelentes relaciones con Israel le acarreaban la enemistad
del mundo islámico, pero no le importaba porque no pagaba
por ello un precio demasiado alto. Tras el 11 de septiembre terminó
esa lectura del conflicto y se pasó a otro tipo de análisis:
primero está la seguridad norteamericana y luego la seguridad
de Israel. De ahí se derivó una conclusión:
admitamos la creación a corto plazo de un Estado palestino
para mejorar las relaciones con los gobiernos islámicos.
Pero el asunto que inquieta a los israelíes
no es ése, sino otro más dramático: ¿dejarán
los fundamentalistas de procurar la destrucción de Israel
tras el surgimiento de esta nueva nación mahometana, o se
sentirán envalentonados para tratar de exterminar a los judíos?
Vale la pena repetir el artículo siete de los estatutos de
Hamas, la organización terrorista islámica, citado
por Bruce Hoffman en A mano armada: Historia del terrorismo:
El tiempo de la redención no llegará
hasta que los musulmanes no luchen contra los judíos y los
maten, y hasta que los judíos tengan que esconderse tras
árboles y rocas cuando suene el grito de 'musulmán,
aquí se esconde un judío. Ven y mátalo'.
Porque ni siquiera se trata de odio a los israelíes por razones
territoriales. Como sueña y promete el imán Ahmad
Ibrahim, líder de Hamas: Seis millones de descendientes
de los monos (judíos) ahora rigen todas las naciones del
mundo, pero su día llegará. íAlá, mátalos
a todos, que no quede ni uno!. Con esos truenos, la verdad,
Israel no puede bajar la guardia. Sería suicida. C.A.M.
Madrid, España, octubre de 2001 (Firmas Press).
Pag. Web. www.firmaspress.com
|  | |
En contexto
| | | | Imágenes de la guerra | | | | Editoriales | Lunes 29 de octubre de 2001 Editoriales anteriores | | Las armas de Estados Unidos |
|
| | Las armas de los Talibanes |
|
| | El poder británico | | | | | | | | |