La
llamativa, frágil garza rojiza

En
la ciénaga de Celestún, al mediodía, cuando
los intensos rayos del sol deslumbran al reflejarse sobre las
poco profundas aguas pantanosas rodeadas de manglares, un grupo
de garzas rojizas (Egretta rufescens) ejecuta graciosos saltos
con las alas extendidas en busca de alimento.
Como
ágiles danzantes, abren las alas para hacer sombra en la
superficie del agua y distinguir mejor a los peces que constituyen
su dieta principal.
Corren
en zig zag saltando entre las aguas someras, siempre con las alas
abiertas al perseguir a los peces hasta atraparlos. Pocas garzas
lucen tan admirables mientras cazan, dando vida con sus colores
y ágiles movimientos a la monotonía de los esteros
altamente salinos donde se alimentan.
La
garza rojiza es de colores llamativos. Tiene canela oscuro el
cuello, las alas y el cuerpo gris y el vientre claro. De esta
misma especie existe una que es blanca completamente.
Es
una de las siete garzas del mundo que presentan este dimorfismo
en su plumaje, por lo que pueden encontrarse individuos blancos
y canelos durante todo el año.
Sus
largas piernas son negras, pero se tornan azuladas durante la
época de reproducción. En los adultos, el pico es
de color carne con la punta muy negra, mientras que los jóvenes
tienen todo el pico negro.
No
existe diferenciación entre los sexos. Habita exclusivamente
en las zonas costeras, en pantanos, ciénagas, lagunas y
bahías. Su distribución es muy local, es decir,
no se extiende por grandes zonas sino que ocupa sitios específicos.
Sus
estrechos requerimientos de hábitat y su distribución
altamente restringida hacen de la garza rojiza una especie muy
vulnerable al desarrollo de los sistemas costeros, a tal grado
que se considera como especie amenazada.
Se
encuentra principalmente a lo largo de la costa del Golfo de México
y del Mar Caribe, con algunas poblaciones pequeñas en las
Bahamas, la costa atlántica de Florida y las costas del
Pacífico mexicano.
ESPECIE
RESIDENTE
Es
una especie esencialmente residente de los lugares que habita,
aunque existen algunas poblaciones que emigran hacia el Sur, sobre
todo las que viven más hacia el Norte, en la Florida y
en Tamaulipas.
Sin
embargo, su partida se considera "débil", ya
que no ocurre en gran número como con otras especies migratorias.
Se
encuentra ampliamente distribuida en el país, aunque no
es abundante. Se calcula que existen no más de 300 parejas
anidantes en las costas del Golfo y del Caribe, según un
estudio realizado en 1991 por el estadounidense Richard T. Paul,
de la Asociación Audubon.
En
la Península de Yucatán se han encontrado colonias
anidantes de garza rojiza en Progreso, Cozumel, Bahía de
la Ascención, las islas Morena, Holbox y Contoy, Boca Paila,
Río Lagartos y Celestún.
Tal
vez aniden también en Banco Chinchorro, aunque esto aún
no se confirma.
Se
calcula que el número total de individuos de esta especie
en el país es no menor de 600 y no mayor de 1,000. Sin
embargo, se requieren otros estudios para encontrar más
poblaciones.
Para
anidar, esta especie se reúne en colonias con otras garzas,
e incluso con cormoranes y pelícanos grises. Para ello,
eligen islotes o zonas inundadas, con lo cual evitan a los depredadores
terrestres.
Lo
más común es que construyan su nido en los cayos
o salientes de la playa, generalmente a la sombra de un mangle
y muchas veces incluso sobre el agua. También gustan de
anidar en arbustos bajos, o sobre el suelo seco, en lugares rodeados
de cactus y arbustos espinosos. Esto ocurre, por ejemplo, en Isla
Morena, al norte de Isla Holbox en Quintana Roo, donde pueden
verse anidar tanto en las ramas más bajas del manglar como
en el piso.
Una
vez que la garza rojiza encuentra una isla o cayo adecuado, aprovecha
lo que tenga al alcance para construir su nido, que básicamente
son ramas de todos los tipos.
ANIDACION
E INCUBACION
El
período de anidación, aunque no se conoce con certeza,
parece situarse entre enero y abril; sin embargo, en la Península
de Yucatán se prolonga hasta julio.
Ponen
de tres a cuatro huevos, que son de un pálido color azul-verde,
aunque algunas parejas llegan a poner hasta siete. La incubación
dura de tres a cuatro semanas.
Los
padres protegen el nido hasta que los polluelos tienen unas tres
semanas de haber salido del cascarón. Durante este tiempo,
por lo menos uno de los padres atiende continuamente a las crías.
Las
jóvenes garzas abandonan el nido a las cuatro o cinco semanas
de brotadas, después de lo cual se quedan en las ramas
cercanas o el piso, según el lugar donde hayan brotado.
Regresan constantemente al nido para que los padres las sigan
alimentando.
El
primer vuelo, que resulta un espectáculo digno de admirar,
lo realizan a las seis semanas y media. Sin embargo, la dependencia
alimenticia de los padres se mantiene por dos o tres semanas más.
Cuando
intenta volar, la garza rojiza toma vuelo a la carrera para impulsarse
con sus largas patas al tiempo que extiende y bate las alas. Resulta
por demás curioso verlas intentar una y otra vez hasta
que por fin consiguen levantarse un poco.
Continuarán
con este procedimiento agotador hasta lograr el majestuoso vuelo
característico de su especie, en el que contraen su largo
cuello y extienden sus patas hacia atrás, mientras las
alas cortan suavemente el aire, con movimientos pausados que las
hace parecer flotar en el viento.
CACERIA
INDISCRIMINADA
A
fines del siglo ppdo. y principios del presente, la cacería
indiscriminada de la garza rojiza en los Estados Unidos ocasionó
grave disminución en sus poblaciones.
El
objeto de tal práctica era proveer de adornos de plumas
a los sombreros femeninos. Justamente cuando se reproduce, la
garza rojiza ostenta en su cabeza un penacho de largas plumas,
ya sea canelas o blancas, que se levantan elegantes para atraer
a la pareja.
Otro
acto que contribuyó a la reducción de esta especie
es que, al igual que a otras grandes y vistosas aves acuáticas,
los pilotos de la Segunda Guerra Mundial las usaban como blancos
para practicar su puntería.
Sin
embargo, y afortunadamente para la garza rojiza, ambas prácticas
han desaparecido. No obstante, la amenaza para la vida de esta
hemosa especie continúa.
Los
disturbios que las personas ocasionan en las colonias de reproducción,
ya sea para tomar fotografías de cerca o durante sus paseos
por la costa, ocasionan que las garzas abandonen sus nidos, con
la consecuente mortalidad de una nueva generación.
Los
perros ferales, que abundan en las costas yucatecas, también
representan un grave peligro para esta especie, puesto que se
alimentan tanto de huevos como de crías. Recientemente
se supo de un caso en Río Lagartos, donde los perros atacaron
a la fauna silvestre de la región.
El
movimiento hacia la costa de poblaciones humanas, con el consecuente
desarrollo y cambios en el ecosistema natural, así como
el uso de insecticidas que permanecen en las aguas donde la garza
se alimenta y causan que los cascarones de sus huevos sean más
frágiles, son otros de los múltiples factores que
afectan a la especie.
De
continuar con esta situación, la garza rojiza dejará
de matizar con su presencia las costas donde habita y se reproduce.
La conservación de los ecosistemas costeros se encuentra
actualmente entre las prioridades mundiales, puesto que se ha
reconocido la importancia que tienen en el mantenimiento de los
flujos costeros y de la existencia de muchas poblaciones de peces,
aves, reptiles y mamíferos, así como del hombre
mismo.
La
continua presencia, salud y protección a largo plazo de
estas áreas es la clave para el futuro de la garza rojiza,
que depende de condiciones ambientales específicas para
sobrevivir.
(Ilustración:
Jorge Rivas Cantillo)