Vida
y muerte .- Quebrantahuesos
Autor:Carlos CASTILLO PERAZA
Casi
ya no hay publicación periódica sin página
o páginas dedicadas al medio ambiente. Aire y agua pasan
por la báscula de reporteros, científicos, ciudadanos
en pie de lucha, actores, artistas y políticos que se preocupan
o se ocupan de la contaminación, las especies en vías
de extinción, los escapes de los vehículos, los
naufragios de buques-tanque, las carreteras arboricidas, la capa
de ozono, el bosque tropical, los hielos árticos, los huevos
de tortuga, el canguro australiano, el tigre de Bengala, el panda,
las ballenas grises, el gorila albino, similares y conexos. El
diario español "El País" no es, no podía
ser la excepción. En el ejemplar correspondiente al lunes
31 de julio ppdo., ese cotidiano ofrece a sus lectores todo un
reportaje acerca del quebrantahuesos, un pájaro mayor al
que le salen plumas en torno del pico y al que, por tal característica,
también se le conoce como "buitre barbudo". Su
nombre científico es Gypaetus barbatus. La especie ha venido
recuperando ejemplares gracias a un plan gubernamental específico
puesto en marcha a partir de 1996, año en que se catalogó
al ave entre las once amenazadas de aquella nación.
El
alado animal en peligro de extinción mide, de punta a punta
de ala, tres metros. Su vientre es claro. Su plumaje luce parcialmente
blanco pero, con el pasar de los años el barbatus
vive entre 18 y 20, acaba oscureciéndosele porque
el higiénico animal acostumbra darse baños de barro
con el propósito de desparasitarse. Que nadie hable mal
del fango, puesto que es tan útil a estos amagados buitres.
Pero
de éstos, velis nolis, no se puede afirmar que cruzan el
pantano y no se manchan: sus plumas no son de ésas. El
cotidiano madrileño informa que el pájaro de marras
se alimenta de huesos, sobre todo de los más largos, es
decir, los que conforman las extremidades de las reses muertas.
Añade que, para satisfacer su apetito, el ave tiene que
ser muy paciente, pues una vez muerto el bóvido son sus
congéneres los buitres negros los primeros
en caer sobre al cadáver. Estos pioneros disponen de un
filoso pico, merced al cual rasgan el pellejo del finado cuadrúpedo
y pueden luego abalanzarse sobre sus entrañas que, al parecer,
les resultan suculentas. Saciados los buitres negros, hacen su
aparición los leonados, primos de pico débil y romo
que no podrían alimentarse sin el trabajo previo de sus
parientes. Cuando los negros no les dejan abierto el camino hacia
las apetecibles tripas, los leonados acuden a un siniestro procedimiento:
introducen el pico por el ano de la res difunta y van devorándole
las partes blandas sin tener que sajarla.
Mientras
los segundos en presentarse efectúan su labor, aterrizan
cerca otros parientes los buitres blancos o alimoches
y se ubican en segunda fila. Si el hambre les gana, se meten a
empujones entre los leonados y tratan de hacerse de algún
desecho. Si no andan tan voraces, aguardan a que terminen sus
colegas y, una vez que éstos ahuecan el ala, acuden por
los restos de carne y vísceras que aún queden. Los
alimoches llenan sus buches y se van, ahítos, con sus carroñas
en digestión hacia otra parte. Es entonces cuando, desde
las alturas, en las que permanecía flotante y observando,
se precipita a tierra el quebrantahuesos. Su enorme pico y su
poderosísimo cuello le permiten arrancar a la res las extremidades
inferiores ya peladas.
Desguazado
el rumiante, el cuarto buitre atenaza los grandes huesos y vuelve
a levantar el vuelo. Desde el aire, lanza o deja caer la sólida
pieza que, al estrellarse contra las rocas, se abre y deja ver
el alimento buscado: la médula, manjar preferido por el
Gypaeta barbatus que lo devora con tanta fruición como
torpeza. Como puede verse, los quebrantahuesos tiene la vida dura.
Sin parientes y sin paciencia, morirían de inanición.
Sin ser ecologista, me preocupa su difícil existencia,
su vida amenazada, su dependencia completa de tantos otros buitres
tan especializados que van abriéndole el camino hacia la
nutrición y la sobrevivencia. ¿Qué haría
el quebrantahuesos con todo su gran tamaño y todas sus
fuertes herramientas, con todas sus peculiarísimas barbas,
sin sus primos y socios el negro, el leonado y el blanco? ¿Qué
sería de los cuatro sin la vaca muerta? ¿Qué
haría el barbatus sin el auxilio del gobierno? Confieso
que, cuando comencé a escribir este artículo, mi
intención era comentar la situación por la que atraviesa
el PRI después de laderrota del 2 de julio, y decir algo
en relación con las diversas declaraciones, catarsis, culpabilizaciones,
ataques, inculpaciones, despellejamientos, fracturas, desplumes
y chivos expiatorios que han ido emergiendo de las mortecinas
profundidades de sus reuniones. Fue entonces que me cayó
en las manos "El País" y quedó ante mis
ojos esta historia de aves y carroñas, de vida y de muerte,
de lucha por la existencia. No sé por qué preferí
cambiar de tema y acercarme, así sea sólo por esta
vez, a la naturaleza. Mil perdones, lectores. Espero que mis amigos
ambientalistas o ecologistas no me exijan, para la próxima
semana, un desagravio al buitre. No fue mi intención denigrarlo
ni ofenderlo. La naturaleza es la naturaleza. Frente a ésta,
la política es simple metáfora. C.C.P.
México, D.F., agosto de 2000