|
Publicación
del viernes 5 de febrero de 1999
Jaque mate
Sergio SARMIENTO
"Todo país
tiene su Constitución; la nuestra es el absolutismo moderado
por el asesinato".- Anónimo ruso.
Porfirio Muñoz Ledo defiende la necesidad
de modificar la Constitución mexicana. Sería importante, dice, reemplazar el
actual sistema presidencialista
por uno semiparlamentario como el que existe
en Francia. Así, el Presidente de la República sería el jefe del
Estado y tendría jurisdicción sobre las relaciones exteriores y
las fuerzas armadas,
pero habría un primer ministro que se encargaría del gobierno interno del país.
También Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano
señaló en alguna ocasión la necesidad de modificar la Constitución. El propósito sería
devolver a nuestra
Carta Magna su filosofía original, la cual, según
Cárdenas Solórzano, se ha perdido con las numerosas enmiendas "neoliberales" de los últimos años.
He escuchado otras propuestas de modificación
de la Constitución.
Algunos la quieren más liberal, otros más estatista; algunos buscan recuperar el modelo de la carta liberal de 1857,
pero otros prefieren
la social de 1917; algunos quieren como modelo la
Constitución francesa, otros la estadounidense; no faltan los que
prefieren que volvamos la vista a la cubana o a la norcoreana. Yo
también pienso que es necesario modificar la Constitución. La actual
me parece extremadamente detallada en algunos puntos, como en
el artículo 123, que pretende hacer funciones de ley laboral, y
demasiado vaga en otros, como cuando deja en el aire el crucial
tema de si el Presidente
tiene la potestad de vetar un Presupuesto de
Egresos aprobado por la Cámara de Diputados.
La Constitución mexicana, cabe recordar,
tiene 136 artículos, más los transitorios, mientras que la de los Estados Unidos
cuenta sólo con siete
artículos. Nuestra Constitución ha acumulado más de 300
modificaciones en 82 años, en tanto que la estadounidense reúne
tan sólo 36 enmiendas
en 212 años. Estas enmiendas, hay que señalar,
añaden derechos, pero no reemplazan los artículos originales de la Constitución estadounidense.
Estoy convencido de que sería mucho
más sano para los mexicanos contar con una Constitución más sencilla: una que garantizara
los derechos fundamentales
-a la libertad, la propiedad, la seguridad, el
libre tránsito, el acceso a la justicia- y no una que pretenda ofrecer
instrucciones detalladas sobre un sinnúmero de temas.
Una Constitución debe tener disposiciones
que puedan hacerse realidad y no simples buenos deseos o desplantes demagógicos.
De poco sirve, por
ejemplo, que nuestra Carta Magna determine que todos
los mexicanos tienen derecho a la salud, cuando esto es algo que ninguna ley humana puede garantizar, o que todos tenemos
derecho a la vivienda
o a un salario "remunerador", cuando la propia
ley carece de elementos para lograr este ideal.
De hecho, no deja de ser paradójico
que nuestra Constitución, al mismo tiempo que establece derechos que harían sonrojar a los
legisladores de los
países más desarrollados, define restricciones a
la inversión y a la propiedad que, cuando menos en opinión de algunos especialistas, son en buena medida responsables de la
pobreza de nuestro
país y de su mala distribución de la riqueza.
El artículo 28 de la Constitución
comienza con un párrafo que prohíbe los monopolios, pero en el siguiente enumera importantes
áreas de la economía
en que los monopolios no sólo se permiten sino que
son obligatorios. Otros artículos excluyen la inversión extranjera en determinadas áreas de actividad. Parece hoy absurdo
que tengamos que modificar
la Constitución simplemente para permitir
una inversión privada en la industria eléctrica de la que el país se beneficiaría enormemente.
Nuestra propia Carta Magna establece
que, para cambiar el texto de la Constitución, es necesario obtener una "mayoría calificada"
de dos terceras partes
de los legisladores en ambas Cámaras del Congreso de la Unión, así como una mayoría simple en la mayoría
de las legislaturas
estatales. Este procedimiento, que está hecho para dificultar
las enmiendas constitucionales, no fue en realidad obstáculo en el pasado para cambiar cientos de veces el texto
constitucional. El
poder absoluto del que gozaba el Presidente hacía
que las enmiendas constitucionales pudieran realizarse con una facilidad asombrosa.
Hoy las cosas no son así. El PRI no
sólo no tiene ya la mayoría calificada en el Congreso de la Unión, sino que ni siquiera
alcanza una mayoría
simple en la Cámara de Diputados. Por otra parte, cada vez
es mayor el número de legislaturas estatales en que el PRI no cuenta
con mayoría. El propósito original de los constituyentes, impedir
que la Carta Magna fuera modificada fácilmente por un grupo político, apenas ahora se empieza a cumplir.
Si queremos cambiar la Constitución, como lo pide Muñoz
Ledo, debemos buscar
aquellos puntos en los que existe realmente un acuerdo
de la enorme mayoría de los mexicanos. Podemos coincidir, quizá, sobre una Constitución que, como la estadounidense, determine
solamente las garantías fundamentales de los ciudadanos. Pero
si queremos más complicaciones, como la creación de un sistema semiparlamentario
o la multiplicación de vericuetos legales como los
que actualmente tiene nuestra Constitución, difícilmente podremos llegar a ese acuerdo. Y en ese caso más vale que nos
quedemos con la que tenemos,
a pesar de todo lo parchada que está.- S.S.-
México, D.F., 4 de febrero de 1999. | |