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Publicación
del lunes 5 de febrero de 2001
Plaza pública
* El festejo
del 5 de febrero
* Cambios en la celebración
* ¿Una nueva Carta Magna?
Por: Miguel A. GRANADOS CHAPA
Hoy cumple 84 años la Constitución
de Querétaro. La festejará el propio presidente Vicente
Fox Quesada, quien dirá el discurso conmemorativo. No suele
ocurrir que el propio titular del Ejecutivo sea el orador en esta
fecha, pero es claro que la de hoy se sumará a las mutaciones
ya ocurridas y por venir en la forma de recordar los fastos nacionales.
El 6 de enero, por ejemplo, el mandatario no encabezó en
Veracruz la más rutinaria que tradicional celebración
agraria. Dejó que su secretaria del ramo, María Teresa
Herrera, presidiera el acto en aquel puerto, mientras que encomendó
al de Agricultura, Javier Usabiaga, ser testigo de la ceremonia
que organizó en la ciudad de México la Confederación
Nacional Campesina (el único de los tres sectores del PRI
que prueba que hay vida en ese partido después del dos de
julio).
También mudará la sede de la recordación
de hoy. No será Querétaro, cuna de aquel documento,
una especie de altar para las oblaciones constitucionalistas, sino
la capital federal. En buena hora se adoptó tal decisión,
porque hubiera podido reeditarse el feo episodio de 1998. Una mala
combinación de descontento agresivo y pésimo resguardo
presidencial originó que el autobús que conducía
al gabinete federal corriera el riesgo de un ataque, pues se obturó
la presentación de inconformidades al Presidente de la República.
Todavía están presos por esa razón dos de los
dirigentes del Frente Independiente de Organizaciones Zapatistas,
cuya libertad ha sido solicitada por el Ejército Zapatista
de Liberación Nacional (EZLN), junto con otra persona en
Tabasco y decenas en Chiapas, como señal de que el nuevo
gobierno quiere en efecto dialogar. Como lo explicó el comisionado
para la paz, don Luis H. Alvarez, tal liberación depende
en muy pocos casos del presidente Fox Quesada. El de los presos
queretanos corresponde a la competencia local, y el gobernador Ignacio
Loyola Vera anticipó su renuencia a facilitar la excarcelación
de quienes, en cierto modo, lo hicieron quedar mal ante los secretarios
de Estado cuando apenas inauguraba su administración.
Sólo tal negativa habría bastado
para que el zapatismo queretano aprovechara la cita constitucional
a efecto de repetir su protesta. Por añadidura, la posición
de Loyola Vera sorprendente para quienes conocen y aprecian
su mesura ante la caravana zapatista que empezará a
caminar dentro de tres semanas, empeoró el ambiente en los
reducidos círculos que no comparten el conservadurismo del
gobernador. Tal vez se le citó fuera de contexto en su referencia
a la pena de muerte aplicable a los zapatistas como traidores a
la patria. El EZLN es un ejército reconocido por la ley del
diálogo y conciliación. Existe también, con
status legal, la asociación filantrópica-religiosa
llamada Ejército de Salvación; y no necesariamente
de modo metáforico se llamó Ejército del trabajo
una iniciativa de movilización auspiciada por el ex gobernador
mexiquense Jorge Jiménez Cantú. Y como no estamos
en guerra extranjera, de la que habla el artículo
22 constitucional, carece de sentido conjeturar los términos
de su aplicación. Como también es ocioso que el gobernador
Ignacio Loyola suponga que puede coartar el paso a los zapatistas,
o a quien quiera caminar por tierras queretanas: el artículo
11 no permite dudar que todo hombre tiene derecho para entrar
en la República, salir de ella, viajar por su territorio
y mudar de residencia, sin necesidad de carta de seguridad, pasaporte,
salvoconducto u otros requisitos semejantes.
Así pues, resulta mejor que, por otros
motivos, la ceremonia de hoy ocurra en la capital de la República
y no en Querétaro. El discurso presidencial será una
pieza importante, interpretará los signos de esta hora desde
la perspectiva del nuevo poder y establecerá el programa
de gobierno, dos meses después de la toma de posesión
(con la nueva visión que sólo ese breve período
obliga y permite tener) y antes de que se confeccione el Plan Nacional
de Desarrollo.
No es previsible que el Presidente aborde el tema
de una nueva Constitución y menos aun que la anuncie. El
relevo presidencial significó no sólo la sustitución
de un partido por otro en el Poder Ejecutivo, sino también
un cambio de régimen, circunstancia que suele ir aparejada
con un nuevo ordenamiento institucional, una nueva Constitución.
Así ocurrió, para tomar ejemplos a la mano, cuando
Alberto Fujimori y Hugo Chávez echaron abajo las combinaciones
de partidos que habían gobernado a Perú y a Venezuela
en las décadas anteriores a su propia elección.
El presidente Fox no podría caer en esa
tentación por la peculiaridad de la transición mexicana,
que no trasladó enteras las capacidades de decisión
de un polo de poder a otro. Ninguna de las tres fuerzas políticas
con mayor presencia en el Congreso federal puede ya por sí
sola abordar una reforma constitucional, para lo cual se requiere
el voto de dos terceras partes de los miembros de cada cámara,
si ni siquiera cuenta con mayoría relativa. Y una enmienda,
ya no digamos una nueva Constitución, que no cuente con el
asentimiento del PRI, podría ser frenada en los congresos
locales, pues ese partido controla aún más de la mitad
de las 31 legislaturas estatales, cuyo voto es necesario para la
operación del Congreso Constituyente.
Fox mismo, y un sector de sus apoyadores, desearán
impulsar una reforma del Estado cuyo contorno se delineó
en una colosal mesa de discusión. La conversión de
sus metas en fines constitucionales, sin embargo, requiere consensos
cuya construcción demanda tiempo. M.A.G.Ch. México,
D.F., 4 de febrero de 2001.
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