Notas
de un Cronista.- ¿Qué hay debajo del Pasaje de la
Revolución?
Autor:Por Juan Francisco
PEON ANCONA
El
Ayuntamiento de nuestra muy noble y muy leal ciudad ya dio comienzo
a los anunciados trabajos de remodelación del Pasaje de
la Revolución, cuyos proyectos se remontan a gobiernos
municipales anteriores y nunca se llevaron a cabo, unas veces
por falta o escasez de fondos económicos y otras por dar
prioridad a obras urbanas consideradas más útiles
o urgentes.
Es
ahora, cuando relucen en todo su esplendor las obras de remodelación
de la Plaza Grande -tan injusta e irreflexivamente criticadas
por ciertos sectores negativos-, que el llamado Pasaje de la Revolución,
obra de la atrabancada piqueta demoledora de un
"salvador" apellidado Alvarado, viene a lucir, cual
cuenca vacía en la remozada faz del área cetedralicia,
feo contraste que merece, desde luego, la atención municipal.
Consumado
en 1915 el atraco "revolucionario" contra el Palacio
Arzobispal edificado en el siglo XVI por Fray Diego de Landa,
Obispo de Yucatán, no quedó más remedio a
nuestro ilustre arquitecto don Manuel Amábilis que desplegar
todo su arte para subsanar -más bien disfrazar- el enorme
edificio colonial, conviertiéndolo en una especie de palacio
neoclásico con profusión de molduras, estucos y
diosas, llamado desde entonces "Ateneo Peninsular".
Debo
subrayar que los presentes comentarios no tienden a culpar de
"cómplice alvaradista" al destacado arquitecto
Amábilis, por más que algunos sectores sociales
de aquella época, así lo consideraron(1).
Por
lo contrario, prefiero imaginar que ante hechos consumados como
la vandálica orden gubernamental de mutilar la Catedral
de Mérida, echando abajo toda su sección meridional,
bajo el pretexto de abrir un innecesario pasaje de circulación
vial, Amábilis fue en esos momentos la única persona
capacitada para realizar la ingrata tarea,
no sólo de cambiar de estilo -"maquillar"- el
venerable palacio episcopal de tantos siglos, sino de algo más,
que entrañaba peligros, como la pérdida de estabilidad
de la torre sur de la Catedral de Mérida, a causa de los
referidos derrumbes exigidos para abrir el pasaje de marras.
Creo
que, gracias a la intervención del Arqto. Amábilis,
graduado en París, no salimos tan mal librados de aquella
imposición "revolucionaria" de difícil
solución, que venía a quebrar la secular homogeneidad
arquitectónica de dos edificios coloniales: la Catedral
de San Ildefonso y el contiguo Palacio Episcopal, unidos pared
con pared, formando un solo bloque, con interesantes plazoleta
cerrada en escuadra en pleno atrio del templo.
PELIGROSO
ESPACIO VACIO
Era
precisamente allí, en la fachada mayor catedralicia, donde
existía otra puerta de grandes dimensiones, que daba acceso
al interior de toda la sección sur, constituida por dos
importantes capillas: la de San José y la del Rosario,
ubicadas una tras otra, respectivamente, y paralelas a las naves
del templo.
Ya
que tales capillas estorbaban al proyecto alvarista, fue ordenada
su inmediata demolición, sin pérdida de tiempo ni
consideración alguna a su alto valor arquitectónico
y artístico-religioso. Tampoco importó lo peligrosos
que resultaba aquel espacio vacío (de la calle 60 a la
58) que dejaba al aire todo el costado sur de la Catedral y su
llamada Torre del Reloj, que, unidos por siglos al Palacio Arzobispal,
se apoyaban unos con otros. Las consecuencias de la pérdida
de ese espacio edificado que otorgaba cohesión a ambos
edificios
es algo no suficientemente aclarado por los arquitectos especialistas,
de quienes hemos oído contradictorias opiniones, Vgr.sobre
la causa de inquietantes cuarteaduras que en diferentes épocas
han aparecido en esa parte convertida en fachada lateral de la
Catedral.
Muchos
recordamos el Pasaje de la Revolución cuando hace algunos
años conservaba sus dos arcos "triunfales" de
medio punto, estilo romano, uno en cada uno de sus extremos, pero
no tantos recuerdan su techumbre metálica cubierta de paños
de cristal que el arquitecto Amábilis planeó, inspirado
probablemente en la famosa Galería "Vitorio Emanuel"
de Milán, Italia.
LOS
ARCOS DEMOLIDOS
Retrocediendo
a los años 30, 40 y 50, también recordamos el Pasaje
convertido en masivo paradero de omnibuses de pasaje que se dirigían
al norte de la ciudad, época en que también fue
invadido por aquella nube de panucherías y demás
expendios populares de regionales golosinas, que dejaban el ambiente
de la zona impregnado con fuerte olor a fritangas y cebolla encurtida.
Las hojas de los tamalesquedaban regadas por el suelo, convirtiendo
al "revolucionario" callejón en todo un asco,
donde pululaban perros callejeros famélicos y gatos hambrientos
en busca de algún "bocadillo"...
Después
de funcionar largos años como calle abierta al tránsito
de vehículos, el Pasaje fue convertido en vía peatonal.
Poco antes se habían echado abajo sus dos arcos de mampostería,
provocando diferentes comentarios en la opinión pública:
¿Era acertada su
demolición? ¿Acaso hubiese sido recomendable conservar
los dos arcos levantados por Amábilis con propósitos
de sostén, para subsanar, en parte, el vacío entre
ambos edificios?, o por lo contrario: ¿Salían sobrando
dichos arcos? Tales preguntas nunca fueron contestadas satisfactoriamente.
Ahora que las obras del Pasaje de la Revolución incluyen
la reposición de ambos arcos, surge una magníficam
oportunidad de aclarar tales dudas.
LOS
GOBERNANTES MUERTOS
Los
meridanos de ayer y de hoy, que han transitado múltiples
veces por el Pasaje de la Revolución, suelen ignorar lo
que yace -o yacía- bajo el pavimento del céntrico
callejón. Recordémoslo.
Hasta
fines del siglo XVIII y principios del XIX, correspondientes a
los postreros años de la dominación española,
la Catedral de San Ildefonso fue también panteón
de la ciudad, en cuyo interior se sepultaba a la gente principal
de la comunidad, lo cual se realizaba
a todo lo largo de sus naves laterales y en ciertas partes del
trascoro.
Los
obispos y miembros del clero secular tenían allí
mismo y en la Capilla del Santo Cristo de las Ampollas dos o tres
criptas de enterramiento, destinadas exclusivamente a ellos.
Del
mismo modo, existía una bóveda mortuoria, supuestamente
de grandes dimensiones, reservada a los gobernadores y capitanes
generales de laProvincia de Yucatán, a muchos de los cuales
sorprendió la muerte en nuestra tierra, sin darles tiempo
de retornar a España, su tierra una vez terminados sus
respectivos mandatos gubernamentales. Unos murieron de viejos,
o por enfermedad, Vgr. el Maestre de Campo don Esteban de Azcárraga
(1645-1648), víctima de cruel epidemia que se desataba
sobre la Península, y otros por muerte "misteriosa"
como el novelesco don José Campero ("A las 12 en la
Catedral te espero") en 1662, sin faltar el legendario brigadier
Don Lucas de Gálvez, alevosamente asesinado el 22 de junio
de 1792.
LOS
RESTOS DE MONTEJO
Casi
todos ellos -unos 19 ó 20- fueron inhumados, revestidos
con las insignias propias de sus cargos, en la Bóveda de
los Capitanes Generales de la S.I. Catedral de Mérida,
según consta en sus correspondientes partidas de defunción,
que se conservan en el Archivo Parroquial de la Arquidiócesis
de Yucatán. ¿Dónde estaba situada la mentada
bóveda de los gobernadores y capitanes generales de Yucatán?
Nadie lo sabe con exactitud, pero existen, al menos, ciertas evidencias
que la ubican en la Capilla Mayor de la Catedral, que no era otra
que la de San José, una de las dos echadas abajo por Alvarado,
para dejar libre el camino del Pasaje de la Revolución.
En ese caso, cabe la posibilidad de que los restos de Montejo
el Mozo,fundador de Mérida, exhumados de su sitio original
en el Panteón de los Conquistadores del Convento de San
Francisco el Grande (ex Ciudadela de San Benito) para ser llevados
a la Catedral meridana, reposen bajo el piso del actual Pasaje
de la Revolución.
¿Descubrió
la piqueta alvaradista dicha cripta subterránea y tras
eliminarla se deshizo de las osamentas o cuerpos momificados que
allí yacían? Es muy probable que así haya
sido, pero tampoco puede afirmarse, ya que ningún medio
informativo ni documento alguno de la época dijeron nada
al respecto.