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Parte de un "pasado vivo".- Los arcos alvaradistas en la Plaza
Autor:Por Martiniano ALCOCER ALVAREZ


    El extinto historiador don Víctor M. Suárez lo calificó en alguna ocasión como un "pegoste" en el corazón de la ciudad.

    Se asegura que el autor de su transformación, el arquitecto Manuel Amábilis Domínguez, director de obras públicas del gobierno de Salvador Alvarado Rubio, lamentó hasta su muerte, en 1966, haberlo convertido en un edificio de estilo francés y que para tratar de explicar el desaguisado decía que, si no lo hubiera hecho, tal vez el destino del centenario inmueble hubiera sido otro.

    Estamos hablando, ya lo habrá colegido el lector, del Palacio Episcopal, luego Ateneo Peninsular -ahora convertido en el Museo de Arte Contemporáneo, pero durante muchos años, hasta 1990, sede de oficinas castrenses-, el cual por estos días vuelve a ser motivo de comentarios tras ser "unido" de nuevo a la Catedral con sendos arcos
-uno aún no terminado-, imitación de los que el propio arquitecto Amábilis construyó durante el gobierno preconstitucional del divisionario sinaloense para constituir el bautizado entonces como Pasaje de la Revolución, afrancesada vía con techo de hierro y
cristal.

    Como se sabe, este pasaje, obra de un sedicente gobierno revolucionario a imagen y semejanza de tantas otras construcciones realizadas en Yucatán durante el gobierno porfirista, cuando los potentados yucatecos tenían en Europa su faro cultural, vino a ocupar los espacios que quedaron tras la demolición en 1915 de las capillas del Rosario y San José, la antigua sacristía mayor y una segundacapilla del Rosario que estaba en la planta alta del Palacio Episcopal y era el oratorio privado del obispo. Remataba en los lados poniente y oriente con sendos arcos.

    El Gral. Alvarado, enviado por el presidente Venustiano Carranza a Yucatán en busca del dinero de los hacendados henequeneros para financiar las campañas del denominado Ejército Constitucionalista,fue promotor de profundas transformaciones sociales y políticas en el Estado. Como nos informa la enciclopedia "Yucatán en el tiempo", el
ex boticario magonista "estimuló las manifestaciones anticlericales y lesivas acciones gubernamentales contra el culto católico y la jerarquía eclesiástica, según era el sello común en el radicalismo de la época".

    Durante su gobierno preconstitucional, en la noche del 24 de septiembre de 1915, huestes obreras conformadas por ferrocarrileros y trabajadores portuarios de Progreso, comandadas por Héctor Victoria Aguilar y Anatolio Buenfil, entre otros, causaron graves destrozos en la Catedral, episodio durante el cual se perdieron invaluables
tesoros del arte sacro colonial.

    En ese negro episodio de la vida cultural yucateca, las huestes obreras, movidas de "furor iconoclasta", según refiere el historiador Francisco Cantón Rosado, citado por el canónigo Juan Castro Lara en la monografía de la Catedral de la que es coautor, "se dedicaron a destruir todas las imágenes y retablos que fueran gloria de nuestra
magnífica Catedral, no sólo como objetos de culto religioso, sino como joyas de arte colonial".

    En el lapso de la historia vernácula (1915-1918) ocupado por el gobierno de Alvarado, don Manuel Amábilis rediseñó la fachada del Palacio Episcopal, de sobrias líneas de estilo colonial, para convertirlo en el "pegoste" del que hablaba don Víctor Suárez y en
vez de las construcciones derruidas por la picota iconoclasta dispuso levantar los arcos del mismo estilo afrancesado que reconstruye la Comuna en los días finales de su gobierno.

    El alcalde Xavier Abreu Sierra nos dijo hace unos días que dispuso la reconstrucción de los arcos como una más de las acciones de "rescate del centro histórico" y para dignificar el Pasaje de la Revolución, convertido en estacionamiento de taxis -hace varias décadas fue paradero de camiones, entre otras rutas de las de Itzimná y la Jesús Carranza-, refugio de indigentes y venduteros de fiambres. También que actuó en respuesta a la solicitud del vicario general Mons. Carlos Heredia Cervera de acabar con la lacra urbana en que estaba convertida esa vía.

    Si el dignatario eclesiástico autor de la petición tiene memoria histórica -y seguramente la tiene- quizá no quede muy contento con la respuesta dada a su solicitud por las autoridades municipales, puesto que los reconstruidos arcos son, desde ahora, perennes recordatorios de los daños que sufrió la Iglesia yucateca en los años del gobierno
alvaradista.

    Cada vez que Mons. Heredia Cervera pase debajo, cerca o alrededor de los arcos -que, además, no parecen ser la mejor solución arquitectónica, según advirtió hace unos días el presidente nacional del gremio de los arquitectos-, con toda seguridad revivirá en la
mente los sucesos atentatorios no sólo contra la fe católica sino contra el patrimonio cultural de un pueblo, cometidos por fanáticos que pretendían combatir de esa forma lo que, en sus arengas de socialistas de nuevo cuño, sus líderes -enemigos, de encima, del
periodismo libre (Alvarado incautó la "Revista de Yucatán" para hacer su periódico "La Voz de la Revolución")-, calificaban de oscurantismo retrógrado.

    Quien esto escribe no es, ni de lejos, un enterado en las cuestiones arquitectónicas y urbanísticas, menos pretende erigirse en defensor de una fe religiosa, pero sí piensa de vez en cuando y por ello no considera que restaurar unos monumentos que recuerdan el oprobioso ataque contra el patrimonio cultural y las creencias de la mayoría de los yucatecos pueda ser una buena idea. Sin contar con que, como dice don Víctor Suárez, son parte de un "pegoste" en el corazón de la ciudad.

    Es probable que los especialistas del ramo, si se hubiera hecho una amplia consulta al respecto, hubieran sugerido soluciones menos polémicas o más acordes con el contexto histórico. El rescate del centro de Mérida, por lo demás muy bien logrado, merecía un final mejor que éste, en adelante, permanente recuerdo del paso de las turbas alvaradistas sobre el patrimonio arquitectónico de la "Capital cultural por siempre".

    Ojalá que, ya que el daño está hecho, por lo menos se ilustre a los ciudadanos con un buen trabajo de investigación histórica -¿qué dice de esto el por estos años tan apagado Consejo de Cronistas?- para que las futuras generaciones estén bien enteradas de lo que ahí hubo antes y del origen de las restauraciones, a nuestro modo de ver, de mal gusto. Merecemos que por lo menos se nos diga qué movió a la destrucción de una parte importante del legado histórico común y cuáles fueron las razones que llevaron a levantar de nuevo esos arcos de formas bastante "cuches".

    Las autoridades harían bien en no olvidar recientes palabras de CarlosFuentes: "En la América española el pasado está vivo, a veces como advertencia dolorosa, a veces como promesa perseverante, siempre como registro de una cultura" (Diario, 15/V/2001) y pensar bien lo que harán antes de levantar una obra que pudiera ofender a sectores importantes de la sociedad en los cuales todavía "está vivo", vigente, ese pasado del que habla el novelista mexicano.- M.A.A.-
Mérida, Yucatán, 2001.


 

En Contexto

* El pasaje picheta

* El Palacio de gobierno

* Restaurante Plaza serenata

* S.I. Catedral

* Ateneo Peninsular

* Zapatería Canadá

* El Gallito

* Papelería ABC

* Casa de Montejo

* Casa de Peón Contreras

* Casa Cárdenas

* Panadería Montejo

* Casa Peón

* Centro Cubano

* Palacio Municipal

* Olimpo

* El Louvre

* Casa del Alguacil


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