La
Casa del Alguacil Mayor
Uno de los sitios
más concurridos de la Plaza Grande, guarda entre sus muros
una historia llena de misterios
Fue
una extensa propiedad que da a las calles 61 y 62, que recientemente
fue motivo de un descubrimiento: un corredor en la parte superior,
que surgió cuando el Ayuntamiento restauraba su fachada.
Es
uno de los sitios más concurridos de la Plaza Grande, en
particular por turistas que acuden a sus restaurantes, la casa
de cambio, la dulcería Colón y una tienda de artesanías
que modificaron los accesos originales de esa parte del inmueble.
Fue
propiedad del conquistador don Cristóbal de San Martín,
luego de Juan de Montejo, de la familia Argaiz y, en 1783, de
José Fernandez Cano Bingas de Alvarado, alguacil mayor
de Mérida, constructor de la arquería.
Los
descendientes de los Argaiz ampliaron la casa, construyéndoles
una segunda planta que utilizaron para su vivienda, mientras que
la planta baja se destinó para bodegas y tiendas.
Su
acceso principal, con marco de piedra labrada, está sobre
la calle 62. Hay otro pórtico similar en la planta alta,
donde funcionaron un hotel, un colegio y un restaurante, entre
otros. Actualmente esa parte está desocupada.
La
historia de esa casona tiene muchos misterios. Uno de ellos es
la escalera de su entrada principal, pues hay quienes afirman
que originalmente no llegaba hasta la calle sino que fue ampliada
para facilitar el acceso de los huéspedes del hotel.
Otra
incógnita es dónde estuvo el acceso a los carruajes,
pues se considera improbable que se ubicara sobre la calle 60,
en los corredores.
A
principios del siglo XIX sufrió nuevamente cambios en su
fachada, pisos, puertas y ventanas.
La
deformación funcional y alteración de los espacios
de la casa llegaron cuando fue dividida. El patio central desapareció
al ser ocupado por el cuarto de máquinas y la cocina de
la dulcería Colón. Parte de los techos de rollizos
están cubiertos por plafones.
Manuel
Cirerol, Merces Cirerol, Ofelia Arce de Cantarell e Irma Cantarell
Arce figuran entre sus primeros propietarios en este siglo. En
1953 lo adquirieron los hermanos Ramón, José y Agustín
Canto Morell y luego pasó a sus descendientes.
La
última inscripción catastral está a nombre
de Berta Mercedes, María Isabel y Mónica Rubí
Canto Rosado.