Publicación
del 4 de abril de 2000
Lábaros regionales
La bandera de Yucatán
Por Juan Francisco PEON ANCONA
Yucatán, tierra de hondas
raíces histórico-culturales que le otorgan fuerte
e inconfundible identidad, no sólo ante las demás
provincias de la Patria, sino también ante otras naciones,
posee bandera propia, lo cual de ninguna manera le resta mexicanidad
al ser comparado nuestro Estado con el resto de los que conforman
la República Mexicana.
Atrás, muy atrás
han quedado aquellas etapas y momentos históricos -muy
comprensibles y justificables- de gran hervor regionalista, que
han sido aprovechados por la historia oficial-centralista para
endilgarnos a cada rato, entre broma y verdad, el trillado apelativo
de "Hermana República de Yucatán", a más
de otros inoportunos y chocantes señalamientos independentistas.
"En México sólo
hay una bandera y un himno nacional para todos los mexicanos,
incluyendo a los yucatecos", dicen que exclamó el
Gral. Salvador Alvarado cuando ordenó sacar del museo local
meridano la vieja bandera original de Yucatán, de 1841,
para quemarla y borrar así todo recuerdo histórico
de aquel que un día fue Estado Libre y Soberano de Yucatán.
A través de los años,
el aztequismo centralista, peculiar y ancestral del altiplano
mexicano, no dejó de rasgarse las vestiduras cada vez que
se mencionaban la bandera y el himno de Yucatán, cosas
incomprensibles para los hijos de la Malinche y el Popocatépetl.
Pese a todo, nadie puede afirmar
en nuestros días que Yucatán carezca de espíritu
patriótico; que los yucatecos nos mostremos desinteresados
o fríos ante la realidad de México como nación
integradora: su política, su evolución social, sus
problemas indígenas, su bienestar, su futuro, etc., etc.,
manifestaciones que constituyen el verdadero amor patrio, que
no debe confundirse con el patrioterismo, cosa muy diferente.
Por otra parte, si nos referimos a los sentimientos religiosos,
no debe olvidarse el guadalupanismo de Yucatán que ha sido
desde antaño tan ardiente como el mejor de México.
Recuérdese al Obispo e historiador yucateco don Crescencio
Carrillo y Ancona, insigne propulsor guadalupano de fines del
siglo pasado. Nuestro Himno Yucateco no es otra cosa que una exaltación
al triunfo del 5 de mayo de 1862.
Y si hablamos de los signos exteriores
de mexicanidad, debe reconocerse que aquí en nuestra patria
chica se manifiestan con el mismo respeto, veneración y
entusiasmo que en el resto de México.
Desde que tengo uso de razón,
recuerdo que en la escuela, en los Boy Scouts, en los clubes sociales
y de servicio, en la Iglesia y, desde luego, en todas las esferas
gubernamentales, se han rendido siempre, oportuna y destacadamente,
los correspondientes honores a los símbolos patrios -bandera
y escudo nacional-, así como a los Héroes de la
Patria, cuyas efigies y monumentos tachonan nuestros parques y
jardines.
En escasas ciudades del país
(tal vez en ninguna otra) existe un Monumento a la Patria tan
grandioso como el nuestro, en la glorieta mayor del Paseo de Montejo.
Notables son también los
concursos escolares para la interpretación del Himno Nacional
y las competencias de escoltas a la bandera, que han llegado hasta
lejanos centros escolares del interior del Estado.
Quien asista el 15 de septiembre
por la noche a la fiesta nacional del Grito de la Independencia,
en nuestra Plaza Grande, sentirá la misma emoción
patriótica que en el zócalo metropolitano o en Querétaro,
en esa misma fecha.
Sin embargo, la evidente mexicanidad
de nuestro pueblo peninsular no implica la renuncia a su yucataneidad,
de la cual forman parte los símbolos propios, particulares,
de la tierra primaria que nos vio nacer: un himno, un escudo,
una bandera, manifestaciones propias de provincias y regiones
interiores que integran los países cultos que preservan
su historia y sus tradiciones, tanto las de carácter nacional
como las regionales.
Y es que ni en México, y
al parecer ni en el resto de la América Hispana, prosperó
la milenaria costumbre europea de lucir lábaros, banderas
y estandartes de aquellos reinos, principados, marquesados, condados,
maestrazgos, pueblos, villas y demás regiones que luego
integrarían los hoy conocidos países del viejo continente.
A lo anterior se suman en nuestra indo-hispana América
los gobiernos con tendencias históricas de carácter
dictatorial, absolutista o centralista, que en diferentes épocas
han frenado o reprobado todo símbolo o bandera de identidad
regionalista, por considerarlo incompatible (casi de traición)
con los emblemas o insignias oficiales nacionales de cada país.
Las naciones del Norte -Estados
Unidos y Canadá-, carentes de aquellos complejos históricos,
proceden diferente a nosotros, ya que en sus Estados o Provincias
internas abundan las banderas y otros símbolos propios
de cada lugar. Un ejemplo fue la hermosa serie filatélica
emitida por el Correo de los Estados Unidos cuando esta nación
celebró el 2o. Centenario de su Independencia. Dichas estampillas
reproducen todas y cada una de las banderas de los numerosos Estados
de la Unión Americana, incluso las de aquellos que una
vez fueron secesionistas como Texas y otras entidades del sur
de la nación, sin menoscabo alguno de la bandera nacional
de las barras y las estrellas. En Canadá abundan las banderas
regionales, tanto en la parte inglesa como en la francesa.
Pero el mejor ejemplo actual es
el que ofrece la España monárquica de nuestros días,
con su gran floración de banderas regionales provinciales,
sin omitir las de aquellas comarcas intensamente regionalistas
como son las del País Vasco y Cataluña, en contraposición
a lo que ocurría en el anterior período franquista,
que no admitía más bandera que la nacional rojo
y gualda.
En todo Ayuntamiento de España
-lo cual me ha tocado ver en repetidas ocasiones- siempre hay
dos banderas básicas en la sala de honor o en los mástiles
exteriores: la nacional y la que pertenece a la Comunidad (cada
uno de los departamentos o regiones autónomas en que se
divide territorialmente España). Pero además, en
cada fiesta de los infinitos pueblos y ciudades de la hispánica
nación salen también a relucir otros de sus más
coloridos y vernáculos pabellones regionales.
La Vexilología (1), moderna
ciencia que se ocupa del estudio de las banderas, (así
como la Heráldica se refiere a los escudos de armas), nos
revela cosas muy interesantes sobre el origen, evolución
y composición de todas las banderas, pabellones, banderolas
y otros lábaros importantes del mundo, cuyo actual y definitivo
diseño muchas veces estuvo inspirado en alguna o algunas
de aquellas históricas banderas provincianas, unas de carácter
guerrero y otras religioso, corporativo, etc., según puede
observarse en países como Francia, Alemania, Austria y
Suiza, donde abundan las banderas regionales, en plena vigencia.
¿Quiere Ud. ver banderas, banderitas y banderotas provincianas
en profusión? Vaya a alguna de las ciudades medioevales
italianas, Vgr. Siena, donde se celebran coloridos festivales
anuales en que se concentran nubes de banderas de las comarcas
cercanas.
Si bien es verdad que México
y Yucatán están muy lejos de todos aquellos países
europeos, no es menos cierto que los provincianos de nuestra nación
y de América en general tenemos el derecho y la obligación
de honrar los símbolos vernáculos que nos corresponden,
sin que ello cause escozor o malestar a nadie.- J.F.P.A.- Mérida,
Yucatán, 2000.
(1) Vexilología.- Del latín
vexillum. Especie de estandarte de caballería, propio de
las antiguas legiones romanas.