Publicación
del 2 de junio de 2000
Opiniones de un cronista
Yucatán: un nacionalismo al revés
Por Javier OTERO REJON
Un querido alumno me regaló,
quizá por conocer mis aficiones pseudohistóricas,
una de esas calcomanías de la bandera de Yucatán.
Bueno, me regaló dos y una la pegué en la puerta
de cristal de mi cubículo de la U. del Mayab y por tener
tanto cuidado de que no quedara arrugada descuidé la orientación
de la bandera y quedó al revés: las barras anteriores
a las cinco estrellas. No tuvo mayor efecto inmediato que mis
alumnos bromearan, una vez más, sobre mi distracción
proverbial. La otra calcomanía la pegué en el coche
de mi esposa, donde se luce más que en el mío, que
es muy viejo. Me sentí muy original hasta que caí
en la cuenta, tarde como siempre, de que muchísimos coches
de Mérida las traen en versiones de diferentes tamaños
y algunas hasta con la leyenda "orgullosamente yucateco"
que la mía no tiene, hecho que no menoscaba mi orgullo
por la patria chica. Entonces comencé a notar por comentarios
de la gente que quizá este repentino interés por
un símbolo que tan poca presencia tuvo en la historia local
esté motivado por un sentimiento que me incomoda: patentizar
el orgullo de ser yucateco frente a gente que no lo es y que vive
en Yucatán.
Muchos conocen mis opiniones particulares sobre
el nacionalismo iconográfico y el valor relativo que doy
a una simbología que no esté respaldada por una
convicción profunda y manifiesta en actos. Y no es ésta
la ocasión de retomar el asunto: cuándo, cómo
y por qué Yucatán se hizo parte de México
es un asunto muy serio y propio de tratar por gente más
capaz que yo. Más me interesa lo otro: destacar el orgullo
de ser yucateco como una forma, ni siquiera elegante, de manifestar
rechazo a quien escogió mi tierra para hacerla suya, y
me parece tan desagradable y anacrónico como cuando me
decían en la ciudad de México, estando allá
como estudiante foráneo, que era originario de la "hermana
República de Yucatán".
A veces pienso que la "hospitalidad yucateca"
no es algo tradicional sino mitológico y con interpretaciones
como la que actualmente comento puede temerse que seamos una sociedad
cerrada y pueblerina que se siente amenazada en sus más
puros valores y amables costumbres por una horda de "huaches"
que nos asaltan como en su tiempo hicieron las tribus bárbaras
con la vacilante Roma imperial. Y vemos a Mérida sitiada,
profanada y expósita parmi les fauves. Exagero, como es
mi costumbre, pero dando por cierto tal sentimiento en su más
baja escala ¿dónde queda el espíritu de la
globalización tan alabada? En un mundo que camina hacia
una interculturización más amplia y saludable ¿dónde
nos ubicamos con un sobrevaluado culto al panucho y a la jarana,
al que, estadísticamente considerado, tampoco resultamos
significativamente muy devotos? ¿Ser la Capital Americana
de la Cultura implica recibir sólo visitantes de paso,
verdaderos turistas a los que recibimos con gozo y los despedimos
con más?, Quizá no fue casual que yo pegara mi banderita
al revés, quizá fue mi inconsciente sabio que me
dictó una medida "nacionalista" más amable
y generosa que ese "nacionalismo" de puertas y corazones
cerrados que podrían estar preconizando otros.
Amo mi ciudad y mi estado: mi vida está
geográfica y espiritualmente en ellos. Con todas mis limitaciones
vuelvo la brújula de mi atención hacia ellos y sus
valores son gozosamente míos. Pero no son realidades estáticas
ni acabadas sino vivas que crecen al ritmo de los tiempos y deberían
acoger con la generosidad de antes a los forasteros que la quieren
ver como su Tierra de Promisión. Por causas y en formas
distintas Yucatán se abrió a razas no nativas: los
españoles, los árabes, los chinos, muy pocos judíos
y negros, y una gama de mestizajes resultó de esa apertura.
Ahora es la ocasión, renovada pues no es nueva, de los
"huaches" (hay quien dice que más allá
de Campeche todos son "huaches" de modo que el vocablo
equivale a "gentil" en Judea y a "bárbaro"
en Roma). Mi nacionalismo es atesorar estos valores propios, pero
no para guardarlos como un "talkú" que se niega
egoísta al inmigrante, sino para compartirlo con él.
¿Necesitamos hacer la metafísica del panucho para
oponerlo al sope, oponer el español hablado por Cholo al
"cantadito" de "la India María", el
arrullo de la trova al ímpetu del mariachi? La convivencia
implica buscar las semejanzas, porque las diferencias separan.
Mérida es una ciudad abierta desde siempre.
Los enormes vanos del Arco de Dragones no tienen puertas porque
esta es una ciudad para entrar y quedarse en ella si te gustan
su paz, su calor y sus mosquitos. Seamos nativos amigables, abramos
la puerta y no el postigo, ofrezcamos la palma con los cinco dedos
extendidos y no sólo el índice mostrando que "por
allá se vuelve a México". Seamos la Capital
Americana de la Hospitalidad, no por un año sino por todo
el nuevo milenio.
Y si sentimos incomodidad en la convivencia
con los fuereños, ya inevitable, que por nosotros no quede
el encuentro amable.
También habría que hablar, será
en otra ocasión, de la actitud de quien llega y sus modales.
Es cierto que a unos cuantos habría que educarlos mejor,
pero eso sólo convendrá hacerlo después de
brindarles nuestra casa y nuestro corazón y de darles de
beber en una jícara un poco del agua dura de nuestros pozos
para que ya nunca se vayan.
Un día, con ocasión de impertinencias
intestinas, dije que Mérida era "la ciudad de todos".
Hoy lo reitero haciéndolo extensivo a quienes hallan en
Mérida lo mejor que tenemos para darles: un nuevo hogar.-
J.O.R.- Mérida, Yucatán, junio de 2000.