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Publicación del lunes 24 de febrero de 1997

Iglesia y sociedad

El día de la bandera: el dolor de la Patria

Raúl H. LUGO RODRIGUEZ

Israel era una singular teocracia. Pertenecientes al imperio romano, los judíos tenían, sin embargo, un estatuto especial en cuanto país que había pasado al vasallaje, no por la fuerza, sino en virtud de una amistad del rey con el emperador romano en turno. Roma manifestaba su poder sobre Israel en dos cosas sencillas: tener en el territorio de Palestina a su ejército, de manera que se evitaran las sublevaciones a las que tan proclive era el pueblo hebreo, y cobrar impuestos al través de una extensa red de cobratarios, conocidos como los publicanos.

Un privilegio de los judíos era no permitir la entrada de estandartes con la efigie del emperador a la ciudad santa de Jerusalén. Los judíos más piadosos consideraban esa acción como una especie de ofensa al Señor de los ejércitos, el único a quien el pueblo de Israel debía obediencia y sumisión. No era el problema de la imagen del emperador en sí misma, como si los judíos lo consideraran un ídolo. El evangelio recuerda, por ejemplo, que circulaba en el país la moneda con la efigie del emperador, y esto no causaba revolución ninguna. El único lugar donde esta moneda no podía ser usada era en el templo de Jerusalén, de allí la necesidad de cambistas en el atrio del templo.

Parece ser que el problema era, más bien, la identificación del estandarte con el dominio romano, más que con el ícono de una divinidad. El estandarte era signo de la dominación romana sobre un pueblo cuya vocación fundamental era ser un pueblo libre. Así que los hebreos consideraban insultante que el ejército imperial, al que sólo con mucho esfuerzo obedecían, entrara a la ciudad blandiendo públicamente el símbolo del dominio extranjero por excelencia: el estandarte.

Son los estandartes el origen de la costumbre, todavía cultivada por los países modernos, de tener una bandera. El estandarte en la edad media era símbolo del dominio del señor feudal sobre su territorio. Habría que preguntarle a un heraldista si no es aquí donde surgió también la tradición de los escudos familiares y aquellos que caracterizaban a una ciudad o región, como si fueran una especie de "bandera familiar".

El caso es que, con la revolución francesa, quedó marcado como signo de modernidad el uso de la bandera. A la bandera se le atribuyeron significados de virtudes nacionales, se le identificó con lo más relevante y más honroso de una nación, y se le rodeó de una especie de culto laico que la sacralizó.

De niños todos aprendimos en la escuela versos para la bandera. Probablemente el primer contacto con la rima nos venga de aquella famosa "banderita, banderita / banderita tricolor...". La identificación de la bandera con la nación crecía cuando se le rodeaba de mitologías patrias como la que se alimenta en el relato de los niños héroes, mártires adolescentes de proporciones legendarias.

Más tarde, concentramos en nuestra juventud todos nuestros sueños en banderas ajenas a la nuestra, ya fuera aquella de la estrella solitaria, de la hoz y del martillo, o la que llevaba en el centro el signo que los años setenta calificaron como "signo de paz".

La edad adulta nos vuelve escépticos a todo. Creo que son pocos los mayores de treinta años que sienten alguna emoción fuera de lo común cuando ven izada la bandera, y mucho menos los que, con sinceridad, creen en su significado y la veneran con autenticidad. No sé si es delito decir que la bandera, a este humilde servidor, no le sirve para nada más que para rodear los pies de la Guadalupana el día 12 de diciembre. La patria, lo he confesado en otras colaboraciones de esta misma columna, es para mí mucho más que una tela de tres colores. La patria se compone de rostros y de dolor, de pies desnudos y manos encallecidas, de impotencia, de miseria y de rabia.

Creo que mucho ha contribuido en nuestro país a la desmitologización de la bandera en cuanto símbolo patrio, la identificación de sus colores con los de un partido político. Recuerdo la polémica desatada cuando el PRD quiso, en sus inicios, vestir su logotipo con los colores patrios. Detrás de la reclamación del PRI de ser el dueño de esa combinación (que, por otro lado, es bastante desafortunada) de colores, se escondía la pretensión del sistema gobernante de adueñarse del concepto de patria, de presentarse como la reencarnación de nuestra historia.

La efemérides que hoy celebramos, el día de la bandera, me hace anhelar con nostalgia de futuro, la célebre fecha (¿por qué no un 24 de febrero?) en que el PRI, dando una muestra de su sincero deseo de reformarse y de convertirse en un verdadero partido político renunciará de manera pública y definitiva a los colores de la bandera y, como PARTIDO político que es (partido viene de "parte") dejará de arrogarse, sin permiso de la nación, la representación de la totalidad de los habitantes de este país.

El otro día vi al moderno "niño héroe" dormía en el mercado Lucas de Gálvez. No tenía zapatos, y su ropa estaba desgarrada por el uso y la mugre. Era septiembre y había entrado un "norte". Algo llamó poderosamente mi atención: dormía, para protegerse del frío, envuelto en una bandera tricolor. Una imagen lista para desmentir la iconografía oficialista. Un dolor clavado en el costado de la patria. Una representación digna de la tragedia que significa para muchos, ser mejicano.

Feliz día de la bandera.- R.H.L.R.- Mérida, Yucatán, febrero de 1997.

En contexto

Club Redín: Día de la Bandera

La Bandera Nacional
Información de la Secreatría de Gobernación

Historia de la Bandera Mexicana

Juramento a la Bandera

Leyes de los Símbolos Patrios

Imágenes de las Banderas Mexicanas

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