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Publicación
del viernes 24 de febrero de 1995
Política y otras cosas
El robo de la bandera
CATON
¿Quién puede ser tan malvado que
es capaz de robarse una bandera? Ganar una extranjera en el combate,
arrebatarla al enemigo, es de valientes. Quitar la propia de manos
de quien le trae deshonra es de patriotas. Pero robarse una bandera
es sucio asunto de ladrones. Despojar de su bandera a todo un pueblo
para usarla en propaganda de política; convertir los colores
de la patria en colores de publicidad; hacer de la bandera bandería;
eso es acción vituperable contra la cual debemos protestar.
El PRI detenta los colores nacionales. Los utiliza
en indigno monopolio que ya no se le debe permitir. Cuando vemos
el verde, blanco y rojo, que tantos valores simbolizan, no pensamos
en México, en la patria: a querer y no evocamos la burda
propaganda de los priístas. Electoreros programas del gobierno,
como aquellos de la Solidaridad salinista, han utilizado también
esos colores como inducción subliminal para atrapar el voto
de los mexicanos más pobres y con menor capacidad de discernir.
No es justo, no es debido, no es moral -y por
tanto no debería ser legal- que un solo partido político
tenga derecho a usar los colores patrios y los aproveche para su
beneficio. Esos colores, lo mismo que nuestra bandera, nuestro escudo
y nuestro himno, son nacionales -así se llaman- y pertenecen
por tanto a toda la nación. La nación somos todos,
no nada más los priístas, cuyo número, entiendo,
se va haciendo menor conforme aumenta la cifra de los mexicanos
que toman conciencia de los inmensos daños que la existencia
de ese partido, tal como ahora es, sigue causando a México.
Hoy es el Día de la Bandera. Millones
de niños y jóvenes mexicanos le rendirán tributo
de veneración. Es un lienzo sagrado. Me emociono cada vez
que lo veo, y más cuando lo miro en tierras extranjeras.
Ante la bandera, lo mismo que ante Dios, jamás he dejado
de ser niño. Ahí nunca se es cursi: la bandera flota
por encima de todos los sentimentalismos. En ella miro a mi padre
quitándose el sombrero a su paso en los desfiles; recuerdo
a mi mamá enseñándome un "poema alusivo"
para decirlo el lunes en la escuela; oigo otra vez la voz de mis
maestros en el relato de la gesta de los Niños Héroes;
evoco al Escuadrón 201; me veo en el Zócalo, abierto
corazón de México, amparado por el gran cielo tricolor
de la bandera undosa.
Por eso digo mal (que no maldigo, porque a nadie
soy yo capaz de maldecir), digo mal, repito, de quienes se apoderaron
de los colores de nuestra bandera e inmoralmente los retienen y
los usan para hacer fuerte su debilidad; para dar visos de nación
a lo que es solamente obra de camarilla; para seguir engañando
e inclinando la voluntad de tantos y tantos mexicanos pobres, débiles
por la pobreza y la falta de educación, a quienes todavía
se puede manipular.
¡Devuélvanos el prigobierno
la bandera! ¡No nos la roben más! ¡Que los colores
patrios le sean restituidos a la patria! Si verdaderamente va a
cortarse el aberrante lazo que mantiene al gobierno y al PRI atados
uno al otro; si ya no habrá partido de Estado; si el PRI
realmente se va a modernizar y a convertir en un partido auténtico,
entonces venga la ley a devolvernos a todos los mexicanos lo que
es nuestro, esos colores: verde, blanco y rojo, que no deben ser
símbolo de un partido sino hermosa alegoría de la
unión de todos los mexicanos en el común amor a México.
Y ya no digo más. Hoy, Día de la
Bandera, pensé que mi mejor homenaje a ella debía
ser enfurecerme contra aquellos que nos la han robado.- C.- Saltillo,
Coahuila, 1995.
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