Oleada terrorista en Estados Unidos - Diario de Yucatán

Publicación del viernes 21 de septiembre de 2001

Ante las guerras santas

La humanidad debe repensarse

Por Martiniano ALCOCER ALVAREZ

El certero, mortal ataque terrorista al corazón del poder financiero y militar del mundo, perpetrado el martes 11 por fanáticos suicidas, obliga a la humanidad toda a repensarse. Las categorías tradicionales, los equilibrios y los pesos y contrapesos del poder, la ética y la moral mismas y las relaciones entre naciones, inclusive la forma de hacer la guerra, se deben someter a revisión desde las bases. Lo ocurrido ese martes negro puso de manifiesto de manera por demás cruda cuán vulnerable es el mundo ante formas poco ortodoxas de lucha como la ejercida por los modernos “camicaces árabes”, en la descripción certera de don Eugenio Rivas.

Hace apenas unos meses, en el último de una serie de artículos con el título “El fascinante poder” (Diario,09/07/2001), decíamos: “En estos momentos una guerra mundial al estilo de las de 1914 y 1939 es impensable. Las maravillosas maquinarias y los complejos sistemas bélicos son apenas eficaces para lograr la sumisión de países en el papel inferiores (citábamos entonces a Iraq y Afganistán, entre otros)”, donde “poderosas formaciones guerreras de miles de millones de dólares no pudieron doblegar militarmente a ejércitos minúsculos y mal armados en comparación con aquéllas, pero con el eficiente empleo en una grande dosis de lo que Galbraith califica como poder condicionado, la persuasión de luchar por valores considerados trascendentes”.

Entre las nuevas fuentes del poder que mencionábamos en aquel trabajo nos faltó el terrorismo internacional, a pesar de que ya habíamos sido advertidos por varios analistas de los peligros que desde el Medio Oriente, hervidero incontenible de conflictos desde hace centurias, se cernían ominosos sobre el mundo y amenazaban con una conflagración.

Hoy, cuando aún no superamos la estupefacción que nos produjo ver caer ante nuestros ojos atónitos los símbolos más acabados del poder económico en el mundo —las Torres Gemelas, en Nueva York— y presenciar cómo ardía en llamas el centro mismo del poderío militar de la única superpotencia existente, el Pentágono, tenemos que insistir en que la humanidad toda debe hacer un profundo análisis del andamiaje teórico de la política y de las relaciones entre naciones y volver sobre las tesis tradicionales para repensarlas y reformularlas.

El presidente de los Estados Unidos, George W. Bush, ha prometido a sus connacionales que el agravio sufrido, el golpe rudo a su orgullo, a sus instituciones, a lo que creían invulnerable será cumplidamente vengado y tiene ya en sus manos el dinero (40 mil millones de dólares) y las armas y los hombres para cumplir su promesa. Ya ha advertido también a todo el mundo que es el momento de ver quiénes son sus amigos. No lo dijo, pero se infiere que quienes no lo sean o no hagan nada por demostrarlo van a pagar las consecuencias de la ira del gigante escarnecido.

Estados Unidos ya hizo sonar los tambores guerreros y su poderosa maquinaria bélica está en marcha para vengar a sus hijos muertos y castigar la ofensa. Pero, ¿podrán esas armas, modernas y mortíferas, contra quienes ejercen la guerra en “otro idioma”, contra quienes no tienen ningún empacho en morir y dar muerte con tal de cumplir sus objetivos?

Aquellos a quienes se enfrentará tienen en poco menos que nada los tratados internacionales que pretenden plantar algún rescoldo de humanidad en las contiendas bélicas. Si usted le pide a un fanático talibán o palestino respeto a los acuerdos de Viena, por ejemplo, o se ríe de usted o le descerraja un tiro entre ceja y ceja con la mayor tranquilidad. Aquellos que, sin ningún remordimiento, usaron a decenas de inocentes y a sus mismas personas como proyectiles humanos contra las Torres Gemelas y el Pentágono seguramente sin temor ni temblor emplearán cualquier medio, aun aquellos que, desde nuestras concepciones occidentales, sean inmorales.

Para que los cazadores de la superpotencia puedan llegar hasta donde se halla quien, por otro lado, es en buena medida creación de Washington, empleado como punta de lanza para socavar los cimientos de la extinta URSS desde las montañas afganas, tienen que contar con la anuencia de Paquistán, un país musulmán como el que cobija a Osama Bin Laden, porque por el lado de Iraq poco puede obtener. Y aun si aquella nación, sus autoridades, dominadas por una dictadura militar, no el pueblo que seguramente siente por Estados Unidos tanta simpatía como por el demonio, lo autorizara, queda todavía la dolorosa lección de las poderosas armas comunistas humilladas y derrotadas una y otra vez por los feroces guerreros talibanes que tienen a gran honra ofrendar su vida en aras de su fe.

El ejército de Estados Unidos está diseñado para luchar contra un enemigo que ya no existe, la desaparecida Unión Soviética. Sus arsenales nucleares, sus misiles intercontinentales, sus aviones y barcos, su tecnología y la ideología mismas de sus soldados están hechos para mantener aquel precario equilibrio con la otra superpotencia, con la que vivía en perpetua confrontación, pero que no pasaba de los gruñidos amenazadores. Todo ese poderoso aparato seguramente será poco menos que inútil cuando se tenga que enfrentar a guerrilleros curtidos en la lucha, conocedores del terreno y penetrados hasta el tuétano por el fanatismo religioso, el más peligroso de los fanatismos.

A aquellos muhaidines la vida, la suya y la ajena, les importa un bledo. Sólo les sirve para ganar la verdadera, la otra vida que está en el seno de Alá, y ante personas así no se puede pelear con éxito si no es con sus propias armas e ideas y no creemos que haya un solo soldado en occidente que piense así, aunque todos saben que pueden morir al entrar en una batalla.

Será necesario que las naciones e instituciones de todo signo realicen un examen profundo de sus conceptos políticos y sociales. A Estados Unidos no le conviene insuflar en sus ciudadanos el espíritu de la guerra santa, de la cruzada contra el mal encarnado en Bin Laden y sus muhaidines o en los palestinos y su Intifada (a quienes de ningún modo se les puede exonerar, aunque sí se pueda explicar su odio atroz a países que, como Estados Unidos, los han convertido en carne de cañón para cumplir sus fines de exterminio al enemigo, o a quienes se les ha privado ancestralmente de un territorio donde realizar su patria y donde acunar a sus hijos).

A la Intifada y la Yihad, los “civilizados” occidentales no podemos oponerles otra guerra santa para vengar la sangre inocente derramada. Aunque sea difícil de cumplir, tendríamos que pedirle a la superpotencia que, junto con sus muertos, sepulte el odio y la ira, lo cual no significa que renuncie a castigar a los culpables. Que deje de sonar los tambores guerreros y busque de verdad el reino de la justicia y la implantación de un nuevo orden económico, político y social sin hegemonías insultantes y deje también de sentirse el “policía del mundo”. La pregunta de los paquistaníes que aparece en el Diario del domingo 16 espera una contestación: “¿Por qué creen que tanta gente los odia?”. En su azarosa relación con México podrían hallar una buena respuesta.

Al resto de la humanidad sólo nos queda rezar al Dios de la paz, al único y verdadero, y pedir que nos ayude a todos a construir esa anhelada civilización del amor que, en circunstancias como las actuales, parece estar cada vez más lejos.— M.A.A.— Mérida, Yucatán, septiembre de 2001.

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