Oleada terrorista en Estados Unidos - Diario de Yucatán

Publicación del sábado 20 de octubre de 2001

Nadie comprende...

Dios proteja a la humanidad

Por Cholyn GARZA

La guerra es incapaz de ofrecer la justicia; con la guerra es la humanidad la que pierde —JUAN PABLO II

No ha pasado mucho tiempo de aquel rumor que se desatara a finales de siglo acerca de que el mundo se iba a acabar. Y como todo rumor que se propaga, se siembra la inquietud; muchos oportunistas aprovechan el desconcierto que genera un mensaje tan desalentador para lanzar consignas y predicciones que sirven únicamente para promover más confusión.

Al nacer un nuevo siglo, un nuevo milenio, con un “nada sucedió” continuamos el ritmo acelerado de nuestras vidas, hasta que el terror vino a estremecer la existencia de millones de habitantes de este planeta.

Se ha cumplido ya el primer mes del cobarde atentado al World Trade Center y al Pentágono, y la desconfianza, el temor ante lo impredecible hacen presa de miles de personas, repercutiendo en su estado emocional.

Ese horror que vivimos a través de los noticieros de televisión no se compara en nada con el vivido por miles de seres que estuvieron en la escena del crimen. Personas que aún no recuperan el cuerpo de familiares o de aquellos que aún no acaban de comprender el porqué de tanto odio y hacia quién.

Un mes se ha cumplido de tan doloroso acontecimiento y una semana del ataque de Estados Unidos a zona de los talibanes y el mundo se estremece nuevamente ante la disyuntiva que se le presenta. ¿Qué va a ocurrir? Es la pregunta que nos hacemos y a la cual no encontramos una pronta respuesta; seguramente nadie la tiene, ni siquiera el país más poderoso de la tierra.

Y es que no es fácil combatir el odio o el fanatismo. No es fácil cambiar una mentalidad programada para matar, para eliminar a quien se le ha inculcado es el enemigo. No es fácil enfrentarse a individuos que han tomado una religión —que nada tiene que ver con sus planes de maldad— para promover desigualdades, marginación, hambre y una serie de actos injustos dirigidos sobre todo a las mujeres.

Nadie se explica por qué un hombre como Osama Bin Laden, millonario, no promueve el bienestar de su pueblo y lo tiene sumergido en la miseria.

Nadie comprende tampoco por qué naciones poderosas destinan enormes cantidades de dinero a construir y almacenar armamento sofisticado, habiendo tanta hambre en el mundo. Con lo que cuesta un solo misil ¿cuántos niños desnutridos se alimentarían?

Pero, bueno, ese gasto lo justifican por dos razones: de poderío para algunos, seguridad para otros.

El presidente George Bush, en su mensaje del día 11 en la ceremonia donde se recordó el terrible atentado y a sus víctimas, invitó a los ciudadanos de la Unión Americana a hacer su vida normal, a ir a los centros de diversión, de comida y demás para que los terroristas no sientan que van ganando la batalla. El FBI, por su parte, informa que se esperan posibles ataques (lo peor es no saber cuándo y dónde). Un doble mensaje, uno de optimismo, otro de alerta; lo mejor es estar alertas, como hemos visto que están en todas partes porque el miedo (y no es para menos) permanece en cada familia.

En el Vaticano se recordó también a las víctimas del 11 de septiembre. Su Santidad Juan Pablo II en su mensaje —muy significativo por cierto— oró porque Dios brinde consuelo a los familiares de las víctimas; tenacidad y perseverancia a los hombres de buena voluntad, y a los terroristas, para que “Dios hable a su corazón y logren encontrar la verdad”.

La verdad y no “su” verdad, esa a la que se han aferrado esos individuos al dar una interpretación equivocada del Corán, desvirtuando de esa manera una religión que nada tiene que ver con sus propósitos de destrucción y poder.

Porque ninguna religión es capaz de promover el odio, ya que su mensaje está fundamentado en la Palabra Divina y en ésta sólo hay amor y esperanza a través de la fe.

Son los hombres quienes cambian los conceptos y las ideas a su propia conveniencia para dar rienda suelta a sus frustraciones personales. Lamentablemente, y esto es lo triste, siempre encuentran seguidores dispuestos a todo por una causa por demás injusta, y contra estos corazones endurecidos ¿qué se puede hacer? Sólo Dios, como pidió Juan Pablo II, puede hablar a su corazón... siempre y cuando en ellos se dé la voluntad para escucharlo.

Hoy un fantasma ronda el mundo. No es sólo el peligro de la guerra con misiles lo que está presente, sino hay algo más que pone en riesgo a la humanidad entera: una guerra biológica donde bacterias como el ántrax, botulismo, tularemia y peste, podrían provocar enfermedades de difícil control.

Por ello no está por demás unirnos en oración y pedir que Dios bendiga y proteja a la humanidad del odio y la maldad.— CH.G.— Piedras Negras, Coahuila, octubre de 2001.

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