Oleada terrorista en Estados Unidos - Diario de Yucatán

Publicación del jueves 20 de septiembre de 2001

El camino que se debe explorar

Combate religioso al terrorismo

Por Julio FAESLER

A diferencia del Siglo XX, que comenzó con buenos augurios para el progreso y desarrollo humano, el XXI arranca acompañado de los más ominosos anuncios. La miseria e ignorancia que asuelan a casi todo el mundo, la enfermedad que se globaliza, la implacable destrucción del medio ambiente y el narcotráfico forman el marco de los problemas heredados por los últimos siglos de abuso económico y opresión política. La muerte de inocentes a manos de fanáticos completa el desolador cuadro.

Muchos suponen que el terrorismo es sólo el fruto de las iniquidades socioeconómicas. Los acontecimientos del funesto martes 11 se explicarían como el cobro de cuentas pendientes que llegan de décadas, si no es que de siglos atrás. Esta razón no basta. El terrorismo puede surgir desde las entrañas psicológicas de la sociedad, incluso las de los países desarrollados.

Sin guerras a escala masiva que los disfrace, ha quedado al descubierto un siniestro bagaje de rencores irracionales y pretensiones irrealizables que son el combustible para conflictos sin solución. Nuevos tiranos, distintos a los del Siglo XX que sujetaron en estados políticos a comunidades ética y culturalmente diversas, aparecen infligiendo atroces violaciones a sus propios pueblos y buscando la desestabilización internacional.

11 DE SEPTIEMBRE.— Con estrategia minuciosamente articulada un equipo de terroristas ataca desde adentro el centro financiero y militar del país más poderoso del mundo. Los Estados Unidos, heridos material y psicológicamente en lo más profundo, ante la afrenta más grande que han sufrido desde su derrota en Vietnam, convocan a una guerra sin cuartel contra un difuso enemigo. Antes Saddam Hussein de Irak o Muammar Kaddafi de Libia; ahora las pistas llevan a Osama Bin Laden, nuevo blanco del castigo que se quiere escalar a nivel internacional.

La lucha contra el terrorismo es, sin embargo, compleja y no será resuelta con medidas tan primitivas como sería la acción militar mundial que intenta concertar Estados Unidos. No sólo existe el fanatismo religioso que se presenta identificado a la intolerancia islámica del régimen Talibán que se apoderó de Afganistán al desmoronarse la presencia soviética.

Están presentes además los estragos de sistemas económicos injustos que sólo favorecen a los que ya tienen, la muerte lenta de cientos de miles o las masivas migraciones de refugiados que de ella escapan. Un fiero fundamentalismo religioso define y da rumbo a los profundos agravios de millones.

Después del trauma de haber visto y ejecutado los horrores de la guerra de Vietnam, la insoportable herida que sufrió en Nueva York y Washington habrá concienciado al pueblo norteamericano, con una visión más humana, para ponderar las consecuencias, en términos de dolor humano, de la cruzada a que convoca su Presidente. Quizás atiendan el llamado que le hacen otros países a usar con cautela y con responsabilidad su “abrumadora” capacidad de respuesta.

OTRA VIA PARA LA PAZ.— Los horrores del Siglo XX dejaron en claro la inutilidad de las medidas de que disponen el poder político o militar para instaurar los valores superiores de la solidaridad y la dignidad humana. Estos rebasan por completo el alcance de sus decisiones.

Si de algo ha de servir la insistencia del Islam en sujetar el poder civil a cánones de ética y moralidad, la lección sería que ha llegado el momento de pedir la indispensable intervención de los líderes religiosos del mundo para poner fin a la criminal escalada terrorista.

Ante la emergencia que se presenta, hay que echar a andar mecanismos formales de comunicación y concertación entre las personalidades religiosas más respetadas de los mundos cristiano y musulmán y dar a sus reuniones el mismo grado de importancia y jerarquía que tienen las frecuentes “Cumbres” entre jefes de Estado.

Un antecedente fue la iniciativa ecuménica al inicio de su Pontificado que lanzó el Papa Juan Pablo II y que reunió, primero en Asís y luego en otras ciudades como México, a los jefes de las más diversas religiones y sectas para hallar caminos de reconciliación y paz.

Es ahora cuando más necesidad hay de un llamado a la conciliación que se inspire, no en el miedo, en el rencor o en la conveniencia político-económica que es la única esfera en que operan los Jefes de Estado. La convocatoria a la unidad y a la paz, en cambio, la tienen que hacer los líderes espirituales que son los únicos que tienen la autoridad real en materia de los principios morales, religiosos y éticos que todas las partes invocan. Ellos harían valer su autoridad sobre los que vienen sacrificando sus vidas en aras de la religión, para que abandonen la inútil vía de la violencia y adopten esquemas de conciliación y solidaridad humana.

EN SUMA.— Hemos entrado a un nuevo capítulo en las relaciones mundiales. Los países en desarrollo haríamos mal en sólo ver los retos diplomáticos, políticos, económicos o militares que esta nueva etapa nos presenta.

Son los líderes religiosos, cristianos e islámicos, los que tienen la palabra para intervenir y abrir el único camino que queda por explorar para solucionar la ola de terrorismo que hace de los inocentes e indefensos las víctimas de las iniquidades de otros.— J.F.— Coyoacán, D.F., septiembre de 2001.

Correo electrónico: juliofaesler@hotmail.com

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