Oleada terrorista en Estados Unidos - Diario de Yucatán

Publicación del miércoles 19 de septiembre de 2001

Semilleros de intolerancia

Las cunas del odio

Por Federico REYES HEROLES

Otro mundo.— Cada avión, un misil en potencia. Cada rascacielos orgulloso, un blanco. La virginal gran potencia mundial transformada en
un variado menú de opciones de horror. Occidente como afrenta y su tecnología al servicio del terror. La muerte como espectáculo
dantesco, impuesto, ¿necesario?, no deseado. La identificación con las víctimas que pudieron ser cualquiera de las decenas, cientos, quizá
miles de millones que trabajan o viven en edificios o viajan en avión. Después del horror la intriga que el suicidio siempre provoca, la intriga
sobre las potencialidades y posibilidades del odio.

Mucho se ha dicho sobre el horror de la inimaginable agresión. Poco sobre esos jóvenes, mujeres, niños, adultos bailando de júbilo en
Gaza, en Sidón o Shatila por la herida causada al imperio, al nuevo Satán que persiguen. No hay filtros de seguridad suficientes para
detener a quien está dispuesto a dar su vida por una causa, dirían ellos, obsesión diríamos nosotros. No fallaron los filtros, fallamos todos
en leer cuidadosamente el grado de enfermedad al que hemos llegado. Volver la mirada a los semilleros de fanáticos, a las líneas de
producción de odios podría ser más fructífero. Miles, cientos de miles, millones de fanáticos circulando por el mundo dispuestos al
indescifrable trueque de su vida por un acto simbólico de afrenta no son una simple amenaza sino un verdadera pesadilla sin fin. Allí el
origen de la tragedia.

Reordenemos los horrores.— Las potencialidades del odio nos traen sorpresas. La guerra es un horror: la razón aplicada a destruir, a
matar, siempre será un horror, pero hay otros mayores. En el siglo XX la guerra costó alrededor de 20 millones de vidas. Al principio
fueron una gran mayoría de militares, 8 de cada 10. Al final del siglo la proporción se había invertido (8 civiles de cada 10 muertos). Sin
embargo el genocidio, esa idea de acabar, desaparecer de la faz de la tierra al otro, fue responsable de casi cuatro veces más de muertos:
110 millones. Las llamadas “ideologías duras” con Stalin, Mao y Hitler a la cabeza, demostraron el poder, el adoctrinamiento para hacer
que millones vivieran en una falsa realidad. Pol Pot en Cambodia fue campeón de velocidad: aniquilo al 9% de la población en un año. El
fanatismo, en estos casos político, demostró su capacidad de muerte.

En un planeta repleto de hambrientos, 4 de cada 10 habitantes están en esa condición, no son las tierras o los granos el gran motor de la
guerra y de la muerte. Son las ideas embriagantes, la droga del “pensamiento único” como lo llamara Popper, la intolerancia con sus
convincentes y fascinantes máscaras el venero inagotable de mortífera pasión. En esto los motivos interétnicos, raciales y religiosos, ocupan
el pedestal número uno. Según datos de Naciones Unidas, exclusivamente entre 1997 y 98 se registraron 35 guerras civiles y en todas ellas
el origen, el impulso que invitó a la muerte fue el odio, el odio interracial, interétnico o religioso. La religión, que debiera ser el alimento
espiritual del ser humano, con gran facilidad muta en veneno poderosísimo que ciega y embrutece. El ser humano es capaz de posarse en la
Luna, de espiar a Marte, de manipular su genoma o de transmitir en un instante al mundo entero las imágenes de las Torres Gemelas
cayendo, pero ha sido incapaz de educar en la tolerancia.

Anualmente se gastan más de 800 mil millones de dólares en armamentismo, pero somos incapaces de juntar 8 mil para brindar un año de
educación a los niños que carecen de ella. Seguimos permitiendo que la ignorancia ocupe las mentes de decenas, de cientos de millones,
abriéndole así la puerta al fanatismo y la estupidez. Después nos asombramos de los nuevos kamikazes y su poderío. Pero el odio no es
una degradación ética y moral exclusiva de los pobres. Nada más en Estados Unidos se tienen registradas casi 700 “sociedades de odio”
entendiendo por ellas asociaciones reales de ciudadanos, redes de acción violenta. La mayoría están en el sur, creen en la superioridad de
la raza y muchas de ellas son de filiación cristiana.

Cualquier tipo de violencia niega la civilidad, es decir la búsqueda de la convivencia pacífica de los humanos. En ese sentido lo ocurrido el
11 de septiembre ofende y hiere a muchos más, hiere los que pugnan por esa civilidad en la cual las diferencias humanas se dirimen
pacíficamente. Hay sin embargo quien quiere entender e incluso justificar el horrendo acto por las huellas ofensivas de los estadounidenses
en el mundo. La barbarie inicial, la que sea, justifica la posterior, las Torres Gemelas, que justifican lo que venga: bombardeo
indiscriminado sobre población civil. El encadenamiento atroz no tiene fin.

Por allí nunca acabaremos. En nombre de la propia civilidad zaherida debemos reclamar una respuesta, que será sin duda guerrera y de
reivindicación, al fin y al cabo vengadora, que se ajuste a las normas que los propios humanos nos hemos dado para la administración de
ese horror: la guerra. Pero mal haríamos en creer que esa es la solución.

Con casi 26 millones de habitantes, una esperanza de vida de 46 años en promedio, tres de cada cuatro adultos sin saber leer, casi 6 hijos
por mujer fértil, 7,000 personas por médico y un ingreso de 800 dólares al año, Afganistán es un excelente ejemplo de una cuna de odios.
Rodeada de gigantes —China, Irán, Paquistán, India y hasta hace poco la Unión Soviética—, ese inestable país ha sido territorio de
conquistas: Gran Bretaña en el XIX y la URSS a finales del XX. Por cierto las dos fallaron en su intento de dominio. Por si fuera poco, una
guerra civil la cruza desde hace 10 años agravando las persecuciones internas. Con cuatro millones de emigrados y padeciendo una nueva
hambruna que expulsará otro millón y medio de nuevos parias, Afganistán es una gran semillero de intolerancia religiosa y cultural. Pero es
sólo un caso más de una larga lista de semilleros. Allí está el fondo del problema, no en los detectores de metales.

Muchas son las virtudes y aportaciones de la cultura occidental, su gran defecto la vanidad. De Roma a Wall Street la embriagante
sensación de victoria final los ciega. En 1950 Europa tenía el doble de población que Africa. Para el 2025 será a la inversa. El Mercado
Común Europeo y todo el Continente Americano unidos apenas rebasarían la mitad de los mercados asiáticos anunciados. Occidente se
empequeñece frente a Asia y Africa día a día. Sus valores políticos de libertad y civilidad están amenazados. Pero la miopía es tal que
prefieren armarse que educar para la paz.— F.R.H.— México, D.F., septiembre de 2001

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