Oleada terrorista en Estados Unidos - Diario de Yucatán

Publicación del martes 18 de septiembre de 2001

Apuntes de Nueva York

Guerra por la civilización

Por Jesús SILVA-HERZOG MARQUEZ

Al abrazo que acoge a la lágrima ¿Terror? Sí. El miedo, con su amenaza incierta, azota. ¿Qué viene ahora? Sentí miedo cuando el tipo que nos desalojó del aeropuerto Kennedy me dijo que venían unos aviones para estrellarse en nosotros. Ya fueron dos avionazos en las torres gemelas; somos los siguientes, me dijo nervioso. En dieciocho minutos todo avión se ha vuelto bomba, todos los edificios féretros. Ni esas torres inmensas, macizas como montañas, tranquilas como estrellas han resistido la furia. Terrorífico usar el cuerpo de decenas como bomba, monstruoso usar los cadáveres de miles como un mensaje que nadie entiende. Pero el terror es poco frente a la tristeza. Después de la tragedia, el silencio se apodera de la ciudad. Hay gente en la calle pero camina sumergida en un océano de desconsuelo. La ciudad flota en silencio, con un paso que no es el de la agitada prisa de Nueva York. No es miedo de lo que habla su silencio. Es tristeza. Tristeza por las vidas terminadas, por las familias rotas, por las calcinadas fotografías de amor, por la ciudad perdida, por el tiempo que no regresará.

—En otro septiembre, en el de 1939, W. H. Auden les pusos palabras a estos olores: Estoy sentado en un piso de la calle 52 confundido y temeroso mientras las claras esperanzas expiran de una década ruin y deshonesta; olas de odio y miedo circulan sobre los brillantes y oscurecidos campos de la tierra, obsesionando nuestras vidas privadas; el inmencionable hedor de la muerte ofende esta noche de septiembre.

—Los furiosos encuentran serenos y furiosos. La furia parece engendrar naturalmente estas dos respuestas. Surgen primero las admirables columnas de entereza. La televisión es magnífica. Obsesiva quizá con las imágenes de la tragedia, pero siempre ofreciendo información, jamás dejándose devorar por la rabia, o aplastar por el sentimiento crudo que aturde. En CNN hablan expertos, funcionarios, testigos, corresponsales. En ningún momento el amarillismo se apodera de las pantallas. Entre la tragedia del fanatismo, encuentro hilos de razonabilidad en las largas horas de espera frente a la televisión. Los policías profesionales, los bomberos heroicos. Admirable el alcalde Giuliani: sereno, sensible, bien informado, tocando directamente los acontecimientos, con instrucciones precisas para todos. El implacable derechista adquiere una estatura extraordinaria ante la catástrofe. Las primeras palabras que escucho de él me asombran: este es un crimen de odio. Les pido a los neoyorquinos que no odien. Winston Churchill con gorra de béisbol, lo llama el “New York Times”.

Pero la furia también aparece. Alexander Haig, secretario de Estado en la era reaganiana, la encarna de inmediato: se enfurece con algún reportero y espeta: esto es una guerra, jovencito, y los periodistas no pueden estar diciendo lo que se les da la gana. Aquí tiene que haber disciplina para enfrentarse al enemigo. La ultraderecha religiosa culpa a los defensores de los derechos humanos de haber secularizado a los Estados Unidos y abrirles con ello un flanco a los terroristas. Hay que matar a todos los musulmanes, ladran otros. En tiendas y calles el odio empieza a caldearse. Ya se han tardado demasiado en bombardear Kuwait, escuché decir a un tipo frenético. Ayer mismo debió de haberse anunciado el operativo. Bombardeen y luego averiguan. El grito de venganza en busca de culpables.

Benjamin Franklin aparece una y otra vez en periódicos y comentarios de televisión. Había dicho el hombre del papalote: “Quienes están dispuestos a renunciar a las libertades esenciales para tener un poco de seguridad temporal no merecen ni la libertad ni la seguridad”.

Michael Ignatieff retoma esta idea en un artículo publicado por el “Financial Times”. La tentación de la respuesta brutal frente a la barbarie es enorme. Lo peor que podría hacerse ahora es pensar que contra el terrorismo puede usarse una tosca estrategia de exterminio. Cuando se ha seguido esa ruta, lo único que se ha conseguido es fortalecer a los aliados de los terroristas. “La tentación moral que debemos resistir es considerar que la libertad es divisible; que puede defenderse la libertad de los ciudadanos extinguiendo las libertades de los otros, especialmente los extranjeros. Si sucumbimos a esa tentación le daremos al terror precisamente esa victoria sobre la libertad que busca.”

—El 12 de septiembre “Le Monde” encabeza sus ocho columnas: “Todos somos neoyorquinos”. En Cuba, la prensa oficial destaca la visita del Presidente de Mali a Fidel Castro.

—Nació el siglo XXI, dice Timothy Garton Ash. Y como de todo recién nacido, apenas sabemos algo de él. Desconfío de quienes ya han escrito su biografía. Las torres gemelas se desplomaron porque los fierros que las sostenían se derritieron. El calor fue demasiado. Todo se previó menos esto. Terrible metáfora de la ignorancia que nos acompaña en este nuevo mundo. Es la primera batalla de la guerra de las civilizaciones, se adelantan varios. Ya no es la guerra entre imperios o estados, ni la guerra entre rivales económicos, sino el choque de concepciones del mundo. Samuel Huntington ha sido el expositor de esta popular idea. Así, el horror de Manhattan representaría un capítulo de la guerra del Islam contra Occidente.

La explicación me parece inaceptable. Grotesca, incluso. Verlo de esa manera apocalíptica es pensar que los criminales son representantes de una civilización que lucha contra otra. Es alimentar la xenofobia y la sospecha de que todo musulmán es rival de Occidente. “Yo no soy el enemigo”, escribía una periodista musulmana en “El país”. No se trata de la guerra de las civilizaciones: es la guerra por la civilización. Ya se ha dicho pero vale repetirlo: los terroristas no personifican a una civilización: encarnan la anticivilización. La destrucción de las torres gemelas fue, en efecto, un golpe a la civilización sin adjetivos. El crimen del 11 de septiembre no representa una novedad por el componente cultural sino por haber llegado al corazón de los Estados Unidos y por provenir de una formación no estatal. Si algo ha caracterizado a los Estados Unidos ha sido precisamente el hecho de que no ha sentido amenazas directas en su suelo. Al norte un país baldío, al sur una nación desorganizada, en conflicto perpetuo consigo misma, y a los lados, un inmenso mar protector. La globalización —fin del espacio físico— ha terminado con esta antigua tranquilidad. La geografía deja de proveer calma a los norteamericanos. Así los Estados Unidos se despertaron el martes pasado con una guerra en su propio suelo. Pero, guerra contra quién, se pregunta todo mundo. Al parecer, no contra un país, sino contra un grupo militar que se ha organizado por fuera de las instituciones del Estado. La última potencia contra una expresión monstruosa de la sociedad civil.

—Chateaubriand: “El asesinato jamás será a mis ojos un objeto de admiración y argumento de libertad; no conozco nada más servil, más despreciable, más cobarde y más obtuso que un terrorista”.— J.S.H.M.— México, D.F., septiembre de 2001.

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