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Publicación
del martes 18 de septiembre de 2001
Una decisión urgente
Papel de México en la guerra que viene
Por Manuel CAMACHO SOLIS
Por lo general, las guerras no son
producto de cálculos racionales. Para explicarlas es más
útil el conocimiento psicológico profundo de los seres
humanos. Unas guerras son producto de la ambición, otras
del temor, otras de la venganza y otras de la tontería. Por
eso los griegos, que crearon las tragedias, las analizaron en toda
su complejidad política, psicológica, económica.
Ellos fueron los primeros en darse cuenta, o por lo menos en escribirlo,
que cuando se va a la guerra se sabe cómo empieza ésta,
pero no cómo va a terminar.
La agresión que sufrieron el pueblo y el
gobierno de Estados Unidos, previsiblemente, dará lugar a
una respuesta bélica. Aunque se sabe que una guerra contra
el terrorismo puede ser prolongada y tener costos adicionales, la
percepción de la mayor parte de los líderes de ese
país, de ambos partidos será que permitir una agresión
de la magnitud de la ocurrida provocaría que otros lo intentaran
sin costo en el futuro. En este momento, el apoyo de la opinión
pública a la guerra es muy alto. Allá habrá
posiciones favorables a las soluciones políticas y otras
a la guerra, pero es casi imposible que no vaya a haber un capítulo
de respuesta bélica; incluso para, más tarde, regresar
a la política y a una recapitulación sobre su política
exterior en el mundo árabe.
La guerra que viene, como ha ocurrido cada vez
que ha cambiado la técnica del combate, es distinta que la
anterior. No es lo mismo combatir a un ejército adversario
cuando éste está organizado, y es visible, que cuando
no lo es. Con todo y el poderío de Estados Unidos, dominar
a los grupos terroristas que fueron capaces de realizar las acciones
tan destructivas con alto nivel de efectividad puede llevar demasiado
tiempo. Y una guerra prolongada sin resultados evidentes, por los
efectos de la televisión, se puede revertir políticamente
como ocurrió con la guerra en Vietnam. De ahí que,
desde un principio, el gobierno de ese país esté vinculando
a las posibles organizaciones terroristas con los Estados nacionales
que les pueden haber dado protección y cobijo. Salvo que
para evitar una invasión, el Estado donde ésta se
encuentra la entregue, la probabilidad de una invasión es
alta. Una invasión a un país (como Afganistán)
obligará no sólo a construir una coalición
mundial de apoyos (y de neutralidades de los gobiernos moderados
árabes), sino a utilizar los territorios de otros países
colindantes para asegurar el éxito de la misma. Una guerra
de ocupación como esa tiene complicaciones políticas
y diplomáticas mayores, a pesar del apoyo prácticamente
unánime que tiene y tendrá Estados Unidos frente a
una agresión como la que han sufrido.
Para los países fronterizos a la nación
que pueda ser invadida el dilema es grave: se sentirán ellos
en riesgo de ser invadidos si no aceptan operaciones desde su territorio;
o de ser presas de una posterior subversión radical, si conceden
el paso a tropas norteamericanas y aliadas.
El mundo ha quedado atrapado en una dialéctica
del conflicto que será muy difícil de detener a estas
alturas. Hay una nueva realidad internacional a partir del 11 de
septiembre. Las sociedades y sus gobiernos, ante los nuevos acontecimientos,
se verán obligados a repensar los asuntos del orden, la violencia,
la paz y la guerra.
Los temas clásicos de la política
vienen de regreso, en una realidad donde han ocurrido enormes transformaciones.
El Estado nacional viene de regreso, si no por otra razón
que, de no ser así, se habría acabado la seguridad
en los centros de poder político-económico-militar
del mundo. La condición para la nueva estabilidad será
(con una mayor cooperación internacional en materia de seguridad)
hacer responsable a cada Estado, como en el pasado, de su territorio.
Para México, lo ocurrido el 11 de septiembre y más
aún si ello lleva a una guerra próxima tendrá
repercusiones mayores que conviene anticipar y conducir. Lo que
ha ocurrido en Estados Unidos exige volver a pensar en las prioridades
de la política exterior y en la orientación de la
política interna. Por respeto a los valores humanos fundamentales,
el gobierno y las fuerzas políticas de México han
sido solidarios con el pueblo norteamericano y su gobierno. Por
realismo elemental, México, menos que nadie, puede tener
una posición de ambigüedad en cualquier asunto que pueda
significar un riesgo para el orden interno de Estados Unidos. En
las nuevas circunstancias es inevitable y necesario que el gobierno
mexicano contribuya a fortalecer el control sobre nuestras fronteras
y costas para reducir la probabilidad de que, desde México,
se puedan montar operaciones contra ese país.
En la política exterior y en el control
de las fronteras, nuestro país tiene márgenes. Sin
embargo, sería muy peligroso para México que, frente
a la presión de los acontecimientos, hubiera voces en la
política que sean más papistas que el Papa,
o que por falta de experiencia caigan en un juego de adulación
a Estados Unidos que les es inútil a ellos y que puede ser
peligroso para México. Nosotros no tenemos ni el peso, ni
los recursos, ni el poderío militar para determinar los desenlaces
de una situación bélica y de una guerra inminente.
A nosotros no nos toca ganar esa guerra y menos pretender ocupar
espacios de lucimiento, porque ello podría llevar a convertir
a nuestro territorio en uno de los frentes de esa guerra. Si no
ha sido eso en el pasado, una acción imprudente lo puede
provocar. Para nosotros el valor fundamental debe ser impedir que
nuestro territorio se vuelva parte de la guerra.
La tarea fundamental del gobierno mexicano será
explicarle al gobierno de Estados Unidos que, en las nuevas circunstancias,
el bien más preciado no son actos o declaraciones obsequiosas
e inútiles, sino la capacidad que pueda desarrollar el gobierno
mexicano para fortalecer la estabilidad política y la paz
en el territorio nacional. El buen gobierno en México vale
más que todas las tropas con las que México pudiera
contribuir a un esfuerzo aliado. En una época como la que
viene hay que fortalecer a las instituciones del Estado mexicano.
Eso, lo quieran los gobernantes o no, se den cuenta o no, va a ocurrir.
La pregunta es cómo, con qué pasos intermedios. ¿Con
la sociedad o contra la sociedad; con soberanía política
o entregando ésta a Estados Unidos; con eficacia o sin ésta?
En la política interior la definición
es urgente. Los acontecimientos del 11 de septiembre en Estados
Unidos provocarán un endurecimiento de la política
mundial. Es frente a esos hechos que hay que tomar decisiones con
oportunidad. El necesario reforzamiento de la autoridad puede lograrse
de dos maneras: regresando a las viejas prácticas excluyentes
y violadoras de los derechos humanos propias de un sector de los
aparatos de seguridad, que inevitablemente polarizarían a
la sociedad y debilitarían a la democracia; o ir hacia adelante
en la decisión definitiva de fortalecer al Estado por la
vía democrática.
¿Queremos que en los tiempos difíciles
manden el Presidente, el Congreso y la Corte o que mande la policía?
Hasta ahora, para fortuna de México, en nuestro territorio
no hemos tenido terrorismo internacional ni terrorismo interno.
Evitémoslo con una política exterior clara, prudente
y no obsequiosa; y con una política interior que no sea presa
de temores ni excesos autoritarios.
La serenidad, la templanza en el ejercicio del
mando y la sensibilidad social para no lastimar a la población
serán más útiles para alejar la inestabilidad
y el terrorismo que las tecnologías de seguridad más
sofisticadas. Apoyemos al pueblo y al gobierno de Estados Unidos
en esta hora trágica, pero no perdamos de vista que la razón
de ser y el propósito del gobierno mexicano y de la representación
política es proteger al país y a los mexicanos.
M.C.S. México, D.F., septiembre de 2001.
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