Oleada terrorista en Estados Unidos - Diario de Yucatán

Publicación del lunes 17 de septiembre de 2001

Guerra ¿contra quién?

Matar inmolándose

Por Enrique MAZA

No vale la pena vivir, mientras no se encuentra algo por lo que valga la pena morir, dice un viejo proverbio. La Biblia narra el episodio de un importante judío, unos 160 años antes de nuestra era, durante la invasión de los Seléucidas, en tiempos de los Macabeos. Razías se defendía en una torre para no caer en manos de Nicanor, que había mandado a 500 soldados para apresarlo. Cuando incendiaron las puertas, Razías se clavó la espada, “prefiriendo morir noblemente antes de tener que sufrir ultrajes indignos de su nobleza”. Lo mismo sucedió, por el año 70 de nuestra era, en Masada, la fortaleza del Mar Muerto que defendían los judíos contra la invasión romana. Cuando ya no pudieron sostenerse, se suicidaron todos, alrededor de mil, antes que caer en manos de los enemigos. Cuando los romanos finalmente subieron, sólo encontraron cadáveres. Para esos judíos, la dignidad de la vida era más importante que la vida misma y valía la pena morir por ella.

Un soldado muere por la patria, un padre muere por salvar a su hijo, un mártir muere por su fe, un salvavidas muere por salvar al que se ahoga, un corredor de autos muere por ganar un premio y fama, un alpinista muere por el éxtasis de la cumbre y otro muere por la pasión de vencer el obstáculo, una monja muere por cuidar a los enfermos, un kamikaze muere por el emperador, un samurai se encaja el cuchillo por el honor. Ellos y muchos otros en muchos campos encuentran algo que vale más que la vida.

Hay otros que encuentran algo por lo que vale la pena quitar la vida. Un soldado mata por la victoria, por la patria, por la conquista, por el imperio, porque obedece órdenes. Un hombre mata en defensa propia o de sus seres queridos, un policía mata por la seguridad o por la propiedad ajena, un juez condena a muerte para castigar al culpable o para defender a la sociedad, un verdugo mata porque es su trabajo, un Presidente ordena dejar en ruinas una ciudad para castigar a un enemigo, un Presidente ordena matar a 200,000 japoneses con un solo bombazo en Hiroshima, para “salvar vidas”. Y así hay otros que siempre encuentran algo por lo que vale la pena matar. Como Estados Unidos. De 1900 a 2000, ha habido 18 presidentes en Estados Unidos, desde McKinley hasta Clinton. De ellos, 15 han estado en guerra. De 1938 a 2000, ninguno ha dejado de estar en guerra. Siempre fuera de su territorio. Es una nación que siempre ha encontrado algo por lo que vale la pena matar. Es el turno de George W. Bush.

El fanatismo empieza cuando ya no gobierna la razón o cuando la razón se suple con la inspiración divina y con el destino de Dios. Fanático es el que se cree penetrado por Dios e inmune al error y al mal. Es el que habla y actúa en nombre de un principio absoluto que arrebata la mente y que, en consecuencia, hace su acto y su palabra absolutos, y transgrede los límites de la razón humana y los límites de la razón práctica, porque pone su subjetividad por encima de la ley y de las normas de la humanidad. Es ir más allá de los límites del hombre por una inspiración divina, o por un destino dado directamente por Dios, apelando a facultades o poderes o cualidades supuestamente superiores.

Cuando alguien encuentra algo por lo que vale la pena vivir y matar y ese algo le ha sido inspirado por Dios o por una fuerza superior, de modo que se le convierte en un absoluto más allá de la razón, entonces puede aparecer un piloto secuestrador que estrella su avión y a sus pasajeros contra la torre. Estos no han sido los únicos suicidas asesinos en la historia de la humanidad. Tampoco han sido los únicos que han tenido y proclaman un destino manifiesto dado por Dios, en cuyo nombre hacen la guerra santa (o democrática), derrocan gobiernos, imponen tiranos, invaden países, matan, bombardean, saquean y destruyen en la redondez del orbe. La pasión por llevar a los demás al camino correcto es en sí misma una penosa enfermedad.

LA MUERTE COMO ESPECTACULO.— Decía Albert Schweitzer: Quienquiera que se acostumbra a ver la vida de cualquier criatura viviente como algo sin valor, está en peligro de llegar a la idea del sinvalor de las vidas humanas.

El presidente Lyndon Johnson mandó hacer una encuesta sobre el impacto de la violencia televisada sobre la violencia social, que más tarde se repitió con el apoyo de algunas cadenas de televisión. Se llegó a esta conclusión: la televisión no produce violencia, familiariza con la violencia y debilita las barreras o las defensas sociales, morales, éticas y personales contra la violencia, y así la facilita al aflojar la resistencia en su contra. Al mismo tiempo, familiariza con la trivialidad desechable de la vida humana.

Las imágenes que vimos durante todo el martes 11 no difieren mucho de los miles de imágenes que ya hemos visto, en la pantalla del televisor, adentro de nuestro propio hogar, de aviones que se estrellan y que explotan, de edificios que se hunden en la nada entre nubarrones y llamaradas de cadáveres entre las ruinas, de pánico en las calles, de bomberos, policías y soldados que se apresuran al rescate, de ambulancias que aúllan entre el cascajo. Pero esta vez era real. Era real, pero era en la misma pantalla frente al mismo sillón del hogar y con las mismas imágenes que han trivializado la vida humana. La muerte como espectáculo, la muerte como esparcimiento, la muerte como distracción. La muerte que simplemente se mira.

Hacia finales de los años sesenta se publicó una tira cómica de Supermán, que fue realmente cómica y que guardé por años a puro golpe de regocijo. Los siete pecados capitales estaban asolando a la ciudad. El llamado a Supermán fue urgente y angustiado. Voló Supermán, el brazo derecho estirado hacia dentro y el puño cerrado, la pierna izquierda doblada a la altura de la rodilla derecha y la capa libre al viento. Llegó a donde estaban los siete monstruos, que se le vinieron encima con toda su maldad de pecados capitales. Supermán acabó con ellos a puñetazos y, con su fuerza sobrehumana, los disparó hacia el espacio, donde se perdieron para siempre. La humanidad volvió a ser buena y feliz, sin pecados capitales: soberbia, avaricia, lujuria, ira, envidia, gula y pereza. El mal se acaba acabando con los malos a puñetazos o a balazos. Fueron la tesis y la enseñanza de tantas películas de vaqueros y de policías y ladrones que veíamos en el Club Vanguardias cuando teníamos diez años, y de Tarzán, con Johnny Weismuller, que veíamos en el cine Avenida, de San Juan de Letrán, tres por veinte centavos, cuando nos pintábamos del colegio a los trece años. Matando a los malos se acaba el mal y volvemos todos los buenos a ser felices. Lo dijo Bush: es la guerra del bien contra el mal. Ellos no son los malos, son el mal; nosotros no somos los buenos, somos el bien. Y volvemos a las abstracciones más allá de la razón, en aras de una supuesta superioridad moral que nos viene directamente de Dios y del destino manifiesto, más allá de los límites de la razón y del hombre, que de él recibimos. ¿No es eso el fanatismo? Ya encontramos algo, también nosotros y ahora, por lo que vale la pena matar. Fanatismo de ida, fanatismo de vuelta. No puede quedarse un presidente de Estados Unidos sin su guerra. Ya lo dijo Bush: es la primera guerra del siglo XXI. Todavía no se sabe contra quién. Pero eso no tiene la más mínima importancia. Lo importante es hacer la guerra.

LA AUTOINMOLACION.— Hay un último elemento, constitutivo esencial del fanatismo: el odio. Porque el odio destruye el valor de la persona odiada y mata a la comunidad. Y eso hace posible asesinar. Es una especie de alineación, de conciencia infeliz que se experimenta a sí misma desconectada de la realidad, cuyo único refugio es lo absoluto. Eso hace posible inmolarse. Inmolarse matando. O matar inmolándose. Matar lo que se odia y matar el propio vacío para llenarse de lo absoluto, sea Dios, sea el bien, sea la vida eterna, sea la salvación, sea la democracia, sea lo que sea. Y entonces pueden aparecer los pilotos contra las torres en aviones llenos de personas sin valor que son parte de lo odiado, con los que uno mismo se inmola para ganar lo absoluto.

Algo por lo que vale la pena morir, algo por lo que vale la pena matar, un odio que hace posible asesinar, una conciencia infeliz que despega de la realidad y borra a las personas, un absoluto qué conquistar con la muerte propia y ajena. La autoinmolación que asesina.

Bush quiere la guerra, y la guerra es matar con la posibilidad de morir. Y la quiere para ganar un absoluto: el bien. Es la guerra de los absolutos, el bien contra el mal, en la que se mata y se muere.

Estados Unidos ha sembrado odios a todo lo largo de su historia y a todo lo ancho de la geografía terrestre. Nueve guerras mayores, más de 20 guerras menores y unos 15 conflictos bélicos, desde su guerra de independencia y su guerra de exterminio contra los indios americanos. Dos guerras mundiales, Corea, Vietnam, Camboya, Mayagüez, Líbano, Libia, Granada, Panamá, Colombia, Nicaragua, Puerto Rico, República Dominicana, Guatemala, Cuba, Playa Girón, Haití, Golfo Pérsico, Iraq, y México, con todo y el despojo de nuestro territorio, por nombrar sólo las que se vienen de pronto a la memoria, entre sus interminables aventuras militares por el bien y por la democracia. La historia de los odios sembrados por Estados Unidos sería interminable.

Hispaniola le llamaban a la isla que está entre Cuba y Puerto Rico, que Waller, comandante de los Marines, invadió bajo el mando del general Jake Smith, cuyas órdenes fueron: “No quiero prisioneros. Quiero que mates y quemes, mientras más mates y más quemes, más complacido estaré. Quiero muertas a todas las personas capaces de portar armas en las actuales hostilidades contra Estados Unidos. Quiero convertir el área en un páramo impresionante”.

Así quedó el área de Manhattan cuando cayeron las torres. Esa fue la venganza del bien contra la guerra del mal.— E.M.— México, D.F., septiembre de 2001 (Proceso).

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