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Publicación
del lunes 17 de septiembre de 2001
La respuesta a los atentados
La aritmética del odio
Por Jorge ZEPEDA PATTERSON
Tomará mucho tiempo olvidar
la imagen irreal de los dos aviones estrellándose en las
torres del WTC de Nueva York. La conmoción que experimentamos
deriva de la naturaleza del atentado, el número de víctimas
y del hecho de que todos fuimos testigos de la tragedia (muchos
incluso en tiempo real, pues las televisiones del mundo sintonizaban
las torres en el momento en que se desplomaron). Por lo demás,
todos hemos subido a un avión; todos podemos imaginar la
impotencia y la desesperación que experimentaron los pasajeros
en sus últimos momentos.
Se trata en efecto de una declaración de
guerra contra una nación que no acostumbra perder. El mundo
se solidariza con el pueblo estadounidense y se hermana en la condena
a los terroristas, pero también es cierto que el mundo espera
con temor y tension la previsible respuesta de un gigante que está
furioso, humillado y con ganas de desquite.
En la ola de resentimiento y patriotismo (la venta
de banderas de franjas y estrellas se ha disparado) hay mucho que
temer. Mi preocupación es que la indignación no se
satisfaga con la muerte de medio centenar de terroristas responsables
y que esto conduzca a una declaración de guerra contra algún
país como Afganistán, Irak o Libia. Las matemáticas
del odio pueden llevar a pensar que frente a la cifra 3 mil ó
5 mil caídos en las torres de Nueva York se necesite la muerte
de varios miles de musulmanes para quedar a mano. Es una manera
simplista de expresarlo, pero no se aleja demasiado de los sentimientos
de la opinión pública norteamericana.
El problema es que el bombardeo de aldeas afganas
lo único que va a ocasionar es el surgimiento de nuevas generaciones
crecidas en el odio y el fanatismo, dispuestas a inmolarse ante
la impotencia de combatir un país tan poderoso. Y frente
a un fundamentalismo irracional, con kamikazes dispuestos a sacrificarse
no hay defensa. O sí la habría, pero a condición
de vivir en una sociedad vigilada, restringida, autoritaria.
No olvidemos que detrás de ese terrorismo
inaceptable hay un conflicto político. Los árabes
han perdido todas las guerras sostenidas contra Israel. Han sido
incapaces de enfrentarse a la tecnología y los recursos financieros
de un estado judío apoyado casi incondicionalmente por Estados
Unidos. El país hebreo fue creado en territorio árabe
en Medio Oriente, como resultado de la mala conciencia europea (los
sentimientos de culpabilidad luego del holocausto), que les buscó
una casa pero a costa de otros: los palestinos.
Ese es el fondo del problema. Judíos y
árabes no han podido ponerse de acuerdo para vivir en paz.
Y ante la imposibilidad de arreglar sus diferencias, éstas
se han resuelto unilateralmente por la fuerza, normalmente en favor
del Estado Israelí y su aliado norteamericano.
Con esto no estoy diciendo que los árabes
tengan la razón. Pocos pueblos han padecido lo que el pueblo
judío ha sufrido a lo largo de la historia. Simplemente digo
que detrás hay un conflicto y un choque de perspectivas históricas
e incluso culturales en el que los árabes han sacado la peor
parte. El actual premier israelí, Ariel Sharon, es prácticamente
un criminal de guerra si se considera que una comisión investigadora
de Israel lo hizo responsable indirecto de la masacre
en 1982 de las aldeas Sabra y Chatila cuando el ejército
hebreo masacró a más de 1,500 personas.
Debemos tener mucho cuidado para que la histeria
y la paranoia que deja detrás un acto terrorista no se traduzca
en un prejuicio generalizado contra 300 millones de árabes
en el mundo (de la misma forma en que los excesos del gobierno israelí
no deben atribuirse al pueblo judío o a características
étnicas y culturales). Mezquitas y grupos islámicos
han estado recibiendo amenazas y hostigamiento en los últimos
días. En Chicago una bomba molotov fue lanzada contra un
centro musulmán. En Nueva York un hombre fue detenido cuando
intentaba un acto terrorista similar. El Washington Post
publica una encuesta en la que se revela que 84 por ciento de los
estadounidenses apoyan la guerra contra países que hayan
dado protección a terroristas. Por eso es buena noticia la
posibilidad de que Afganistán entregara a Bin Laden.
Estados Unidos está en su derecho de castigar
a los culpables. Pero ojalá que en el proceso de hacerlo
no se lleve entre las patas a pueblos y culturas que han estado
aquí antes que nosotros. Los regímenes que auspicien
el terrorismo tendrán que ser combatidos, pero habrá
que hacerlo sin masacrar aldeas, como ha sucedido en Palestina.
Si así fuese sólo se conseguiría fabricar cientos
de Bin Ladens dispuestos a sacrificar su vida y su muerte. Recuerdo
la frase de un joven palestino que leí hace tiempo: Qué
bueno que tengo apenas 19 años, porque así me quedan
muchos años para odiar a Estados Unidos. Alguien podría
pensar que detrás de este abismo de irracionalidad hay una
cultura perversa y una raza malvada que debe ser exterminada. La
verdad lo único que hay es mucho odio resultado de razones
históricas y muchos errores, de ambas partes.
En resumen, ojalá que la histeria, el coraje,
la humillación y la paranoia que dejan estas tragedias no
desencadenen males mayores ni siembren tempestades. Esperemos que
George Bush no responda con otro fundamentalismo en términos
del bien contra el mal. Como bien se sabe, las mayores
injusticias en la historia se han cometido en nombre de las cruzadas
santas. Es necesario castigar a los culpables, pero no a la cultura
de donde surgieron. El verdadero fundamentalismo bueno
será aquél que tenga la estatura moral para buscar
salidas imparciales y justas a un conflicto árabe-israelí
que ya ha causado demasiado daño. El verdadero combate al
terrorismo reside en la búsqueda de un mundo más justo
en el que los pueblos puedan vivir sus diferencias en santa paz.
J.Z.P. México, D.F., septiembre de 2001.
(jzepeda52@aol.com)
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