Oleada terrorista en Estados Unidos - Diario de Yucatán

Publicación del lunes 17 de septiembre de 2001

El oficio de incordiar

íTanto odio acumulado...!

Por José Rafael RUZ VILLAMIL

Si, como se va presumiendo, el ataque a las Torres Gemelas de Manhattan y al Pentágono proviene del mundo islámico, habrá que asumir que no se trató solamente de un golpe a EE.UU. y, como afirman algunos, a la civilización occidental, sino al corazón de la fe monoteísta compartida por musulmanes, judíos y cristianos, todos involucrados en un conflicto secular que viene a ser el contexto de la tragedia del 11 de septiembre. En efecto, las naciones que tienen como matriz compartida el monoteísmo que reconoce como padre común al patriarca Abraham han vivido, directa o indirectamente, un enfrentamiento viejo de siglos sintetizado en la Tierra Santa, territorio ocupado —y en litigio— por árabes palestinos musulmanes, judíos israelíes y cristianos.

Una mirada a la historia de los últimos dos mil años de este pequeño pedazo de tierra mostrará una sucesión de guerras, invasiones, agresiones, y más, entre judíos —oficialmente expulsados en el año 70—, romanos, cristianos bizantinos y, desde 638, entre musulmanes árabes, omeyas, turcos y más, y cristianos europeos hasta 1948, cuando la administración inglesa deja Palestina al borde de una guerra abierta entre árabes y judíos que reclaman el mismo territorio en nombre del derecho de formar sendos Estados, según decreto de la naciente ONU.

El resto de la historia es harto conocida: los judíos proclaman el Estado de Israel con la aquiescencia de Occidente y el apoyo económico de EE.UU., en tanto que los árabes palestinos, abandonados a su suerte tanto por Occidente como por los países árabes, son recluidos en su mayoría en campamentos de refugiados, aceptados unos pocos por los países árabes limítrofes y tolerados otros por el Estado de Israel. Es así que, a partir de 1948, judíos, musulmanes y cristianos abren en la Tierra Santa común una de las páginas más patéticas de la historia contemporánea en la que, justo es reconocerlo, han sido los árabes palestinos musulmanes quienes han llevado la parte peor.

Una visita al sitio web de la UNRWA —www.un.org/unrwa, la Agencia creada por la ONU para la atención de los campos de refugiados ubicados en Jordania, Líbano, Siria, Cisjordania y la franja de Gaza— puede dar una idea de la realidad de los árabes palestinos: baste apuntar que en 1948 la Agencia recibió 914,000 refugiados; hoy viven en los campos 3.800,000, de modo tal que en ellos han nacido varias generaciones de parias desarraigados y dominados por el resentimiento de no poder retornar a sus tierras y a sus casas, a lo que se suma el coraje y la impotencia de ver invadidos por Israel —desde 1967 y hasta hoy controlados— los territorios de la Cisjordania y de la franja de Gaza, espacio hipotético para la creación de un Estado palestino. Canceladas de este modo las pocas esperanzas de recuperar una vida digna en una patria propia ¿resulta extraño que el pueblo árabe palestino venga a ser una cantera de odio en la que, al no tener nada que perder, la vida pierde todo significado y todo valor?

Esto en cuanto a los árabes palestinos, aunque la cuestión no termina allí: es necesario, en justicia, admitir que, en términos generales, ni el Occidente cristiano ni el Estado judío —occidental, al fin y al cabo— han visto con simpatía a la comunidad islámica árabe y que en esta antipatía no deja de haber una alta dosis de racismo simple y puro, manifestado en un desconocimiento culpable del mundo islámico, al cual se alude en forma de clichés más o menos despectivos: el árabe musulmán ignorante y fanático, suicida genético, asesino religioso proclive a convertir en guerra santa cualquier diferendo político. Es posible que un componente no menor del tal desprecio derive de la negativa del mundo islámico árabe a mimetizarse a la dinámica económica occidental de producción y consumo —tal y como lo han hecho las naciones asiáticas—, y de su terquedad por mantener patrones culturales propios: la restauración, en 1979, de una república islámica en Irán con la cancelación y el rechazo de la modernización del sha Reza Phalevi resultó totalmente incomprensible y ofensiva para el orgullo occidental.

Más aún, si el Occidente ha vuelto los ojos al mundo árabe ha sido por y a partir de su riqueza petrolera: no fue otro el trasfondo de la Guerra del Golfo en 1990. Entonces EE.UU., encabezado por el presidente Bush, padre del actual mandatario estadounidense, mostró al mundo su poder militar transmitiendo por la cadena televisiva CNN las imágenes sobrecogedoras de los bombardeos de su ejército, comandado por el general Colin Powell, hoy secretario de Estado, sobre la ciudad de Damasco.

Desde 1980 Hans Küng, teólogo católico, trabaja en lo que él mismo ha llamado “Proyecto de una ética mundial”, bajo la premisa de que “no habrá paz entre las naciones sin paz entre las religiones; ni habrá paz entre las religiones sin diálogo entre las religiones; ni habrá diálogo entre éstas sin el estudio de sus fundamentos”. Consecuencias directas del proyecto mencionado, además del libro programático del mismo nombre (Madrid, 1991) son las extensas monografías sobre “El Judaísmo” (Madrid, 1993) y “El Cristianismo” (Madrid, 1997) —quedando en preparación el estudio correspondiente al Islamismo—, además de la “Fundación Etica Mundial” (www.uni-tuebingen.de/stiftung-weltethos), patrocinada por la Universidad de Tubinga. El intento inicial del Proyecto es el entendimiento de las tres religiones monoteístas con miras a aportar, en un contexto ecuménico, lo mejor de sí mismas en función de una ética para la paz.

Admito que, aunque interesado personalmente en el trabajo de Küng, el mencionado Proyecto me pareció una cuestión meramente académica, derivada de la preocupación de un teólogo europeo.

Hoy, ante la dimensión del odio, muy probablemente proporcional al tamaño del despliegue terrorista en EE.UU., considero que Küng es un teólogo visionario cuya propuesta, si bien no tiene los alcances para ser la solución definitiva a la violencia global, es una aportación extraordinariamente valiosa, hecha desde ese sector de la Iglesia preocupado por poner a Dios, con una perspectiva ecuménica, allí donde parece estar ausente: en la globalización de la economía neoliberal, pero también en la globalización de la violencia que conlleva.

Y es que, aun se persiga y se encuentre y se castigue a los autores responsables del atentado del 11 de septiembre, habrá que remontar la circunstancia y llegar al meollo del desencuentro y del enfrentamiento para desactivar, en nombre del mismo Dios al que invocamos los musulmanes, los judíos y los cristianos, tanto odio acumulado.— J.R.R.V.— Mérida, Yucatán, septiembre de 2001.

Correo electrónico. jrrv@sureste.com

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