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Publicación
del lunes 17 de septiembre de 2001
Meditación
Vivir con el enemigo
Por María GOMEZ RIVERA
Igual en la sinagoga que en la mezquita;
en la iglesia, en la catedral, o en el templo, parece hoy más
que nunca necesario sentarse unos minutos únicamente a meditar.
Sé que tanto el bien como el mal se han
vuelto asuntos de rutina.
Que los períodos de tranquilidad cada vez
parecen resultar más breves; que lo más podrido del
exterior parece filtrarse con gran facilidad en el interior de los
hombres, y observo preocupada que el odio, la envidia, la locura
y el delirio producen en el hombres efectos para siempre duraderos.
La paz ya no parece ser un fin buscado, y palabras
como ideal, belleza, fraternidad, vida, cada momento se alejan más
de nuestra realidad.
Hoy se ha alcanzado tal nivel de violencia que
si bien el orden social se llegara a restablecer, restaurar el espíritu
de los hombres por ahora resultará más que imposible.
Luego de lo acontecido la mañana del martes
11 de septiembre, el pulso de la Tierra parece haber cambiado. El
vasto cuerpo débil de los norteamericanos que se mostraba
siempre poderoso, y apenas se sentía levemente vulnerado
atacaba sin misericordia alguna, fue tomado por sorpresa y con la
crueldad necesaria para congelar el alma de los hombres.
Las torres gemelas que soberbias y centelleantes
tocaban las estrellas, retándolas, en cosa de minutos se
derrumbaron, derrumbándose con ellas el orden del mundo y
de todas las cosas. La economía, equilibrio de todas las
fuerzas, titubeante también se tambalea, y las desgracias
de miles de hombres, de mujeres, niños y ancianos transgreden
toda razón.
Si fueron organizaciones clandestinas del Medio
Oriente, fue el Ejército Rojo japonés o los Talibanes,
lo mismo da. Conocer a ciencia cierta al responsable de poco valdrá
si no existe una voz que se eleve y rescate la racionalidad.
Es claro que somos parte de una sociedad integrada
por millones de hombres que habitamos este planeta. Todos y cada
uno somos parte integral de eso que llaman mundo. Un mundo donde
se lucha por mil intereses opuestos en batallas interminables, y
nutridas de toda clase de ambiciones de poder que se cruzan; de
odios que chocan y se golpean una vez tras otra, y de violencia
enloquecida que asesina hasta a niños.
Somos parte de una sociedad, de un mundo enfermo
que disfruta el dolor, la derrota y la muerte.
Somos parte de un mundo y de una sociedad en la
que estamos solos, planetariamente solos atizando siempre el choque
con quien se atreve a querer mirarnos de frente, y vivimos disfrutando
el instante propicio para demoler a nuestro enemigo que no es otro
que aquel que no comulga con nuestro pensamiento.
Somos parte de un mundo y de una sociedad donde
se volvió cotidiano vivir con el enemigo al lado como si
fuera nuestro mejor amigo, y acoger como nuestro mejor amigo a aquel
que no es otra cosa que nuestro enemigo mayor. Todo así,
porque así conviene.
¿Somos acaso ya un mundo de locos?
La mayor potencia del mundo, la nación
más rica, el país envidiado por su riqueza, hoy parece
haberse hundido peligrosamente en la superficie de la Tierra.
De aquí en adelante nadie podrá
garantizar que las catástrofes puedan evitarse, porque la
violencia en un santiamén se lleva por delante hasta la más
sólida y recia muralla. Lo estamos viendo.
La gran sociedad del consumo hoy se encuentra
asustada, aterrada. Igual que ella, todos los hombres del planeta,
pese a que hay quienes lo tratan de ocultar. La sensación
que reina es de que acaba de hundirse y hacerse trizas el más
poderoso trasatlántico. Los presagios intimidan. El porvenir
del mundo hoy a todos nos inquieta.
íPobre humanidad! M.G.R. México,
D.F., septiembre de 2001.
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