Oleada terrorista en Estados Unidos - Diario de Yucatán

Publicación del domingo 16 de septiembre de 2001

La respuesta a los atentados

Una guerra sin ilusiones

Editorial de The New York Times

Sin duda los ataques terroristas contra Nueva York y Washington abren el fuego de la primera guerra de Estados Unidos en el siglo XXI. Lo que está menos claro es qué tipo de guerra será y cómo puede Estados Unidos asegurar el triunfo. George W. Bush se ve repentinamente en el inesperado papel de comandante en jefe, se enfrenta a inquietantes decisiones sobre el uso del poder militar estadounidense en rincones distantes y difíciles del mundo. El presidente debe diseñar un plan de batalla efectivo y combinarlo con hábil campaña diplomática que reciba firme apoyo internacional.

Algunas partes de los primeros mensajes de guerra salidos de Washington son desconcertantes. Paul Wolfowitz, subsecretario de la Defensa, habló de “acabar con los países que fomentan el terrorismo”. Estas palabras podrían servir como una forma de intimidación, pero confiamos en que no tenga en la mente invadir y ocupar Iraq, Irán, Siria y Sudán, al igual que Afganistán, países con una población combinada de más de 160 millones de personas.

Para ser realista y efectivo en el combate al terrorismo, Estados Unidos tendrá que depender de la intensa presión diplomática, severas sanciones económicas y un apoyo internacional unido, en su trato con algunos de los países que apoyan actividades terroristas. Obligar a cambios de gobierno en lugares como Iraq o Siria requeriría, en cada caso, una fuerza militar semejante a la que se usó en la guerra del Golfo Pérsico, o mayor aún. Sin embargo, un cambio de actitud de los actuales gobiernos sólo sería posible mediante la presión sostenida de la coalición de países que Bush trata de formar.

Por ahora, el único país donde Estados Unidos puede utilizar efectivamente su poderío militar es Afganistán, donde el gobierno dirigido por los talibanes brinda refugio a Osama Bin Laden, el principal sospechoso del ataque del martes. Pero sacar a los talibanes del poder y perseguir a los partidarios de Bin Laden que tienen su base en Afganistán no es una tarea fácil, incluso para las poderosas fuerzas armadas de Estados Unidos.

Expulsar a los talibanes, capturar a Bin Laden y liquidar los campamentos de entrenamiento terrorista de Afganistán sería muy difícil si las fuerzas estadounidenses y de la OTAN tienen que operar desde lejos, utilizando bases aéreas en Turquía, portaaviones en el Océano Indico y tropas de asalto aerotransportadas.

Afganistán, un país montañoso de poblaciones dispersas y habitantes que defienden con ferocidad su independencia, es la pesadilla de un general y el sueño dorado de un jefe guerrillero, como lo comprendió la Unión Soviética, que invadió ese país en 1979. Hasta una campaña militar lanzada desde países contiguos como Paquistán y las antiguas repúblicas soviéticas de Asia Central sería un serio problema.

Para sacar del poder a los talibanes se necesitaría probablemente de una invasión terrestre que conduzca a la captura de Kabul, la capital de Afganistán, y de otras ciudades. Faltaría aún la ocupación de las escarpadas zonas rurales, donde se ubican los campamentos terroristas, y para conquistarlas se tendría que lanzar difíciles expediciones terrestres contra los dispersos campamentos de la organización de Bin Laden.

No podemos esperar una caluroso bienvenida de los 26 millones de habitantes de Afganistán, quienes tradicionalmente han recibido con hostilidad a los ejércitos extranjeros. El control de Kabul nunca le ha dado a un gobierno o fuerza de ocupación el dominio de Afganistán. Si Bush quiere la guerra, tendrá que entender cuáles son los riesgos y planear una campaña diseñada para superar los peligros que encontrarían las fuerzas estadounidenses.

La cooperación de Rusia, Paquistán y Arabia Saudita, que cuentan con campos aéreos y áreas militares a poca distancia de Afganistán, probablemente sea indispensable para tener éxito. Alguna forma de apoyo ruso parece posible. Paquistán es más problemático, a pesar de las promesas de cooperación de su gobierno. Incluso si el general Pervez Musharraf, el dictador militar del país, acepta apoyar la intervención militar de Estados Unidos (lo que ya prometió), otros líderes del ejército y poderosos grupos fundamentalistas islámicos están alineados con los talibanes. Cualquier victoria estadounidense en Afganistán podría convertirse en una derrota catastrófica si la guerra hace que Paquistán, país con 142 millones de habitantes y armas nucleares se convierta en un Estado islámico fundamentalista.

En el clima de indignación y repudio generados por los ataques de esta semana resulta demasiado fácil desear una respuesta militar estadounidense rápida y decisiva, pero debido a la naturaleza del enemigo y los santuarios donde se oculta, esta guerra puede ser larga e impredecible. Mientras comienza, Bush y el país no deben hacerse ilusiones sobre las batallas que les aguardan.

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