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Publicación
del sábado 15 de septiembre de 2001
Sobre los escombros
Debemos revisar nuestra situación
Por Alfonso VILLALVA PENICHE
Entre los cientos de fotografías publicadas
durante los días que siguieron al Martes Negro, había
una muy peculiar: una especie de toma aérea de los lúgubres
escombros del distrito financiero de Manhattan, que despedían
polvo y humo negro, espeso, asfixiante. Al fondo de la gráfica,
se alcanzaba a percibir lejana la figura verde del símbolo
de la libertad estadounidense. Se erguía, con la mano derecha
levantada, y unos cuantos destellos emanaban de su antorcha, unos
tenues destellos que se disipaban conforme el sol se ponía
en el horizonte del Hudson.
La imagen de la estatua como emblema principal
de toda una nación, de toda una cultura, se erguía
sobre los escombros, ante la catástrofe, ante la insaciable
estupidez criminal de quienes disfrutan la desgracia de los demás.
Quizá la fotografía expresaba que Nueva York sigue
con vida en tanto sus habitantes decidan no doblegarse.
Proyectaba que la muerte artera y cobarde no impide que el futuro
se construya con mejores perspectivas.
La simbología a todos nos pertenece, pues
nuestra desgraciada realidad nos recuerda que en cualquier sitio
parque, museo, avión o teatro, podemos ser víctimas
de la cruda sed de los sanguinarios cretinos que matan en nombre
de un principio dogmático, de una guerra santa o de la madre
que los parió, que es lo mismo, porque no existe un ser humano
vivo en sus cabales que pueda tener siquiera compasión por
aquél que sin miramientos mata por el hecho de matar, acribilla
por placer o por negocio, asesina por la espalda, por sorpresa,
a una mujer, a un niño o un anciano, para acrecentar la larga
lista que en su estulticia infinita produce el cinismo de haber
asesinado por cientos, o miles.
El Martes Negro puede ser utilizado de la manera
que a usted mejor le plazca: como una causa para la venganza cruel
y sin límites, como un caos internacional que servirá
de mucho a los que fabrican armamento y producen combustible, o
como un hito en el desgaste de nuestros conceptos de civilidad;
como un impulso renovado de rescatar lo que tiene el hombre de valioso,
como una nueva oportunidad de abandonar la frivolidad y centrarnos
en algo más que el bolsillo, los autos de lujo o los viajes
en jet privado. Una oportunidad, en fin, de recapacitar que cualquier
guerra es una gilipollez sea legitimada por las Naciones Unidas,
o sea subrepticia, como la de los aberrantes fundamentalistas.
Desde hace mucho tiempo, el hombre se ocupa más
de mejorar el armamento, de crear nuevas y más eficaces formas
de aniquilar. Grandes científicos mercenarios se prostituyen
al servicio de la industria de la muerte. Fabrican máquinas
de matar de 9 a 6, y después se van a casa a ver televisión
con los chicos, como si vinieran, no sé, de la fábrica
de alimentos o textiles. ¿Cómo te fue en la
oficina, papá? preguntará el niño de
7 años. Bien hijo, ya terminamos el proyecto que produce
bombas capaces de exterminar a toda una raza, con embriones incluidos,
a control remoto, desde la comodidad de la sala del presidente.
Hasta dónde llegará la estupidez
de la humanidad, que normaliza la industria del aniquilamiento y
se entrega a los deliquios de la droga, el fanatismo y la frivolidad.
Debemos revisar nuestra situación. Nos ocupa más la
forma en que hemos de asesinarnos, que el deterioro al planeta,
el respeto a la vida, la consideración a los demás,
la generación de ideas, que son suplantadas por la ambición
de amasar fortunas que nadie disfrutará, porque, como vamos,
habremos perecido sin poder contarlo.
Nueva York siempre fue vanguardia. La capital
del mundo al parecer de muchos. Siempre impuso la moda acogiendo
a populares modistos; fue catapulta de los mejores exponentes de
las artes plásticas. Del teatro, nada qué decir porque
todavía es la ventana del arte dramático. Crisol étnico
que envuelve, cautiva con sus olores, sus sabores, su diversidad,
su tolerancia. La política internacional encontró
allí su sede. Es el centro financiero del planeta, en el
que se realizan las operaciones más sofisticadas e importantes,
que en ocasiones poco tienen que ver con los Estados Unidos. Ahí
se compra el grano del mundo, el petróleo, el oro.
Ombligo del mundo que con su desgracia manifestó
su importancia y paralizó al planeta. Funesta vanguardia
de horror, sangre, devastación y muerte. Nueva York puede
ser la primera de muchas tragedias, o el acicate que nos obligue
a corregir el derrotero, que nos impulse a trabajar por encontrar
un mejor lugar para vivir, que nos permita evitar ser las siguientes
víctimas de un cretino con Kaláshnikov en la mano,
y un comando suicida volando hacia nosotros. A.V.P.
México, D.F., septiembre de 2001.
(avcomentarios@hotmail.com / A.P. 10-941,
C.P. 11002, D.F.
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