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Publicación
del sábado 15 de septiembre de 2001
Afganistán
¿Cirugía o bomba?
Por Ernesto Julio TEISSIER
El tema único de estos días, el
ataque terrorista a los Estados Unidos, termina la semana en la
indefinición: a pesar de que las investigaciones arrojan
resultados con una gran rapidez, aún no se ha llegado al
punto crucial de qué organizaciones fueron las culpables.
Para la noche del jueves, el secretario de Estado Colin Powell había
señalado a Osama bin Laden, pero investigadores de la CIA
y del FBI se acercaban a la conclusión de que los atentados
habían sido perpetrados por una organización de fundamentalistas
musulmanes residentes en la Unión Americana aunque financiados
por el multimillonario saudiárabe.
Claro que Osama bin Laden es uno de los culpables,
tanto si dirigió a los pilotos suicidas y participó
de sus planes como si solamente ayudó a organizarlos
y les dio fondos para sus propósitos; la diferencia sería
que en el segundo caso tendría menos sentido la decisión
de intervenir militarmente en Afganistán, cuyas autoridades
protegen al architerrorista y conocen sus escondrijos. Sin embargo,
en un grupo de complotistas a los que se asignan tareas destructoras
y criminales de semejante magnitud sería raro que Bin Laden
no estuviera enterado de los mínimos detalles.
Porque quien es el jefe de una gigantesca jihad
(guerra santa) que tiene ramificaciones en todos los países
del Cercano Oriente es difícil de reemplazar. Tiene la bravura
de los mujahedins (guerrilleros) afganos que se enfrentaron a los
helicópteros de ataque, a los tanques y a la infantería
del Ejército Rojo. Tiene una fortuna inagotable, de la que
salen fondos para cualquier proyecto que los terroristas consideren
viable; tiene el entrenamiento en la formación y dirección
unificada de las células clandestinas que le dieron los agentes
de la CIA en los años previos a 1988; y tiene la confianza
implícita de los líderes de toda la zona, desde el
errático Muammar Khaddafi, de Libia, hasta el Mohammad Rabbani,
jefe del consejo supremo de Afganistán; él y los suyos,
que se supone deben ser miles, pueden entrar y salir libremente
a todo el territorio de los cinco países integristas, algo
que ni siquiera tienen los diplomáticos de ellas.
El mismo martes o el miércoles, en Washington
hubo rumores de que algunos de los dirigentes talibanes habían
ofrecido en Kabul que el gobierno podría convencer a los
once partidos políticos que forman la coalición gobernante
en Afganistán de entregar a Osama bin Laden para su extradición
a los Estados Unidos, a cambio de que las naciones democráticas
no se empeñaran en hostilidades abiertas contra el país.
De aquel supuesto ofrecimiento no se ha vuelto a hablar, pero en
los lugares donde se mueven los agentes secretos norteamericanos
se oyen rumores de que en todos los países islámicos,
desde el poniente de Africa hasta Pakistán y aun más
allá, se habían registrado airadas reacciones populares
de protesta contra la oferta talibana de vender al terrorista.
La posibilidad de una extradición convenida
prácticamente se ha esfumado, porque los fanáticos
en casi todos los países del Cercano Oriente, con la excepción
de Israel, Egipto, Arabia Saudita y Pakistán, podrían
rebelarse contra sus propios gobiernos y empeorar una situación
que nunca en el pasado cercano, y tampoco ahora, fue o es fácil
de manejar. Las otras dos opciones que tienen Estados Unidos y las
naciones del Pacto del Atlántico Norte (NATO) serían
una operación quirúrgica para que grupos
de agentes encubiertos sacaran a Bin Laden en una acción
sanguinaria y audaz, pero inesperada hasta el último instante,
o un ataque frontal, que se iniciaría con bombardeos aéreos
y seguiría con acciones del tipo de la Guerra del Golfo.
Y la alternativa de la operación
quirúrgica también está inutilizada o
poco menos por las noticias que han recorrido el mundo y por los
informes secretos que se supone deben tener los organismos subterráneos
de todas las tendencias. Quedaría abierta, entonces, sólo
la vía del ataque frontal, que al parecer es la que estudian
los estrategas de Estados Unidos y de sus aliados: se publicó
ya que el primer ministro pakistaní había recibido
una petición diplomática para que cierre sus fronteras
con el Estado musulmán afgano y para que permita el uso de
sus campos de aviación para los aparatos militares norteamericanos
y británicos; la petición habría sido resuelta
favorablemente por el Primer Ministro pakistaní.
Ergo, que el escenario más viable sería
el de una repetición, con las modificaciones del caso, de
la operación Desert Storm que hace diez años,
en 1991, lanzó George Bush Sr., el padre del actual ocupante
de la Casa Blanca. Habría en esta ocasión modificaciones
estratégicas y políticas: los barcos de guerra que
hace diez años jugaron un papel importante en Iraq no serían
útiles sino como aeropuertos móviles; los cuerpos
selectos que pertenecen a la marina (Navy), como los seals,
y otros grupos de tropas de elite, podrían quedar inmovilizados;
a cambio de todo eso, los aeropuertos al norte del paso Khyber,
en Pakistán, ofrecerían mejores bases para las flotas
aéreas; y la intervención de un país con una
elevada población islámica (Pakistán) del lado
de los atacantes podría alterar la relación de fuerzas
en el campo del integrismo islámico.
La pregunta de la opinión pública
podría ser ésta: ¿Se justifica el uso
de una fuerza militar apabullante en contra de una pequeña
nación, como lo es Afganistán? y la respuesta
sería que sí, porque el terrorismo es una amenaza
bélica de enormes proporciones, como ya se encargaron de
probarlo esos musulmanes suicidas que secuestraron aviones para
usarlos como proyectiles para asesinar a miles de personas. Y esa
no es una amenaza restringida al Medio Oriente, sino mundial y mortal.
E.J.T. México, D.F., septiembre de 2001.
Correo electrónico: ernestoteissier@aol.co
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