|
Publicación
del sábado 15 de septiembre de 2001
El terrorismo en Estados Unidos
La respuesta a la barbarie
Por Adolfo AGUILAR ZINSER
El odio, el fanatismo y la audacia terrorista
hicieron realidad las más descabelladas escenas imaginadas
por los realizadores cinematográficos de Hollywood y convirtieron
al legendario edificio del Pentágono en Washington y a las
Torres Gemelas erigidas con orgullo en el corazón de Manhattan
en la tumba de miles de personas inocentes. El espectáculo
de esos dos rascacielos emblemáticos del poderío de
la sociedad estadounidense, reducidos a escombros a causa de un
brutal e inédito ataque terrorista, fue ahora sí un
hecho real, no un lance de la técnica cinematográfica.
Sin embargo, la frecuencia con la que estos desastres monumentales
aparecen en la trama ficticia de películas y series de televisión
hizo que las escenas presenciadas por millones de personas en todo
el mundo, el pasado martes, fueran imágenes casi familiares,
sólo que en esta ocasión eran efectivamente vidas
humanas las que en esos precisos instantes se perdían. Esta
extraña combinación entre ficción y realidad
le da a la catástrofe de Nueva York un sentido premonitorio.
Ahora sí entramos de lleno al siglo XXI.
La violencia a gran escala seguirá siendo parte del devenir
internacional. La globalización misma nos colocará
frente a fenómenos nuevos de destrucción y de muerte.
El ataque terrorista a las Torres Gemelas del WTC y al Pentágono
nos coloca ya frente a dilemas de seguridad cruciales y muy difíciles
de resolver.
Este tipo de amenaza vulnera en su esencia el
marco de libertades que quisiéramos a toda costa preservar.
Nos pone frente a la alternativa de endurecer los controles autoritarios
y hacer de los sistemas de inteligencia mecanismos cada vez más
irrespetuosos de las libertades y la privacidad. En efecto, lo que
caracteriza a estos ataques es precisamente el uso para fines criminales
de los espacios abiertos y de la movilidad. Los terroristas que
atacaron este martes a Estados Unidos, cometieron la monstruosidad
de transformar a una aeronave comercial en un arma de destrucción
brutal.
Mucho habrá de especularse en los próximos
años sobre las razones por las cuales el gigantesco aparato
de seguridad norteamericano no sirvió para prevenir o evitar
esta tragedia. Más allá de las deficiencias de este
aparato que pudieran en alguna medida explicar la omisión,
es evidente que las murallas de defensa norteamericanas fueron construidas
en respuesta a escenarios muy distintos a los que hoy tenemos y
para un tipo de agresión muy diferente. Se supone, en efecto,
que el espacio aéreo norteamericano cuenta con una coraza
que lo protege de la penetración ofensiva de aeronaves o
proyectiles procedentes del exterior. Sin embargo, lo que los terroristas
hicieron en esta ocasión fue convertir a cuatro aviones cargados
de pasajeros en misiles letales, eludiendo de esta manera todos
los dispositivos de defensa.
La originalidad y audacia de la acción
pone de manifiesto que respecto a las nuevas amenazas los mecanismos
de defensa concebidos en la Guerra Fría bajo el supuesto
de que el peor ataque podría ser un arma nuclear lanzada
desde una plataforma enemiga resulta ya si no obsoleto cuando menos
inadecuado. ¿Cómo subsanar esa vulnerabilidad? Ese
es el dilema. Las condiciones de inseguridad que se manifestaron
esta semana en Estados Unidos tienen que ver con los fenómenos
de violencia y los odios sembrados durante el siglo pasado. El fanatismo
barbárico de quienes perpetraron esta masacre combina al
parecer el más frío instinto criminal con el más
enardecido y altruista ánimo suicida. Gracias precisamente
a la presencia de este ingrediente quizá mesiánico
de autoinmolación, es que pudo realizarse con éxito
el ataque.
Por tanto, cualquier medida de seguridad basada
simplemente en la restricción de espacios de acción
o en la edificación de nuevas murallas y barreras no será
suficiente para evitar que hechos similares a éste vuelvan
a ocurrir en tanto haya quienes animados por las pasiones étnicas,
religiosas o ideológicas más desorbitadas estén
dispuestos a perder su propia vida en el acto mismo de atacar y
destruir a su enemigo. Debido a ello, se impone en el ámbito
internacional una reflexión civilizadora de gran alcance
que permita encauzar con nuevas energías y con un impulso
más decidido y firme los esfuerzos de paz que desactiven
los conflictos que hoy parecen irreductibles.
Lo que el mundo civilizado está obligado
a demostrar hoy no es su capacidad tecnológica u organizativa
para neutralizar o repeler los actos de barbarie y fanatismo como
el que cimbró a Nueva York, sino la habilidad de las nuevas
generaciones y de los nuevos liderazgos para encontrar fórmulas
justas de convivencia entre quienes hoy sólo ven a la muerte
como la satisfacción de sus reivindicaciones.
El daño que el derrumbe de las Torres Gemelas
de Nueva York puede causarle a la humanidad es todavía incalculable.
La pérdida de vidas humanas pudiera de por sí alcanzar
niveles genocidas. El golpe al sistema económico y financiero
de Estados Unidos tendrá que medirse tanto en la pérdida
de talentos ahí congregados, en la destrucción de
sistemas, bases de datos y redes como en las reacciones de los mercados
financieros ante la inseguridad y el derrumbe de las expectativas.
La respuesta política, diplomática y militar que seguramente
este ataque habrá de provocar pudiera acarrear un reposicionamiento
de las fuerzas de poder a nivel internacional trasladando a las
relaciones entre Estados a una nueva dimensión de alineamientos
y tensiones.
La identificación mecánica de los
responsables de este ataque con una determinada etnia, persuasión
ideológica o fe religiosa podría provocar una nueva
secuela de intolerancias, prejuicios y chauvinismos que no harían
sino estimular los odios y fanatismos. Dada la magnitud de los acontecimientos
y la escala que pueden alcanzar sus consecuencias, es necesario
que los liderazgos involucrados no actúen motivados únicamente
por el coraje o el ánimo reivindicativo, sino que echen mano
de la serenidad y la prudencia. Es cierto, debe haber castigo para
quienes cometieron este crimen, debe responsabilizarse también
a los países que pudieran haber auspiciado y protegido a
los perpetuadores. El terrorismo tiene que ser combatido con eficacia
de manera firme e implacable. Sin embargo, el castigo y las represalias
deben servir para remediar el problema no para agudizarlo y hacerlo
aún más irreductible. Por ello, la comunidad internacional
y los liderazgos nacionales que la conforman deben aprovechar el
momento para formular una nueva doctrina de seguridad colectiva.
El eje de ésta debiera ser la resolución definitiva
de los conflictos internacionales, sobre todo de aquellos de los
que deriva el odio y la venganza.
Otro elemento de un renovado compromiso de seguridad
internacional debe ser la atención con todos los recursos
y la energía posibles a los problemas de marginación,
de ignorancia y degradación ambiental que son fuente de conflictos
que pueden llegar a ser irremontables.
El crimen organizado y el narcotráfico
son los primos hermanos del terrorismo, se encuentran agazapados
en los mismos espacios, se entrecruzan e incluso comparten técnicas
y herramientas. Estos fenómenos deben ser atacados de manera
integral mediante estrategias internacionales que potencien no que
nulifiquen o sustituyan las capacidades nacionales.
El terrorismo se ubica cada vez más
en las dimensiones de la barbarie. Es expresión de irracionalidad.
Su mayor capacidad de destrucción no es tan sólo la
de vidas humanas, infraestructura o patrimonios materiales. El mayor
daño que puede hacernos el terrorismo, el más profundo
e imperecedero es su efecto sobre los valores de convivencia, las
libertades, las fórmulas democráticas y los espacios
de tolerancia. Por ello, el terrorismo debe ser en última
instancia vencido con la fuerza de la razón moral, en la
vigencia del derecho y mediante la solidaridad internacional.
A.A.Z. México, D.F., septiembre de 2001.
|