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Publicación
del sábado 15 de septiembre de 2001
Extraña, rara, tal
vez atroz...
Se inicia la Cuarta Guerra Mundial
Por Carlos Alberto MONTANER
La comparación más oída es
con el bombardeo a Pearl Harbor. El tremendo espectáculo
de los aviones suicidas y de los edificios desplomándose
en medio de Manhattan recuerdan el ataque japonés a la base
americana en el Pacífico. Pero se equivocan: el mejor símil
no es ése, es el bloqueo de Berlín en 1948, cuando
los rusos decidieron apoderarse de toda la capital alemana, batalla
sin bombas y sin muertos que dio origen oficial y definitivo a la
Guerra Fría, la tercera que se libró en el siglo XX.
En ese momento crucial, el presidente Truman decidió suscribir
la política de contención propuesta por
el estratega George Kennan y desplegó una línea defensiva
junto a los aliados del mundo democrático para frenar el
espasmo imperial de los soviéticos. Cuarenta años
más tarde la estrategia daba resultado y se producía
el hundimiento de los países comunistas en Occidente, con
la excepción (provisional) del régimen cubano.
En la mañana neoyorquina del 11 de septiembre
de 2001 y así lo consignarán los libros de historia,
Estados Unidos, mientras recogía los escombros y contaba
sus muertos, se preparó mentalmente para encabezar la lucha
planetaria contra los terroristas y sus aliados antisistema. Del
otro lado del Atlántico se entendió muy bien lo que
sucedía. Una declaración contundente del Secretario
General de la OTAN colocaba lo ocurrido en su correcta perspectiva:
un ataque de esa naturaleza contra uno de los quince miembros de
la alianza era un ataque contra todos. El artículo quinto
del acuerdo que los vincula lo decía con toda claridad. No
es la guerra de Estados Unidos contra un grupo de enloquecidos terroristas,
sino la guerra definitiva y abierta entre las naciones democráticas
y libres del planeta contra los enemigos violentos del sistema.
De la misma manera que la Segunda Guerra fue una
secuela de la Primera, y la Guerra Fría una consecuencia
de la Segunda, ésta que ahora se inicia es un producto de
la que terminó con el derribo del Muro de Berlín y
el casi inmediato desguace del perímetro comunista. En efecto,
durante cuarenta años la Unión Soviética y
algunos de sus más agresivos aliados, con Cuba a la cabeza,
alentaron una actitud antioccidental en medio planeta, predicando
incesantemente el desprecio a los métodos democráticos,
el descrédito de la economía de mercado, el odio a
Estados Unidos, y, simultáneamente, el culto por la revolución
violenta, donde comparecían los movimientos nacionalistas
de corte terrorista, ya fueran la ETA, el IRA o los independentistas
corsos.
A mediados de la década de los sesenta,
con la creación en La Habana de la Tricontinental, hasta
llegó a constituirse una internacional del terror en la que
se daban cita todos los ejércitos revolucionarios
del planeta, incluidos sandinistas nicaragüenses, montoneros
argentinos, tupamaros uruguayos, macheteros puertorriqueños,
miembros del IRA irlandés, japoneses, alemanes e italianos
alterados por el olor de la sangre, y, poco después, etarras
vascos. Estos grupos de acción, vinculados por su odio al
sistema, eran, en la perspectiva de Moscú, aliados coyunturales
para debilitar a Occidente desde adentro. A veces los adiestraban
en Bulgaria o los educaban en la Patricio Lumumba, y a veces el
KGB construía complicados esquemas para ocultar su huella
interponiendo campos de entrenamiento en Argelia, Siria, Libia o
Cuba. Pero el papel de estas huestes irregulares resultaba evidente:
desangrar las democracias occidentales como preparación de
la llegada del día final.
Lo que ha pasado es lo siguiente: desaparecidos
la URSS y sus satélites, esa jauría, desarticulada
y huérfana, rota y desmoralizada, todavía es capaz
de embestir. Todavía da coletazos, especialmente si cuenta
con dinero petrolero de algunos países árabes y la
ayuda directa de ciertos Estados. No es una casualidad que el representante
del IRA en La Habana haya sido capturado en Colombia recientemente
mientras hacía contacto con las FARC de Tiro Fijo. No fue
producto del azar que las armas con las que los montoneros atacaron
el cuartel La Tablada, al final del mandato de Alfonsín,
salieran de La Habana. No es extraño que los explosivos que
se roban en Francia los independentistas corsos acaben estallando
en Barcelona o en Medellín. No es por caridad que el señor
Gadaffi y el señor Saddam Hussein aporten fondos a las campañas
políticas de sus aliados, ya sean chavistas venezolanos o
sandinistas nicaragüenses. No es una curiosa coincidencia que
los agentes de influencia que ayer apoyaban a Guevara hoy lo hagan
con los zapatistas mexicanos, la ETA vasca, los sin-tierra brasileros,
los okupas de todas partes y las aguerridas huestes antiglobalización.
Todos forman parte del mismo cucarachero ideológico.
Y es contra todo ese universo viscoso de
asesinos, dinamiteros, tirapiedras y revolucionarios iluminados,
insurgidos contra la democracia, el Estado de Derecho y la economía
de mercado, que, a partir de ahora, todos los Estados responsables
van a tomar su fusil y ocupar la casamata que les corresponda. La
clave de la dureza del combate ya fue revelada por Bush en su alocución
a la nación: no sólo se hará responsables a
los terroristas, sino a quienes los albergan y les proporcionan
cualquier clase de ayuda. La Cuarta Guerra Mundial ha comenzado.
Será rara e irregular, y podrán reñirse batallas
espantosas falta pasar por la atroz experiencia de la guerra
bacteriológica, pero así son las guerras. El
consuelo es que, sin duda, el Occidente la ganará también.
C.A.M. Miami, Estados Unidos, septiembre de 2001 (Firmas Press)
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