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Publicación
del viernes 14 de septiembre de 2001
En medio de un clima apocalíptico, la Urbe
de Hierro empieza a recobrar la normalidad
En Washington calculan que hubo menos de 200 muertos
NUEVA YORK, 13 de septiem bre (DPA
y France Presse). Poco a poco, tras el atentado contra las
Torres Gemelas, los habitantes de la Gran Manzana empiezan a recobrar
la normalidad, dentro del clima casi apocalíptico
que impera todavía en la megápolis.
El aeropuerto de Newark se abrió parcialmente
para algunos vuelos, el Museo de Arte Moderno y las bibliotecas
abren sus puertas y la actividad docente, en escuelas públicas
y privadas, se retoma lentamente. Sólo las es cuelas y tiendas
al sur de la calle 14 siguen cerradas.
El transporte público, trenes y metro,
que permiten a los ha bitantes de Nueva Jersey y los barrios de
Queens, Bronx y Brooklyn viajar hacia Manhattan, funcionan casi
normalmente.
No obstante, a la postal de Nueva York le faltan
las Torres Gemelas. De esa zona siguen saliendo nubes de humo que
atestiguan la tragedia.
Por las calles muchos neoyorquinos deambulan,
como almas en pena, con fotos de sus seres queridos con la esperanza
de que alguien los haya visto o les dé alguna respuesta.
Pero para muchos la esperanza de volver a ver a sus familiares o
amigos parece ser vana.
Según avanzan las horas, para los neoyorquinos
parece imponerse la única verdad: un panorama de muerte y
desolación.
Sin embargo, a pesar del ambiente de caos y de
la densa nube de humo que se eleva sobre el skyline
de la Urbe de Hierro, muchos ciudadanos creen que la vida
sigue y es necesario hacer un esfuerzo para darle un toque
de normalidad que contrarreste las secuelas que ha dejado tal tragedia.
Lo cierto es que muchas tiendas han vuelo a abrir,
contrastando con el aspecto de ciudad fantasma que presentaba
hasta ayer la Gran Manzana.
Los neoyorquinos vuelven gradualmente a llenar
los cafés y bares, no sólo en el norte de Manhattan,
sino también en Greenwich Village, en las cercanías
de Houston Street, zona que la policía acordonó poco
después de la tragedia.
Así es como los habitantes de esta ciudad
que nunca duerme intentan volver a la normalidad, siguiendo las
recomendaciones del alcalde, Rudolph Giuliani, quien ayer pidió
a sus conciudadanos que mantuvieran la calma. Salgan a las
calles (...), vayan de compras, acudan a los restaurantes,
recomendó.
La sensación de rabia e impotencia es muy
grande. Los neoyorquinos se pegan a la televisión, la prensa
o la radio para analizar lo que ha pasado y conversar sobre cuál
debería ser la respuesta adecuada de Estados
Unidos a lo ocurrido.
Mientras que la mayoría de los neoyorquinos
se esfuerza en creer que la ciudad, de 8 millones de habitantes,
sigue su ritmo normal, para otros, los familiares de por lo menos
10,000 presuntamente desaparecidos, sólo hay desconsuelo
y miedo por conocer tal vez que sus seres queridos están
sepultados bajo los escombros de lo que hasta el martes ppdo. fue
el paradigma, en forma de cristal y acero, del orgullo de la Tierra
de la libertad.
Desde aquel trágico día, la población
local y los visitantes de Nueva York respiran altos niveles de dioxinas
y asbesto, un material altamente cancerígeno presente en
el aire.
En Washington, una vocera del Pentágono
declaró que el balance preliminar de los muertos en el atentado
contra esa centro de inteligencia indica una cifra inferior
a los 200 muertos. Estas son cifras preliminares. Hasta
el momento sabemos que hay poco más de 200 personas fallecidas,
manifestó la portavoz.
La vocera afirmó que la Fuerza Aérea
y la Infantería de Marina no reportaron muertos.
Aún se intercambia información con
las empresas que pudieron haber tenido empleados en el edificio
del Pentágono.
En ese edificio, una amenaza de bomba obligó
a desalojar hoy a cientos de trabajadores tras una alerta de seguridad
emitida por la FBI, indicó un portavoz de la Secretaría
de Defensa.
Sin embargo, tras el desalojo, las actividades
retornaron unas dos horas después a la norma lidad, dijo
Bryan Whitman, por tavoz del Pentágono.
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