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Publicación
del viernes 14 de septiembre de 2001
La batalla al terrorismo
Monumento a las víctimas
Por Jorge RIVERO EVIA
El 11 de septiembre de 2001 ha marcado,
sin duda la historia de la humanidad entera en este siglo que aún
comienza. El mayor acto de terrorismo que hasta la fecha se había
suscitado sacudió a la nación más poderosa
del mundo. Aviones secuestrados se estrellaron contra objetivos
estratégicos en Nueva York y Washington. Sin embargo, el
ataque no sólo fue contra los Estados Unidos de América,
sino contra el mundo entero.
La macrovictimización que padece gran parte
de la humanidad declara fracasado y finalizado el proyecto ilustrado
moderno de fraternidad. Somos testigos del desprecio más
grande que un pequeño grupo de personas puede tener contra
sus congéneres, y nos percatamos de lo vulnerables que podemos
ser.
El terrorismo no persigue otra cosa que el poder.
No puede desconocerse que el móvil terrorista es de alguna
manera político, aunque cabe destacar que utilizar este término
es degradarlo y confundirlo precisamente con lo que nunca debe ser
la política; de todas formas, para entendernos, aceptaremos
que es un fin político en la medida en que no persigue un
lucro personal y pretende cambiar las estructuras sociales, teniendo
al Estado en el punto de mira de su violencia.
Sólo pensemos en los miles de cadáveres
del fin que pretende justificar los medios. Esas víctimas
que, sin deberla ni temerla, han pasado a mejor vida. Gente de todos
tipos y de todas clases. Imaginemos a sus familias, a esos niños
que jamás volverán a ver a sus padres. ¿Vale
la pena el utilizarlos para exhibir a una nación y al mundo
entero?
El Estado debe afrontar este tipo de acciones
criminales de una manera diferente a la utilizada contra la delincuencia
común. En ambos tipos de desviación punible se altera
gravemente la convivencia y la paz, la causa de los daños
que sufre el ciudadano es diferente y la víctima, a la vista
de la población, aparece más inocente si se sabe que
el móvil es político. En este caso el sujeto no es
un fin en sí, sino un medio para atacar al Estado, y por
tanto, es contra éste contra el que surge más explícitamente
el descontento social y a quien se culpa de alguna forma de tales
actos.
Sin embargo, quizás lo que representa lo
más triste del drama es que el terrorista nunca resuelve
problema alguno. La violencia engendra violencia y la injusticia
engendra injusticia. Platón dialogó muy elocuentemente
al respecto. Asimismo, algunos factores etiológicos del terrorismo
se encuentran extendidos en toda la sociedad, en las estructuras
injustas, en el desigual reparto de los medios económicos,
en las deficiencias básicas de la pedagogía, en la
arquitectura de hacinamiento en los suburbios de las megalópolis
decadentes de nuestros días. Estos factores empiezan a brotar
con frecuencia, por carencia de nido afectivo en la primera infancia
de estos delincuentes (Beristáin Ipiña); y qué
decir de la intolerancia que los fundamentalistas protagonizan con
sus guerras santas.
Ninguna persona cuerda puede justificar al terrorismo
y la indignación que antes se daba en el seno de sociedades
determinadas, hoy día ha contagiado a la comunidad mundial.
Late en esta indignación no sólo
una imputación de responsabilidad a los gobiernos que se
ven rebasados por el ingenio de las mentes enfermas que propician
el terror, que no sería lo más grave, sino también,
y sobre todo, una acusación al sistema que permite esta violencia,
a veces con el recuerdo nostálgico de otros regímenes
más represivos. Se asocia, pues, violencia y Estado de Derecho,
terrorismo y democracia, en definitiva (Landrove Díaz).
Esta es una situación grave, ya que el
terrorismo puede ser una amenaza real contra el sistema de libertades,
aquel con el que soñamos los idealistas, cuyo reconocimiento
sea no sólo de las autoridades sino por parte también
y sobre todo de nuestros conciudadanos.
Con toda la rabia, en este momento no podemos
pensar en otra cosa que no sea el castigo ejemplar para esos individuos
que tiran de las cuerdas del terrorismo. Pero las palabras vuelan.
Pasarán unos meses, y poco o nada nos acordaremos de esas
víctimas.
Como ciudadanos del mundo tenemos la obligación
de evitar ese olvido, por fraternidad y por básica sensibilidad
humana, y para que no se repitan nuevas victimizaciones tenemos
la obligación de hacer algo que perdure, algo que permanezca,
ante niños, jóvenes y adultos, hoy y mañana.
No podemos limitarnos a encontrar a los culpables y solicitar a
los tribunales la pena capital. Esto no detendrá la descomposición
de ciertas facciones de la sociedad que anhelan el poder y la cosecha
del mal. Tampoco contendrá el cáncer de la imitación
(recordemos que en México, D.F., durante el mes de agosto
de este año diversos bancos sufrieron ataques terroristas
en menor escala).
Desde las cátedras de Derecho Penal y sobre
todo de Victimología lamentamos que muchos seres humanos
deseen la paz pero rechacen e impidan la previa exigencia de la
justicia penal, de la sanción (con las debidas garantías)
a los victimarios dolosos y reincidentes, a los traidores a la Patria
que se esconden tras una máscara cobijados por la selva.
Construyamos pues, un monumento a las víctimas
del terrorismo, pero que no sea una estatua de piedra en algún
parque olvidado. Un monumento en nuestra estructura mental, en nuestros
valores, en nuestra educación, en nuestras religiones, basado
en aquello por lo cual ha luchado desde siempre el género
humano: la paz. J.R.E. Mérida, Yucatan, septiembre
de 2001.
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