Oleada terrorista en Estados Unidos - Diario de Yucatán

Publicación del viernes 14 de septiembre de 2001

Horrores del nuevo siglo

Un enemigo invisible en nuestra casa

Por Raúl A. AGUILAR ALBORNOZ

Debemos confesar que resulta difícil escribir en este momento en el que la magnitud de la tragedia nos confunde. Las imágenes que trae la televisión de lo ocurrido en Nueva York causan tal estupor que es casi imposible mantenerse ajeno a estos lamentables hechos. No puede un ser humano —salvo los carentes de conciencia y los arrastrados por un fanatismo enloquecedor y aberrante— permanecer al margen de una tragedia que no por ajena o distante deja de ser deplorable.

El undécimo día del noveno mes del vigésimo primer siglo de nuestra era queda marcado con rojo, color de tanta sangre derramada sin más motivo que, en apariencia, la satisfacción de demandas que son, tanto por su propia naturaleza como por la de quienes las exigen, imposibles de satisfacer en términos de equidad. Hasta donde las noticias nos permiten conocer, aquí han estado presentes las manos criminales de una o más mentes trastornadas en extremo. El secuestro de aviones de pasajeros para convertirlos en proyectiles dirigidos hacia edificios que son centros de trabajo de varios cientos de personas sólo revela el nulo aprecio por la vida propia y, en consecuencia, por la ajena. Se trata, pues, de esos torcidos caminos de la mente para hacer todo esto que, sin duda, se asemeja al holocausto.

Las imágenes de los certeros impactos de aviones que se pierden entre la grandeza de sendos edificios —las torres gemelas del World Trade Center—, la explosión que de inmediato se produce, el fuego que de pronto se expande a todo lo largo y ancho de la zona contigua al siniestro, el salto al vacío de personas que, por el lugar y las circunstancias en que se encuentran, quizá se dan cuenta que lo han perdido todo —incluso la esperanza— y de allí su trágica decisión, el derrumbe de ambos edificios por el vencimiento de la resistencia de sus respectivas estructuras y la enorme nube que da cuenta de que para muchos todo está consumado son el rostro feroz y despiadado de un terrorismo que siempre ha existido, de un terrorismo que está —aunque no lo sepamos— en cada uno de nosotros y que es capaz de convertirnos en instrumentos del mal, de un terrorismo que lo mismo nos hace víctimas que victimarios, de un terrorismo que no repara en la condición de la persona ni tiene predilección por raza o credo alguno. Lo mostrado por la televisión en vivo y en las horas siguientes es, sin lugar a dudas, el verdadero rostro del terrorismo que muy en el fondo del alma de los hombres está, pero que por fortuna no en todos logra salir a la superficie.

La tragedia es mayúscula y sus consecuencias lo serán más. La sociedad norteamericana y quizá la de casi todo el mundo han de ver aquí lo imposible que es luchar de manera aislada contra un enemigo invisible, contra un enemigo que por momentos se oculta en nuestra propia casa y por momentos en la del vecino, contra un enemigo que apuesta todo —incluso su propia vida— para ganar lo que su mente desequilibrada y fanática considera suyo y sólo suyo, contra un enemigo que no sigue más lógica que la de su ilógico proceder.

Y he aquí que ese enemigo invisible ha realizado un ataque al corazón económico del país más poderoso del mundo, tal vez para conseguir lo imposible, pues todo cuanto se pretenda tiene que ser, por elemental cordura, siempre medido o limitado y nunca en exceso. Es de suponerse que los autores y promotores de estos horrendos sucesos han querido demostrar ante el mundo que están dispuestos a sacrificar todo lo que sea sacrificable. Pero han olvidado que si no han tenido capacidad para convencer, menos la tendrán para vencer.

Ante toda esta violencia que tanto sufrimiento y agonía ha producido a tanta gente inocente, es necesario que elevemos una oración por el alma de quienes han fallecido en esta jornada de dolor.— R.A.A.A.— Mérida, Yucatán, septiembre de 2001.


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