Oleada terrorista en Estados Unidos - Diario de Yucatán

Publicación del viernes 14 de septiembre de 2001

Entre el fuego, el humo y el dolor

La fuerza de EE.UU. está intacta

Editorial de “LOS ANGELES TIMES”

El martes se materializó una de las pesadillas de la civilización moderna cuando los terroristas atacaron ciudades de Estados Unidos y destruyeron símbolos nacionales a un costo terrible de vidas humanas. Pero mientras el humo envolvía aún Manhattan y el polvo se asentaba sobre Washington, este poderoso país se sacudía el enorme golpe.

Los edificios se derrumbaron. La democracia está en pie.

La tragedia, transmitida por la televisión, ofreció al mundo una lección de valor y entereza. Mientras el terror y el caos avanzaban, fuerzas resueltas daban un paso al frente para restablecer la calma.

Actos traicioneros de mentes enfermas dejan un saldo de familias destrozadas, sueños aplastados, amores perdidos. Futuros no escritos todavía fueron cancelados por la crueldad. Sin embargo, de inmediato sobrevino la reacción del país. Los socorristas entraron en edificios condenados a muerte. Los policías desafiaron los escombros que llovían para rescatar a los heridos. Los reporteros trataban de separar los rumores de los hechos. Los pilotos desviaron sus aviones y aterrizaron sanos y salvos.

La maldad atacó. El pueblo resistió el ataque.

Detrás de las imágenes espantosas de humo y polvo hay un padre desaparecido. Una esposa. Un hermano. Desvanecidos completamente como las famosas torres en las que trabajaban. También desaparecieron los pasajeros y los tripulantes de aviones en ruta a California y otros lugares.

En todo el país, la gente acudió a los bancos de sangre, ansiosa por verter la suya en las venas de las víctimas de un enemigo desconocido. Que el enemigo sepa que este país de muchas razas con frecuencia está en desacuerdo consigo mismo, pero bajo presión se une: un golpe contra uno es un golpe contra todos.

Para muchos padres, la imagen indeleble no será la del avión que se estrella contra un edificio, sino los rostros de los niños que veían esa imagen, una imagen que hizo pedazos el mundo que ellos conocían. O creían conocer. Para una generación de jóvenes, esto es su Pearl Harbor; su asesinato de Kennedy. Seguramente en los adultos resurgió el viejo miedo, pero en todo el país abrazaron a los niños y compartieron con ellos la sabiduría enseñada por tragedias anteriores. Sí, fueron testigos del mal —dijeron a los inocentes—, pero tengan valor; nuestro mundo sobrevivirá.

El ataque del martes golpeó el corazón del primer crisol de razas que hubo en Estados Unidos: la ciudad donde, durante más de cien años, personas de todas las culturas y todos los rincones del mundo han buscado refugio, libertad y una vida mejor. Para millones, lo primero que vieron de este país, al entrar en el puerto de Nueva York, fue la Estatua de la Libertad sosteniendo en alto una antorcha como faro de tolerancia y libertad. Esos inmigrantes y sus descendientes, de distintas religiones, razas y grupos étnicos, hicieron de Estados Unidos el país más poderoso del mundo y, al mismo tiempo, el más tolerante.

Aquí, en Los Angeles, nuestra gente proviene de todos los rincones de este problemático planeta. Mientras recobramos la fuerza, unidos por la rabia y el dolor, el mundo ve que ese gran experimento —e pluribus unum— continúa. Una de las formas de que continúe es que los estadounidenses se abstengan de culpar a los grupos por el mal que ocasionen los actos individuales. No debe haber apuntaciones con el dedo basadas en la raza o la religión. Si los estadounidenses se vuelven unos contra otros, quienes ganarán serán los que están detrás de los horrendos actos.

Estados Unidos ha tenido suerte. Hasta ahora, los enemigos extranjeros han causado pocas pérdidas de vidas en nuestro territorio continental. La sangre derramada en la Guerra de Independencia pavimentó el camino hacia un nuevo país. Los traumáticos estragos de la Guerra Civil nos los causamos nosotros mismos. Una de las características de la Segunda Guerra Mundial fue que, con excepción del ataque a Pearl Harbor, Estados Unidos no vivió las amargas experiencias de guerra que padecieron los países europeos. Para Estados Unidos, las batallas ocurrieron en otras partes.

Nunca volverá este país a estar tan seguro. El martes fue un día que cambió a Estados Unidos. De la misma manera que se necesitó orientar de nuevo a la nación después del hundimiento en 1915 del barco “Lusitania” y después de Pearl Harbor, el ataque del martes también alterará el rumbo de este país.

El poder de resistencia de Estados Unidos proviene en parte de la capacidad de su pueblo para adaptarse. Nos preguntaremos qué más se podría haber hecho para proteger a nuestra gente. Haremos responsables a quienes no cumplieron su deber. Sí, nos preguntamos cómo fue que los servicios de seguridad en los aeropuertos pudieron ser tan vulnerables, cómo pudimos tener tan pocos indicios de lo que estaba por venir.

Hace años que el terrorismo ha sido una amenaza nacional y, sin embargo, el anterior director del FBI, cuando dejó su cargo, lo calificó de un problema crítico que no había recibido satisfactoria atención. No obstante, por ahora, los estadounidenses, unidos, miran hacia adelante. El país podía confiar en la reconstrucción incluso cuando ardían aún los primeros incendios terroristas.

Los líderes ya prometieron que las oficinas de gobierno que tuvieron que ser desalojadas se abrirán de nuevo a operaciones esenciales y que los mercados financieros reanudarán sus operaciones gradualmente. Una orden difícil, pero que se debe cumplir.

Cuando un Presidente toma posesión, le pedimos que apoye y defienda la Constitución contra todos los enemigos, extranjeros y locales. El presidente Bush se enfrenta a su tarea más ardua y debe estar a la altura de ésta. El martes por la noche dio un buen paso cuando, de regreso a Washington, se dirigió al país y dijo: “Estos actos de asesinato masivo tenían el objetivo de sumir al país en el caos y la retirada. Pero fallaron. Nuestro país es fuerte. Un gran pueblo se movilizó para defender a un gran país. Los ataques terroristas pueden estremecer los cimientos de nuestros edificios más grandes, pero no pueden tocar los cimientos de los Estados Unidos. Estos actos doblan el acero, pero no hacen mella en el acero de la fortaleza de Estados Unidos”.

Bush también identificó a los héroes más claros del día: “Hoy, nuestro país vio la maldad, lo peor de la naturaleza humana, y respondimos con lo mejor de Estados Unidos, con la valentía de nuestros socorristas, con la preocupación por los extraños y la generosidad de los vecinos que acudieron a donar sangre y ayudar en lo que pudieran”.

Eso incluye a muchos bomberos en Nueva York que perecieron en valerosos esfuerzos por salvar vidas. Estados Unidos reaccionará, pero debe partir de certidumbres, no de suposiciones, y con la firmeza que viene con la confianza. Los líderes del país determinarán quién es responsable y harán lo que sea necesario para asegurarse de que la amenaza sea eliminada. Es importante que Bush haya prometido encontrar y castigar no sólo a los terroristas sino a quienes los apoyan. La decisión que él y el Congreso tendrán que tomar ahora es si la reacción de Estados Unidos se concretará, como en anteriores ataques terroristas, en remedios legales o esta vez responderá con represalias militares o alguna combinación de los dos. En el caso del Vuelo 103 de Pan Am, ¿se hizo justicia al llevar a sólo dos libaneses ante un tribunal?

Habrá especulaciones y cinismo, denuncias y negaciones, revelaciones y rumores, acusaciones e indignación en nuestro país durante los próximos días. Pero de esta incoherencia emocional deberá surgir —surgirá— ese compromiso con la democracia tan conocido por los estadounidenses y sus amigos, y tan temido por enemigos de este país.— “Los Angeles Times”.— Los Angeles, 13 de septiembre de 2001 (Servicio de “Los Angeles Times”).

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