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Publicación
del jueves 13 de septiembre de 2001
Un día después de la tragedia, Nueva
York es otra ciudad
Nadie puede mirar al centro de la urbe de hierro
sin sentir escalofríos
NUEVA YORK, 12 de septiembre (Por
N.R. Kleinfeld, de The New York Times). Nueva York despertó
hoy a un nuevo día, pero no era sólo otro día.
No podía serlo.
Era una ciudad disminuida, con menos gente, menos
autos, menos ruido, menos actividad, menos ímpetu, menos
certidumbre, menos alegría.
La luz del alba no borró la agonía
del martes, ningún amanecer podría. Y así los
neoyorquinos comieron sus alimentos, lavaron sus platos, sacaron
la basura e hicieron las tareas cotidianas, pero nada era lo mismo.
La ciudad parecía mucho más frágil y desconocida.
En un día cuando el trabajo significaba
mucho menos que compañía familiar y humana, cuando
las propias ideas de lo que significa vivir en Nueva York están
en tela de duda, los neoyorquinos pasaron una gran parte del tiempo
en sombrías, sentidas reflexiones.
La diferencia más notable hoy, por supuesto,
era el horizonte. Nadie podía mirar al centro de la ciudad
sin sentir escalofríos por la ausencia de las torres del
World Trade Center. Pero, en incontables formas más pequeñas,
las tranquilizadoras señales de la vida diaria no estaban
ahí.
Era una ciudad silenciosa.
La gente que vivía cerca de los aeropuertos
de la ciudad, acostumbrada al repetitivo y estruendoso ruido de
los aviones que llegan y se van, despertó a un día
de incómodo silencio. Había otros sonidos más
pequeños, pero los más grandes no estaban.
El tránsito era escaso, y las sirenas,
uno de los sonidos de fondo de la vida citadina, parecían
más ruidosas y más ominosas que antes.
Era una ciudad de personas solitarias.
Era una ciudad de extraños contrastes.
Los padres no tuvieron que levantarse temprano
para llevar a sus hijos a la escuela. Hoy no hubo clases. En Upper
West Side, se palpaba una poderosa, pero artificial sensación
de otro día. Por la mañana, el parque Riverside estaba
lleno de niños que jugaban en los columpios y en los arenales
bajo el resplandeciente sol, bajo la mirada vigilante de sus padres.
En la calzada, la gente leía los periódicos, manejaba
bicicleta y patinaba. Pero flotaba una extraña sensación
en el aire. Las sonrisas eran raras y parecían inapropiadas.
Pero para cuando uno llegaba a la Calle 55, todo
cambiaba. De pronto se palpaba la atmósfera de una zona de
guerra fuertemente protegida. Puntos de control y barricadas policíacas
se alineaban a lo largo de una vía para bicicletas y la autopista
West Side, hasta el sur de Manhattan. El tránsito brillaba
por su ausencia. Era posible recorrer varias manzanas sin ver más
que algún autobús o un taxi ocasional.
Una vez que se llegaba a la zona sur de Manhattan,
se palpaba la sensación de un pueblo fantasma. Todos los
negocios estaban cerrados. Las calles y aceras estaban vacías
de gente, excepto por los socorristas.
Era una ciudad de posposiciones.
Hoy era día de matiné en Broadway,
de espectáculos por la tarde y noche, pero todos los teatros
estaban a oscuras. No había nadie en el Golden o en el Imperial,
o el Schubert. Nada en el Lunt-Fontanne o el Palace sino avisos
de cancelado por circunstancias ajenas a nuestro control.
Era una ciudad de negocios suspendidos.
Muchas tiendas estaban cerradas, y nadie estaba
seguro de cuándo abrirían. En las puertas de la Virgin
Megastore en Times Square, un aviso decía simplemente: Cerrado
hasta nuevo aviso.
La casa de bolsa ubicada encima de las oficinas
de la Morgan Stanley en Broadway y la Calle 48 reportó que
no habría operaciones bursátiles. En cambio, había
información sobre una línea directa de ayuda y peticiones
para donaciones de sangre.
Pero no era un día para ir de compras.
Macy's en Herald Square, la tienda más
grande del mundo, estaba abierta, pero en los pasillos se veía
poca gente ya avanzada la mañana. The Gap, en la acera de
enfrente, estaba cerrada.
Los barberos conversaban sentados en las aceras
afuera de sus peluquerías. No era un día para cortarse
el cabello.
Los estacionamientos de la parte media de la ciudad,
por lo general llenos de autos, estaban casi vacíos.
Era una ciudad de reflexiones.
Para todos, la magnitud de lo que pasó
todavía estaba siendo asimilada, y así seguirá
siendo durante días, semanas y meses. La gente cavilaba en
lo que haría y lo que no haría a partir de ahora.
Medir la voluntad y la resolución de la
ciudad nunca es fácil. A lo largo de su rica historia, periódicamente
marcada por la tragedia, los neoyorquinos siempre demostraron una
resolución fuera de lo común, pero esto fue diferente
a cualquier otro desastre, y muchas personas se sintieron sacudidas
hasta el alma.
Era una ciudad de rarezas.
En una de las tiendas de recuerdos de la famosa
Quinta Avenida de Nueva York, varias personas se congregaron alrededor
de los anaqueles de tarjetas postales para comprar tarjetas en las
que apareciera el World Trade Center.
Era una ciudad de tranquilidad.
Entre todo lo que era diferente, había
cosas que eran como siempre. Durante este día difícil,
éstas destacaban marcadamente.
Como en cualquier otro día de sucesos familiares
y no familiares, los carteros cumplían con su labor en las
calles, y verlos resultaba tranquilizante.
Un hombre caminó hasta un puesto de correos
para preguntar si habría entregas normales hoy. El cartero
le respondió. Por supuesto. El correo llega todos los
días.
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