Oleada terrorista en Estados Unidos - Diario de Yucatán

Publicación del jueves 13 de septiembre de 2001

El terrorismo en Estados Unidos

Respuesta a un enemigo difuso

Editorial de “EL PAIS”

La escala del desastre ha sido tal que el Gobierno de Estados Unidos tiene razón en calificar el brutal ataque terrorista como un “acto de guerra”, aunque sea contra un enemigo difuso. Pese a las características de este nuevo terrorismo en un mundo globalizado de porosas fronteras, el crimen cometido resulta difícil de explicar sin una cadena de colosales fallos por parte de los servicios de inteligencia de EE.UU. El FBI, la CIA y la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) no han explicado aún cómo no se enteraron que un atentado tan coordinado se estaba preparando ni de dónde ha provenido, aunque aseguran avanzar en las investigaciones, y varias personas fueron ayer detenidas. Qué menos.

Es la hora de salvar vidas, cicatrizar heridas y con toda la tristeza, contar los muertos por miles. Pero también la de preparar una respuesta tan dura como exacta. El presidente Bush se ha declarado paciente y determinado, y ha prometido que el castigo será “centrado”. En la gestión de una respuesta certera se juega Bush no sólo su presidencia, sino la tranquilidad de los ciudadanos de EE.UU., Europa y el resto del mundo que hoy sienten un miedo también difuso ante una amenaza aún sin cara ni nombre, pero que nos puede alcanzar a todos. El miércoles la Casa Blanca dio por terminada la serie de ataques, pero ¿puede garantizarlo tras los fallos cometidos? Si los ciudadanos bienintencionados del mundo tienen derecho a exigir que este horrible crimen no quede impune, también hay que esperar que Bush no caiga en la tentación de un contraataque a ciegas, y que, tras la respuesta, el mundo sea más seguro. Si los terroristas provienen del mundo fundamentalista islámico, un castigo injusto por desenfocada potenciaría la enemistad general contra Occidente del mundo islámico en su conjunto.

Bush tiene el Congreso unido como una piña tras él y la opinión pública presiona para un castigo. Los aliados le han dado pleno apoyo, y prácticamente carta blanca, dentro de la legalidad, como señaló el miércoles el jefe de la diplomacia española, Jospe Piqué tras la reunión de urgencia de los Quince de la UE. Castigar, pues, pero ¿a quién? La sensación de un nuevo Pearl Harbor está muy presente, pero los aviones que atacaron y hundieron el 7 de diciembre de 1941 la flota del Pacífico llevaban la enseña japonesa, con lo que el enemigo estuvo enseguida claro. Con el riesgo de prolongar la incertidumbre en la que están sumidos los estadounidenses y buena parte del resto del mundo, probablemente, el ritmo de las investigaciones para fijar el origen del golpe sea más lento que la presión de una ciudadanía lógicamente indignada, y que, por lo que indican las primeras encuestas, está dispuesta a arriesgarse a entrar en guerra para perseguir a los eventuales culpables y atacar a los Estados o territorios que los cobijen.

La incertidumbre ha hecho presa también en el mundo de la economía. Nadie había previsto seriamente una catástrofe de este tipo. Pero hay experiencias de crisis como la de la guerra de Irak en la que la incertidumbre sobre el futuro —una guerra de larga duración y efectos sobre el suministro de petróleo— se trasladó de inmediato a las expectativas económicas y en particular a la actitud de los consumidores. Ahora la incertidumbre cae sobre una economía mundial ya de por sí vacilante, especialmente en los propios Estados Unidos, tras el mayor período de crecimiento de la historia. La reacción inicial de los inversores ha sido retirarse del mercado de valores hacia refugios más seguros como el oro o los bonos públicos. Inseguridad ciudadana global.

Los principales bancos centrales, con el europeo a la cabeza, adelantaron el miércoles su disposición a inyectar liquidez en los mercados financieros. Parece aconsejable evitar mensajes de los gobiernos que favorezcan, por su tremendismo, reacciones de pánico en los mercados (y en la sociedad), o sean aprovechadas por los especuladores. Es lógico que las reacciones ante lo imprevisto transmitieran cierta improvisación. Pero la interrupción de la rutina administrativa, en EE.UU. y en Europa, debe durar lo menos posible, para proyectar una imagen de cohesión de la comunidad internacional mediante iniciativas de los organismos supranacionales. En lo político y en lo económico.

Los atentados contra las “Torres Gemelas” de Manhattan y el Pentágono nos han situado, de repente, en un mundo nuevo en términos de inseguridad ciudadana, menos apocalíptica que el equilibrio del terror nuclear de la guerra fría, pero también menos controlable. Estamos obligados a repensar a fondo las políticas de seguridad, que, esencialmente, deben ser para proteger a los ciudadanos. Hoy por hoy, las amenazas de los múltiples terrorismos, nacionales o transnacionales, son las centrales, pese a que sean esencialmente asimétricas. La situación global de la seguridad no se parece a nada de lo que hubo antes: ni al equilibrio de potencias, ni a la guerra fría que ha dominado buena parte del siglo XX. Posiblemente no estemos aún intelectualmente adaptados a las nuevas circunstancias, pero es necesario abrir un debate sobre las políticas de seguridad a seguir en este mundo globalizado, que han de proteger, pero también ir a las raíces de los problemas, a las causas de las causas.

En el caso de EE.UU. es necesario reformar a fondo los servicios de inteligencia, pues han carecido de coordinación suficiente y confiado en exceso en la tecnología despreciando el factor humano, que supone la más difícil y dura recogida de información sobre el terreno e infiltración de los movimientos. Con pocos medios, pero una elaborada organización, los terroristas han demostrado disponer de una enorme capacidad de destrucción. La lucha antiterrorista de EE.UU., que dispone de un presupuesto de 12,000 millones de dólares —significativamente el doble que un lustro atrás—, ha dado frutos en los últimos años, evitando diversos atentados y secuestros de aviones. Pero en esta ocasión, los asesinos se les han colado por donde menos esperaban. La lucha antiterrorista se ha concentrado en exceso tanto en una alta sofisticación, como en ataques más pedestres.

A la vez las tendencias aislacionistas que están tan presentes en un país que se sentía como una isla geopolítica, con un territorio exento de riesgos, han saltado por los aires. Lo quiera o no, EE.UU. no es sólo la mayor potencia, sino que está inmersa en este mundo. Y tiene mucho que ganar —por ejemplo en el campo de la inteligencia— de la colaboración con los aliados, incluido Israel, que actuando por su cuenta. Las concepciones unilateralistas de EE.UU. deben superarse. Ganará con una colaboración multilateral, una gobernación colectiva de la globalización, uno de cuyos aspectos oscuros es este terrorismo.

Esto le debería llevar a examinar con mejor atención actitudes que favorecen reacciones violentas por parte de los fundamentalismos. El conflicto entre Israel y los palestinos es un criadero de terroristas, es un caldo de injusticia que se debe rectificar. Justo lo contrario de lo que hicieron ayer los israelíes con nuevos ataques con tanques contra Gaza, que causaron la muerte de al menos doce palestinos. En contraste con Clinton, la Administración de Bush se ha desentendido del conflicto, lo que equivale a darle la razón, o la libertad de acción a unos israelíes que ahora se sienten reivindicados en sus reacciones ante los atentados suicidas que han sufrido. Israel no puede seguir generando esta tensión que se traslada al resto del mundo. Los aliados europeos están detrás de Washington tras este atentado, pero no detrás de su política, o falta de política, hacia Oriente Próximo. Ser la mayor potencia conlleva obligaciones.— EL PAIS.— Madrid, jueves 13 de septiembre de 2001.— (Servicio de “El País”).

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