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Publicación
del jueves 13 de septiembre de 2001
¿La última guerra?
Tiempo de sabiduría y sensatez
Por Gabriel PAZ
Yavé vio que la maldad del
hombre en la tierra era grande y que todos sus pensamientos tendían
siempre al mal. Se arrepintió, pues, de haber creado al hombre
y, muy a su pesar dijo: Exterminaré de la tierra a los hombres
que he creado... GENESIS 6-5, 6, 7.
Comenzaba el 11 de septiembre. Había planeado
mi tema: escribir sobre lo sucedido y no sucedido en
Durbán, Sudáfrica, durante el desarrollo de la conferencia
de la ONU contra el racismo. Mi deseo era hacer resaltar una vez
más la tristeza y el abuso sufridos por la gente africana
e indígenas de América, sometidos a la compra-venta
de la esclavitud y su anhelo actual de permitirles recibir una petición
de perdón y acaso una indemnización de parte de las
naciones que con ellos habían medrado y prosperado en el
pasado.
Tema interesante. Pero el comienzo del día
hizo variar mis temas. Las noticias que surgen en el mundo se atropellan
y arrinconan las unas a las otras. Prendí mi televisor mientras
desayunaba y me resultó muy difícil dar crédito
a lo que empezaba a ver y oír: unos aviones guiados por suicidas
habían hecho tremendos estragos en lo más importante
del país más imponente del mundo: los Estados Unidos.
Las torres gemelas de Nueva York ardían y caían; en
el Pentágono el fuego producido por sus atacantes no lograba
ser apagado.
Esta tremenda noticia hacía antiguas las
otras. Lo de Durbán, Sudáfrica, se convertía
en cosa del pasado.
Me sentí temblar. ¿Y ahora qué
sigue? El potencial de ese país grande había sido
burlado y su orgullo mancillado. Unos terroristas ¿de
dónde llegaron? habían demostrado que todos,
soberbios y humildes, somos vulnerables y estamos expuestos a una
derrota.
Lo siento en el alma por las víctimas,
por todas las víctimas de la Tierra, de todos los tiempos,
de hoy y del futuro.
En el momento de escribir estas líneas
no se sabe dónde localizar la fuente de este crimen. Crímenes
son todas las acciones que provocan muertes y destrucción,
aun las que parecen justas.
Los Estados Unidos, el mundo entero, precisan
de un dirigente que alcance un importante grado de sabiduría
y sensatez: a sus pies se halla la humanidad entera, su condena
puede ser la de todo ser viviente. Hay en sus arsenales y en las
peligrosas mentes de sus sabios y técnicos material para
deshacer a la sufrida Tierra más de una vez; que revise tan
prudente señor la situación del mundo, las injusticias,
las hambres y la riqueza y que actúe con verdadera justicia
haciendo un examen de conciencia general y recordando que ya ha
llovido demasiado fuego sobre nuestro zarandeado planeta: la destrucción
de Dresden y Colonia, el espanto de la Segunda Guerra Mundial llevado
al Pacífico, las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki,
fuego sobre Corea, fuego sobre Vietnam, fuego sobre todo aquel no
sometido... Pedimos misericordia: con la fuerza bruta no se soluciona
ningún problema. Ya sabemos a dónde nos llevó
la soberbia de las dos últimas guerras mundiales y de las
otras guerras que siguieron en la historia de esta humanidad tonta
y poco comprensible de lo mucho que tiene, de lo que perderá.
Sabiduría y sensatez, dones providenciales
que han de adornar al Presidente de los Estados Unidos. Nada de
soberbia. ¿Cómo es realmente? ¿De qué
sentimientos están dotados sus consejeros? El rodar del mundo
no es un juego. No deseo sentir que todos somos, de algún
modo, sus prisioneros. G.P. Toluca, Estado de México,
septiembre de 2001.
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