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Publicación
del viernes 12 de octubre de 2001
No es otro país
Estados Unidos y nosotros
Por Carlos Alberto MONTANER
Cuentan los venezolanos del entorno de Hugo Chávez
que el coronel tuvo un espasmo de placer cuando vio la macabra obra
destructiva de Ben Laden en Nueva York. Parece que dio un salto
de alegría, se le cayó la boina roja y llamó
a Fidel Castro por teléfono para coordinar sus posiciones
oficiales. Su razonamiento era muy elemental: Ellos se lo
buscaron. La historia no me consta, pero puede ser cierta.
Para una persona que admira a Carlos Ilich Ramírez, el Chacal
el mayor terrorista producido por América Latina,
hasta el punto de escribirle una carta de respeto y solidaridad
a su prisión parisina, ¿cómo dudar que lo hace
feliz el dolor infligido a los estadounidenses? Lo coherente es
eso, y con toda seguridad no estaba solo en su mezquina celebración.
La verdad es que la izquierda tercermundista disfruta intensamente
cuando Estados Unidos padece algún descalabro. Grita. Descorcha
champán. Desempolva los viejos libros marxistas y se congratula
de la clarividencia del barbudo profeta. Nada hace más feliz
a ese mundillo rencoroso que ver humillada a la primera potencia
del planeta o leer en la prensa que el gran país ha entrado
en una recesión económica.
Menudo disparate. Estas pobres gentes no entienden
que alegrarse de las desgracias norteamericanas es algo tan estúpido
como vitorear los sufrimientos propios. Cuando un país es
el centro de la civilización planetaria, y produce el 25
por ciento de los bienes y servicios que crea nuestra especie, y
genera el 70 por ciento de los hallazgos técnicos y científicos
que afectan nuestro modo de vida, y consume el 30 por ciento de
las exportaciones mundiales, y maneja más de la mitad de
las instituciones financieras que hacen posible nuestro desarrollo,
lo que le suceda jamás puede ser ajeno a nosotros. Lo que
allí ocurra, para bien o para mal, nos afectará exactamente
en la misma dirección que le afecte a él. Si a los
estadounidenses les va bien, a nosotros, en alguna medida, nos irá
bien. Y si a ellos les va mal, a nosotros, inevitablemente, nos
irá peor.
Esas son las reglas del juego. Y ni siquiera es
válido pensar que las limitadas relaciones directas con Estados
Unidos nos ponen a salvo de esta realidad. El cono sur del continente
americano, es cierto, comercia con mayor intensidad con Europa que
con USA, pero el dato posee escasa importancia: Europa y Japón
realizan el 80 por ciento de sus transacciones con Estados Unidos,
de manera que el efecto, por carambola, es el mismo. Ya no hay naciones,
sino grandes espacios económicos estrechamente interrelacionados,
dominados por tres centros de poder: Estados Unidos, la Unión
Europea y Japón, y de los tres, por diversas razones, el
que más cuenta, precisamente, es el de los gringos.
Hace unos cuantos siglos, René Descartes,
aquel melancólico filósofo francés de grandes
ojeras, se propuso averiguar dónde radicaba la esencia de
la persona y puso en práctica una curiosa carnicería
virtual. Se preguntó si él seguiría siendo
el mismo si se cortaba una mano. Concluyó que sí.
Seguiría siendo René Descartes, hijo de un notario
de provincias, pero manco. Luego continuó con la otra mano,
con un pie, con una oreja, etcétera, hasta llegar a su privilegiada
cabeza. ¿Qué pasaría si se la cortaba? Si se
la rebanaba, claro, dejaría de existir. Dejaría de
ser él. El era, él existía, porque pensaba.
Cogito, ergo sum. Latinazgo que el señor Chávez
probablemente escribe con jota y relaciona con un esguince del tobillo
o algo parecido.
¿A cuento de qué viene esta historia?
A que esa prueba también se puede llevar a cabo sobre un
planisferio para tratar de entender dónde radica la esencia
de nuestra vida social. Preguntémonos que nos ocurriría,
por ejemplo, si amputamos Burundi. Prácticamente nada. Un
arañazo imperceptible. ¿Y si el tajo lo damos en Francia?
La herida es grave, pero sobrevivimos. El tamaño de la economía
francesa es grande, pero el aporte francés a la cultura planetaria
ciencia y técnica incluidas es cada vez menor,
y la tendencia es hacia una creciente insignificancia relativa.
Lavoisier, Víctor Hugo, Pasteur, incluso Monet o Renoir,
hoy suelen nacer en otras latitudes. Hagamos ahora la prueba estadounidense.
Borremos súbitamente a ese país del mapa. ¿Qué
pasa? Acaece una catástrofe incalculable: se colapsa la economía
mundial por la desaparición del consumo norteamericano, se
secan casi todas las innovaciones técnicas relevantes, se
esfuman miles de remedios mágicos para curar nuestras enfermedades,
desaparecen modos muy populares de divertirse desde el cine
de masas hasta la música juvenil y el planeta entra
en una crisis de la que tardaría muchas décadas en
recuperarse. En América Latina, sencillamente, eso significa
hambre. Una hambruna terrible y devastadora.
Lo que quiero decir es que Estados Unidos, por
su tamaño, su ubicuidad, su enorme importancia en el diseño
de los modos de vida que se imponen en el mundo, no es otro
país, sino la parte central del nuestro, ya sea éste
Uruguay, España o Japón. Y lo que vale la pena entender
es que cuando un pequeño ejército de locos delirantes
pulveriza las Torres Gemelas, los daños son también
nuestros porque todos formamos parte del mismo organismo. Y al dedo
meñique, por muy distante y humilde que sea, no puede resultarle
indiferente que le machaquen el cerebro que gobierna sus movimientos.
¿No hay nadie en Venezuela que pueda explicarle al señor
Chávez un asunto tan obvio? C.A.M. Madrid, octubre
de 2001.
(www.firmaspress.com)
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