Oleada terrorista en Estados Unidos - Diario de Yucatán

Publicación del miércoles 12 de septiembre de 2001

El terrorismo convierte a Nueva York en una ciudad de dolor

“Uno se preocupa por las personas que conoce ahí, y quiere sentir rabia, ¿pero contra quién?”

NUEVA YORK, 11 de septiembre (Por Jim Dwyer y Susan Sachs, de The New York Times).— Nueva York cambió hoy.

Una ciudad de infinita maleabilidad, dureza y promesas fue azotada por oleadas de furia, desesperación y frustración después de que, con intervalo de minutos, dos aviones comerciales se estrellaron contra la parte superior de las dos torres del World Trade Center, y los dos edificios se vinieron abajo una hora después.

En la base del Puente Manhattan, Fred Roth, quien visitaba un negocio cerca de la cima del World Trade Center One, habló durante un minuto de lo que es ser un neoyorquino y de conocer a mucha gente que trabaja en las Torres Gemelas, y dijo que bajó apenas escuchó el primer impacto.

Luego habló de lo que había cambiado. “Uno se preocupa por las personas que conoce ahí, y quiere sentir rabia, ¿pero contra quién?”, comentó. “Bienvenido a Estados Unidos. Nuestra edad de la inocencia definitivamente terminó”.

Mientras, los que salían de la escena de destrucción caminaban kilómetros hasta sus casas sin posibilidades de ser llevados en automóvil, parecían sacudidos por oleadas de conmoción.

Ed Lamm, quien trabaja en la J.P. Morgan, dijo que no podía olvidar la imagen.

“Fue devastador”, expresó Lamm, de 53 años y oriundo de Mineola. “El humo, la oscuridad. Fue como si el día se detuviera”.

“Uno sabía lo que había en el cielo, veía F-15 en el cielo. Pero somos los afortunados, estamos vivos”.

Por supuesto, las calles estaban llenas, como ocurre con frecuencia en tiempos menos difíciles que éstos. La gente avanzaba trabajosamente, como ha ocurrido en otros desastres. Los trabajadores municipales se esforzaban por ayudar, algunos a costa de sus vidas, como siempre. Incluso mientras Nueva York se convertía en un imperio de dolor, la gente se mantuvo fiel a sí misma.

Keith Vance, de 33 años y quien estaba de pie frente a la iglesia Trinity cuando la primera torre se derumbó, se vio de pronto ayudando a una extraña. “Estaba de pie junto a uno de esos grandes tiraderos, así que quedé detrás de la nube de polvo y sostuve a una señora que estaba en la calle”, relató. “Pensé: No hay forma de que escape corriendo de esto. Por extraño que parezca, no lo sentí. Sentí como un fuerte viento en la playa. Y cuando abrí los ojos, no podía ver. Todo estaba negro”.

Ella se refugió en un banco donde las ventanas se habían roto con ayuda de un trabajador de la institución. Minutos después, se vio frente a una tienda de bocadillos chinos. El propietario salió con botellas de agua. Un hombre en una ferretería entregaba mascarillas contra el polvo.

El horror del momento se deslizó lentamente en las conciencias de las personas que veían la escena a la distancia. Los acontecimientos pusieron a prueba la fe de las personas en sus ojos, oídos y aparatos de televisión.

En Brooklyn Heights, Lisa Morris oyó hablar del primer avión que se había estrellado contra una torre del World Trade Center, y caminó por la calle para ver al otro lado del puerto.

“El primer edificio estaba en llamas y entonces el segundo avión enfiló directamente contra el segundo edificio”, dijo. “Debió sobrevolar la Torre de la Libertad y dirigirse directamente al edificio”. “Ya era extraño pensar que el primer impacto había sido un horrible accidente. Pero saber que el segundo no había sido un accidente hizo peores las cosas”, manifestó.

Grandes números de voluntarios se presentaron a los hospitales de toda la ciudad, preparados para donar sangre para los sobrevivientes. Muchos fueron rechazados debido a que los hospitales no estaban preparados para aceptar donaciones.

Sin transporte, un ejército de personas cubiertas por el polvo deambulaba hacia el norte, el este, el oeste. Encontraron puentes cerrados, carreteras abiertas y trenes subterráneos detenidos.

El puente de Manhattan estaba en su mayor parte cerrado al tránsito, con la notable excepción de los autobuses escolares, autobuses comerciales, y hasta un autobús de la Academia Talmúdica Unida que había sido incautado por el Departamento de Bomberos y transportaba tragahumos a Manhattan, atravesando el lado de Brooklyn.

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