Oleada terrorista en Estados Unidos - Diario de Yucatán

Publicación del miércoles 12 de septiembre de 2001

El ataque a Estados Unidos

Las viñas de la ira

Por Sergio AGUAYO QUEZADA

No tengo ninguna duda en reprobar los ataques lanzados contra la población estadounidense. Es igualmente necesario aislar algunos de los acordes de la sinfonía de irracionalidad. La violencia tiene lógica y comprenderla es requisito indispensable para contenerla.

Desde que la televisión y la radio informaron sobre el primer ataque, apareció como uno de los principales sospechosos el fundamentalismo islámico y palestino. La causa es obvia. En las últimas semanas y meses nos hemos horrorizado con esos jóvenes dispuestos a inmolarse a cambio de asesinar, herir o lastimar a sus irreconciliables enemigos. Es también conocido el rencor y el odio que estos grupos tienen contra los Estados Unidos, el aliado estratégico de Israel. Y a lo largo de los años los estadounidenses y sus bienes han sido el blanco de numerosos ataques. Ninguno como el lanzado el día de ayer. Fue un operativo gigantesco y cargado de simbolismo. Para armar las bombas humanas eligieron a American Airlines y United Airlines, aerolíneas que despliegan por los aires de todo el mundo la bandera estadounidense. Al destruir las Torres del Comercio Mundial de Nueva York, al atacar el Pentágono, muestran su desprecio al capitalismo globalizador y a la fuerza militar de la principal potencia mundial. Lo hicieron, además, en una operación hollywoodesca que supera cualquier película de acción. Hay ocasiones en que la realidad supera —y con mucho— cualquier obra de ficción.

Apenas hace unos días el “Washington Post” publicó los resultados de una investigación oficial que confirmaba que Estados Unidos tenía capacidad sobrada para derrotar a cualquier adversario. Fueron cálculos hechos pensando en armamentos convencionales. Los ataques terroristas de este martes 11 de septiembre confirman el valor estratégico de los comandos decididos a morir. Abraham Lincoln, Alvaro Obregón y John F. Kennedy son algunos de los muchos ejemplos de que no hay sistema de seguridad capaz de resistir al que tomó la decisión de morir matando. Dicho esto, y ante la inquietud tan generalizada, me inclino por un ejercicio de prospectiva. Es lógico que en estos primeros momentos los esfuerzos estadounidenses se orienten a evitar ataques similares, a enterrar sus muertos, a curar heridos y a cuantificar los daños. Pese al enorme monto que tendrá la factura económica, Estados Unidos tiene los recursos para cubrirla. La herida mayor fue infligida al orgullo de un país que ha hilvanado una historia con altísimos niveles de seguridad. Es la única potencia que participó en las dos guerras mundiales sin que su territorio continental hubiera sido afectado (la invasión de Columbus por Villa fue una anécdota regional que nunca amenazó la seguridad de Estados Unidos).

Inmediatamente debe haberse iniciado un doble operativo. Por un lado, el sistema de seguridad estadounidense empezará un exhaustivo escrutinio de las causas que les impidieron anticipar el riesgo. La Agencia Nacional de Seguridad (NSA) y la Agencia Central de Inteligencia (CIA), y otras varias, serán escudriñadas en búsqueda de sus errores. Al mismo tiempo se lanzarán a averiguar quién o quiénes organizaron los ataques y cómo fue que los organizaron. Si el secuestro, tortura y ejecución de un agente de la DEA (Enrique Camarena, Guadalajara, 1985) llevó a una “Operación Leyenda” que 15 años después sigue persiguiendo a los responsables, imaginemos la intensidad que tendrá la búsqueda de los responsables. Será una cacería global. Es obvio que los operativos se enfilarán inicialmente hacia el Medio Oriente y Afganistán. Aunque los principales dirigentes del pueblo palestino rápidamente se distanciaron del atentado, y pese a que el “Ejército Rojo” japonés reivindicó el ataque, las imágenes de miles de seguidores del Islam celebrando el “éxito” de la operación alimentarán la exigencia de venganza y llevarán a algunas represalias. Afganistán también sentirá la presión porque es un país gobernado por uno de los grupos más oscurantistas del Islam que ha dado refugio territorial a grupos terroristas. Cualquier represalia tomada por Estados Unidos o Israel alimentará la determinación de quienes encontraron en la violencia el camino de la justicia.

Aun cuando no hubiera algún tipo de represalia, puede anticiparse un efecto demostración. Por la globalización de la información, el mundo entero sabe de una devastación que aumentará el número de voluntarios dispuestos a alcanzar la gloria combatiendo a los infieles. Es una “guerra santa”, un enfrentamiento contra las fuerzas del mal en el que no hay tolerancia ni misericordia contra el enemigo. Aunque no hay los ingredientes para una tercera guerra mundial, es posible anticipar sobresaltos, violencia aislada y mayores controles en los puntos de ingreso a Estados Unidos.

En este escenario, México verá modificado el papel que tradicionalmente ha jugado. Siempre hemos servido de base a servicios de inteligencia que se espiaban entre sí y que interferían muy poco en asuntos mexicanos. Eso ha ido cambiando en la medida en la que el gobierno mexicano asume explícitamente el papel de aliado de Estados Unidos. Los servicios de inteligencia que maneja la Secretaría de Gobernación (Centro de Investigación y Seguridad Nacional, Cisen) tienen acuerdos de colaboración con Estados Unidos para combatir el terrorismo. Ante la magnitud del ataque, y dada la integración cada vez mayor, es previsible que la alianza se haga cada vez más explícita y que se endurezca la política migratoria mexicana.

Este escenario se agravará en la medida en la que se alimente la hoguera del odio. Pareciera indispensable reflexionar un momento sobre las causas, sobre los motivos que llevaron a 20 ó 30 personas (número mínimo para armar una operación tan complicada) a inmolarse en el altar del idealismo y el rencor. ¿Qué veredas existenciales recorrieron esos hombres y mujeres para cargarse del encono que se requiere para conducir a la destrucción a aviones cargados de inocentes? ¿De dónde salió el odio que lleva a que la única satisfacción esté en dañar, en destruir al adversario?

A lo largo de los años he conversado con colegas y amigos judíos y palestinos sobre el Medio Oriente. Hace unas cuantas semanas uno de ellos, intelectual refinado con familia en Israel, me comentaba que podía entender los motivos del resentimiento que tiene el pueblo palestino, una parte del cual ha vivido en campos de refugiados desde 1948. “Llega un momento —agregaba— en que el esfuerzo por entender al otro llega al precipicio de tener que optar entre ellos y nosotros. Sometido a ese dilema, la única salida que resta es darle la lealtad a mi pueblo y a mi gente”. Ideas similares salen de los que viven en el otro campo que hablan de un terrorismo de estado israelí que no es condenado con el mismo vigor.

Son momentos difíciles en los que sólo me resta expresar mi solidaridad con el pueblo estadounidense por medio de unas palabras de Louis Brandeis, uno de sus más grandes juristas y humanistas: “Aquellos que obtuvieron nuestra independencia —escribió Brandeis— creían que el miedo alimenta la represión, que la represión nutre el odio, que el odio amenaza la estabilidad del gobierno y que el camino de la seguridad se encuentra en discutir libremente las heridas y los remedios propuestos”. El mejor antídoto al odio estéril y a las viñas de la ira, son políticas racionales e impregnadas de humanismo.— S.A.Q.— México, D.F., septiembre de 2001.

Comentarios: Fax (5) 683 93 75. Correo electrónico: saguayo@colmex.mx

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