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Publicación
del martes 9 de octubre de 2001
La Guerra Santa
¿Crisis de la convergencia?
Por Denise DRESSER
Ante la sacudida del 11 de septiembre hay muchos
que anuncian la crisis de la convergencia y la interrupción
de la integración con Estados Unidos. Se habla del fin de
una política exterior que enfatizaba la cercanía con
nuestro vecino del norte en vez de la animadversión hacia
él. Se vaticina el fin de la vecindad construida sobre lazos
de amistad. Pero es demasiado temprano para apoyar esos augurios:
México todavía tiene cartas qué jugar y ojalá
las ponga sobre la mesa.
A muchos mexicanos les ha costado trabajo entender
de qué manera ha cambiado el mundo durante las últimas
tres semanas. Creen que Estados Unidos se merece lo que le ocurrió
y que esta batalla no es nuestra. Creen que es mejor refugiarse
en el antiyanquismo que conocemos en vez de apostar a una nueva
actitud que será necesario construir. Pero el entorno internacional
ha cambiado y México debe hacerlo también. Tan sólo
como botón de muestra del multilateralismo mundial, allí
está Gran Bretaña contribuyendo con comandos de reconocimiento
en Afganistán. Allí está Tayikistán,
abriendo sus bases militares. Allí está Nueva Zelanda,
ofreciendo buques de patrullaje. Allí está Checoslovaquia,
incrementando la seguridad de sus plantas nucleares. Allí
está Camboya, congelando las cuentas bancarias de supuestos
terroristas. Cada país está haciendo algo para combatir
el terrorismo, se le haya pedido o no. La nueva alianza global abarca
a más de 100 naciones con diferentes posiciones. Y a pesar
de la retórica de la represalia, sólo una pequeña
parte de las actividades de esta coalición involucra la acción
militar.
La alianza heterogénea incluye cuatro círculos.
En el primero están los países alrededor de Afganistán,
centrales en la lucha contra el terrorismo como Paquistán,
Rusia, Tayikistán, etcétera. En el segundo círculo
habitan los países de la OTAN, la Unión Europea y
Australia. El tercer círculo abarca los países islámicos
y árabes del Golfo Pérsico, con movimientos fundamentalistas
internos que podrían poner en jaque esta alianza internacional.
Y en el último círculo se encuentran países
como México, con papeles secundarios pero no sacrificables.
Brasil y Venezuela están vigilando transferencias de fondos
a destinos internacionales. Guatemala está proponiendo una
iniciativa legislativa contra el lavado de dinero. Hong Kong está
proponiendo leyes para congelar las cuentas bancarias de empresas
vinculadas con Al Qaeda. ¿Y dónde está México?
Paradójicamente, cuando Estados Unidos apoyaba el unilateralismo,
México era su mejor amigo, y ahora que el multilateralismo
prevalece, a México le está costando trabajo sumarse
a él.
El mundo se está realineando de formas
que México paga y padece. Muchos analistas sugieren que para
Estados Unidos México pasa a segundo plano. Muchos inversionistas
no creen ya en la noción de América del Norte. Muchos
consultores han dejado de creer en el futuro de la convergencia.
Desde fuera, se deja de pensar en México como parte de una
identidad norteamericana y se le cataloga críticamente como
una economía latinoamericana. México ya no es dicen
parte de los mercados globales, sino ejemplo de los mercados emergentes.
Y se le tratará como tal: Estados Unidos colocará
al país en el patio trasero, los inversionistas sacarán
su dinero tal y como lo hacen de Brasil o Argentina, los flujos
financieros flaquearán y la economía se estancará.
Esta percepción, aunada a factores internos,
augura malos tiempos para México. No hay reforma fiscal de
fondo, y probablemente no habrá una mejor calificación
de Standard & Poors. No hay crecimiento económico
y la recesión al norte de la frontera pondrá el alto
a una pronta recuperación al sur de ella. No hay una colaboración
geopolítica/estratégica con Estados Unidos y no habrá
tanta atención de su parte. No hay una actitud de apoyo entusiasta
por parte de los mexicanos y no habrá mucho qué esperar
de los norteamericanos. El clima migratorio ha cambiado, el panorama
se ha ensombrecido, la historia de la convergencia parece haber
llegado a su fin. Fox escribió su introducción durante
su visita del 5 de septiembre a Estados Unidos, pero los eventos
seis días después constituyeron un epílogo
estruendoso.
De pronto argumentan los pesimistas
el glamoroso edificio de la política exterior se ha derrumbado
con la misma velocidad que el World Trade Center. De pronto calculan
los catastrofistas la carrera política del canciller
Castañeda se encuentra enterrada bajo los escombros. Si antes
Colin Powell tenía tiempo para negociar sobre la migración,
ahora ni se acuerda de ella. Si antes George W. Bush decía
que México era el mejor amigo de Estados Unidos, ahora Gran
Bretaña parece ocupar ese lugar. Y aunque Fox platique con
Larry King, vuele a Washington y visite Nueva York, el daño
ya está hecho. En la lista de bajas del 11 de septiembre
también está la relación bilateral.
Sin embargo, esta visión peca de cortoplacismo.
Se centra en la fotografía del momento sin ver el largometraje.
Las condiciones que estaban creando la convergencia siguen allí.
México y Estados Unidos siguen enviándose productos
y personas, empresas y dinero para financiarlas. Millones de dólares
fluyen a México en inversión extranjera directa; miles
de mexicanos cruzan la frontera y se quedan allí. Estados
Unidos depende cada vez más de la mano de obra mexicana,
y México depende cada vez más del pago que se le da.
Las remesas y el turismo y las fábricas y los ciudadanos
norteamericanos de origen hispano son una red tan densa que cuatro
avionazos no la han logrado destejer. El terrorismo complicará
los lazos existentes, pero no los romperá.
Qué bueno que el presidente Fox fue a Washington;
qué bueno que vio la zona cero de cerca; qué
bueno que ha intentado resarcir el daño que su ambivalencia
provocó. Pero no basta el montaje teatral del acercamiento.
Hay que planear cómo fomentarlo. México debe pensar
de manera estratégica, caminar un paso más adelante,
mirar al horizonte, vislumbrar el largo plazo. En este momento,
Estados Unidos no tiene tiempo ni ganas de pensar en México
y sugerir que lo haga sería como preguntarle a la señora
Lincoln después del asesinato de su esposo en un teatro
si le había gustado la obra. Pero llegará el tiempo
de examinar sin pasión cómo lidiar con la integración,
y México debe estar preparado.
Como dice el dicho, la mejor estrategia defensiva
es una estrategia ofensiva. México debe subrayar por qué
su apoyo será importante para Estados Unidos en este nuevo
contexto. En un período en el cual muchos creen que la relación
bilateral ha dejado de ser una prioridad, México debe enfatizar
por qué ese no es el caso. El Presidente necesita argumentar
que el país cree en la convergencia y apoya formas de manejarla.
Fox necesita pasar menos tiempo anunciando lo poco que México
ha hecho para apoyar a Estados Unidos, y más tiempo anunciando
lo que hará.
La tragedia terrorista reveló una lógica
que había estado escondida: el esquema existente de colaboración
bilateral aleatorio y ad-hoc ya no es sostenible a la
luz de las nuevas circunstancias. En las torres murieron mexicanos
y estadounidenses. Su caída fue un manotazo para la economía
norteamericana y un garrotazo para la economía mexicana.
La frontera ya nunca será vista de la misma manera y tanto
México como Estados Unidos tendrán que repensar de
manera conjunta su actitud hacia ella. La respuesta estadounidense
frente al terrorismo tendrá que incluir una visión
sobre la integración con México.
Ya se habla de un perímetro de seguridad
de Norteamérica, que corra desde el Yukón hasta el
Río Grande o hasta el Suchiate. Ya se habla del homeland
defense. Ya se habla de cerrar las compuertas a la inmigración
y de fórmulas draconianas para frenarla. Los terroristas
se cuelan desde Canadá y también podrían hacerlo
de México. Estas son las ideas y las propuestas y los planes
paranoicos que flotan en el aire. Frente a ellos, México
debe tener una respuesta razonable y una alternativa viable. Y probablemente
la única manera de parar las pasiones aislacionistas sea
sugiriendo mayor colaboración y mayor convergencia. No menos
integración sino más.
México debe empujar ahora más
que nunca un acuerdo bilateral de inmigración con flujos
ordenados para lidiar con una frontera porosa. México debe
enfatizar ahora más que nunca la idea de invertir
aquí ante la inestabilidad de otras economías emergentes.
México debe insistir ahora más que nunca
en su papel privilegiado como base manufacturera con políticas
macroeconómicas estables. México debe lograr ahora
más que nunca que su clase política apruebe
una reforma fiscal que tranquilice a los mercados y a quienes invierten
en ellos. México debe repetir ahora más que
nunca que colaborar en la frontera tiene más sentido
que poblarla de agentes. México debe apoyar ahora más
que nunca fórmulas binacionales para combatir el terrorismo
en lugar de desempolvar las actitudes aldeanas que acompañaron
al proteccionismo.
En esta coyuntura crítica tiene más
sentido colaborar con el sistema internacional que aislarse de él.
Tiene más sentido subrayar la vecindad que promover la enemistad.
La política mundial está sufriendo una profunda realineación
y el país tiene que sumarse a la acción. En vez de
declarar que ha muerto la convergencia, el país debe resucitarla.
En vez de rehuir los costos de la integración con Estados
Unidos, México debe asumirlos. En vez de caer vencido frente
a la crisis de la convergencia, México debe utilizar esta
oportunidad para hacerla realidad. D.D. México,
D.F., octubre de 2001.
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