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Publicación
del sábado 6 de octubre de 2001
Los atentados en Nueva York
El primer recurso contra el terrorismo
Por Eamonn O'HIGGINGS
No sé exactamente por qué los recientes
eventos terroristas en Nueva York me han causado tanta conmoción
interior. Uno hubiera pensado que, con tantas películas de
violencia gratuita, nuestro nivel de tolerancia con cierta facilidad
podría acomodar tales noticias dolorosas. Quizás por
el hecho de haber vivido tantos años en los Estados Unidos
me identifico en parte con esa nación y su tristeza; quizá
también porque el verano del año pasado me encontré
de nuevo caminando por aquellas grandes avenidas de Nueva York y
me es fácil todavía escuchar los sonidos del tráfico
interminable y los gritos y ruidos de la Isla de Manhattan. Recorro
en mi mente los comercios, los anuncios publicitarios, la Quinta
Avenida y el Shea Stadium y, por supuesto, suena todavía
en mi memoria el acento distintivo de tantos New Yorkers conocidos.
Sin embargo, sospecho que la identificación
que experimento va más allá de la nostalgia de un
verano pasado. Es cierto que otras razones me vienen a la mente.
Miles de personas, tanto de mi país, Irlanda, como de México
y de muchos más, hemos encontrado a lo largo de dos siglos
un hogar y una aceptación en los Estados Unidos. Esa aceptación
se ganó gracias a una determinación feroz y con el
sudor de un trabajo duro y honesto. Pienso en tantos norteamericanos
conocidos que se han caracterizado por su espíritu de trabajo,
su mentalidad de lograr lo que se proponen y por su apertura y generosidad
hacia las necesidades ajenas.
Pero creo que ni siquiera son éstas todas
las razones en las cuales fundamento el nexo fraterno que experimento
con los muchos que murieron y los muchos más que lloran por
ellos. Supe que en los cuatro atentados perecieron personas de 63
nacionalidades distintas. Sin duda, entre ellos había norteamericanos
de ascendencia mexicana e irlandesa. Gracias a la globalización
cultural y a la migración masiva de gente, nos es cada vez
más difícil asociar un apellido con una cultura y
nacionalidad específica.
No me sorprendería encontrar, entre las
listas largas de los fallecidos o los desaparecidos, un Murphy,
un Sweney, un González y un Pérez. Por tanto, sentimos
esos lazos de sangre con los que fallecieron y lloramos por ellos
como se lamentaría la muerte del vecino o el señor
que vivía enfrente. Es difícil decir simplemente:
A mí, no me tocó. Me hace recordar aquella
frase dolorosa del poeta inglés John Donne capturada por
Ernest Hemingway: No preguntes por quién doblan las
campanas; doblan por ti.
Estos eventos trágicos ponen en relieve,
más que un sentimiento pasajero de compasión, la fraternidad
real entre los hombres. A pesar de las diferencias accidentales
de lengua y apellido, compartimos la misma naturaleza, destino y
condición humana. Pero a mí, me es necesario afirmar
algo más. De forma cierta, me siento también co-responsable
de lo que pasó, comparto también la responsabilidad
de esta tragedia. Me explico.
Soy sacerdote. De forma indigna represento a Dios
delante de mis hermanos los hombres. Pero también represento
a mis hermanos delante de Dios. El día después de
esas tragedias celebré la santa misa en la Universidad. Mi
intención fue ofrecer la misa por la paz. Al preparar el
misal, encontré otra intención que me pareció
aún más apropiada: la remisión de los pecados.
Como representante de los hombres, me dio vergüenza ese día
ofrecer a Dios el pan y el vino, fruto del trabajo del hombre
y qué frutos de las 24 horas anteriores tuvimos los hombres
que ofrecer a Dios aquel día. íQué ofrenda
tan sangrienta! Fue quizás, para mí, la primera vez
que sentí vergüenza ante Dios al celebrar la santa misa
ofreciéndole los frutos de los hombres, del hombre Caín,
dejando muerto a su propio hermano Abel. No todos comparten la creencia
cristiana y no todos compartirían el sentirme co-responsable
con los que provocaron esta desgracia. Sin embargo, pienso que hay
razones y no solamente creencias para considerarnos aunque vicariamente
co-responsables. Según el pensador Max Scheler, hay cierta
co-responsabilidad con los actos reprensibles de los demás.
Si no por otras causas (y muchas veces sí existen otras causas)
por lo menos nosotros (los que no hemos hecho nada)
hemos permitido las condiciones en las cuales se han fortalecido
el odio y la crueldad. No hemos hecho lo suficiente para impedir
el desarrollo del ambiente en el cual germinaron y, finalmente,
se cosecharon estos actos nefastos. Cualquier persona que haya visitado
una cárcel y que haya hablado con presos, sabe cuántos
delitos se deben a la maldad intrínseca de la persona humana
(que sí existe) y cuántos se deben a la crueldad,
el rechazo, el abuso, el olvido y la indiferencia de los demás.
Quizá la magnitud de estos acontecimientos deplorables nos
lleva a pensar en causas extrínsecas que hayan exacerbado
y magnificado las intenciones torcidas de unos cuantos.
Está claro que la causa inmediata de estos
hechos fue un fanatismo torcido y enfermizo. Sugiero que las causas
ulteriores son, o somos, los que dejan hacer crecer las condiciones
en las cuales se fomenta tanto odio. ¿Demasiado duro y exagerado
este juicio? Robert Frost, el célebre poeta de Nueva Inglaterra,
en su poema Fire and Ice (Fuego y Hielo), decía que se puede
acabar este mundo con el fuego: una imagen del rencor, el odio y
la guerra. Pero él también decía que el hielo
de la indiferencia fría es igualmente destructivo, y también
capaz de acabar con el mundo.
Y ¿ahora qué? Con la reanudación
lenta y penosa de las actividades cotidianas de nuestros hermanos
en Nueva York y Washington se intenta restablecer la actividad de
antes. Pero sería una insensatez pensar en simplemente restablecer
el status quo. Si es así, estaremos buscando recrear las
mismas condiciones que permitieron que pasara lo que pasó,
y que pasará otra vez, quizás con aun mayores consecuencias.
Durante las últimas semanas hemos visto
muchas imágenes de hombres y mujeres, inclusive de la vida
pública, rezando e invocando a las fuerzas divinas para detener
las fuerzas humanas. ¿No nos hace pensar que quizás
la oración y la gracia divina deben ser un primer recurso,
en vez del último? ¿No sería mejor rogar por
la paz antes que lamentar la sangre derramada después?
Alguien dijo que, después del 11 de septiembre,
nada será igual. Eso espero. E.O.H. Mérida,
Yucatán, octubre de 2001.
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