Oleada terrorista en Estados Unidos - Diario de Yucatán

Publicación del jueves 4 de octubre de 2001

Las raíces del terrorismo (y 2)

El fundamentalismo islámico

Por Rolando ARMESTO WALKHOFF

La doctrina de la secta sunnita, que agrupa al 90% de los musulmanes actuales, que se calculan en 900 millones de personas, se basa en el pensamiento de Al-Gazali, el príncipe de los teólogos musulmanes del siglo XII.

Mahoma, para el Islam, es un hombre como los demás, un profeta escogido por Alá para la organización de los hombres. El concepto de profeta está ligado al de legislador y su función es promulgar leyes y reglas de conducta. El imán o califa será en la actualidad el sucesor del profeta, pero sólo como ejecutor práctico de la ley ya dada.

El islamismo es monoteísta, cree en la vida futura, en la resurrección y en el juicio final. Sin embargo, por exagerar la personalidad “todopoderosa” de Alá cae fácilmente en un determinismo que termina negando la libertad humana y la ética misma. Citemos las palabras de Al-Gazali: “Cuando un hombre corta el cuello a otro la muerte del asesinado es un fenómeno producido por creación exclusiva de Dios en el instante mismo del corte del cuello”. O en palabras de Alessandro Bausani, uno de los mayores estudiosos de la cultura árabe: Cuando un hombre mueve una mano Dios, además de haber creado anteriormente al hombre mismo y su mano, crea también el movimiento en la mano y crea el poder del hombre sobre el movimiento mismo. El hombre sólo es 'potente' en sentido reflejo, y en todo caso, nunca es creador de sus propios actos”.

Pero el islamismo es algo más que la anulación de la ética, es además, y quiza como consecuencia de lo anterior, una serie interminable de prescripciones sociales y políticas que emanan del Corán como mandato divino que debe obedecerse, se interiorice o no su verdad. La razón humana, instrumento dialógico por excelencia, indispensable en toda convivencia organizada, se ve sustituida por mandatos externos, rígidos y anacrónicos. Aquí radica su peligroso fanatismo. Dios es entendido en una forma demasiado antropomórfica, personalista, a través de una religión tan mundana que dirige su mirada a una organización unitaria del mundo visible bajo la guía de un general en jefe que es Dios. Para el musulmán la ley no es otra cosa que la directa y personal voluntad de Dios expresada a través del Corán.

En países sumidos en la miseria y con enormes tasas de analfabetismo, la interpretación práctica del Corán depende de los líderes religiosos frecuentemente asociados al poder político.

Los Estados Unidos, como país, surgieron por la necesidad de que se respetaran las creencias individuales de los inmigrantes que huían de la persecución religiosa. Buscaban el respeto a las diferencias individuales. Por eso en Estados Unidos pudo florecer un sistema democrático representativo. El resultado es el irrestricto respeto al individuo y a las minorías, así como la tolerancia como forma de convivencia pacífica (Aunque ellos mismos hayan violado estos principios dentro y fuera de su país, no por ello dejan de estar presentes en las garantías individuales que le dan forma a su Constitución).

Los fundamentalistas árabes, en cambio, creen en un sistema político que debe emanar de los principios religiosos ya que “existe un solo Dios y Mahoma es su profeta”. Quienes no piensen igual son infieles. La razón humana no debe interpretar la voluntad de Dios que habita en nuestra conciencia, sino, al contrario, someterse “fielmente” a la voluntad de Alá expresada en el Corán e interpretada por Mahoma. Es decir, Mahoma ya pensó por nosotros y nos dejó un manual de buena conducta. Con base en estos principios los musulmanes se preguntarán, ¿democracia para qué?

Asimismo en el Cristianismo, base de la cultura occidental, la libertad humana es un don de Dios que ni Dios mismo puede suprimir. Dios no es “todopoderoso”, pues en la medida en que respeta nuestra libertad se autolimita a sí mismo. Para un musulmán, en cambio, Dios es todopoderoso y nada ocurre sin su consentimiento.

Para los cristianos Dios ha sembrado la duda en nuestros corazones para que la soberbia y la arrogancia no gobierne nuestra relación con los demás, para que la tolerancia y el amor a nuestros enemigos sea nuestra norma de conducta y la razón nuestro instrumento de entendimiento. Para los musulmanes, como declara Al-Gazali, explícitamente y con todas sus letras, “El mal, la impiedad, y el pecado son indudablemente queridos por Dios”.

En estos momentos de terrorismo y violencia debemos recordar que el pueblo islámico es inocente de los crímenes que se cometen. Que el fanatismo se sostiene en el analfabetismo y en la manipulación política de los regímenes corruptos asociados a un fundamentalismo anacrónico. Es preciso que la verdad, en nuestros días la información, hagan libres a estos pueblos sumidos en la ignorancia y la opresión. La religión puede ser liberadora, incluso la islámica, como lo ha demostrado el sufismo o misticismo musulmán.

Debemos recuperar la capacidad de dudar, de entender que sólo los hombres con certezas pueden cometer grandes crímenes. Aquel que sabe que no tiene toda la verdad estará siempre más dispuesto a respetar la verdad de su prójimo e, incluso, la de su aparente enemigo.

“Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos” (Mt. 3).

Entiendo por pobre de espíritu un hombre que no lo sabe todo, que no tiene todas las respuestas, y que humildemente extiende la mano no sólo para dar sino también para recibir.— R.A.W.— Mérida, Yucatán, octubre de 2001.

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