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Publicación
del miércoles 3 de octubre de 2001
Las raíces del terrorismo
Miseria y corrupción política
Por Rolando ARMESTO WALKHOFF
No existe un solo país islámico
con un régimen político democrático. ¿Casualidad?
Esta grave situación ni siquiera se presenta en el continente
africano.
No existe tampoco ninguna región del mundo
con tanta disparidad en la distribución de la riqueza. La
clase media está reducida a su mínima expresión.
Es innecesario decir que ahí donde no florece
la democracia prolifera la corrupción entre los gobernantes.
Pero en estos países, por la riqueza que genera el petróleo,
la corrupción es de proporciones faraónicas.
Esta doble situación, corrupción
y miseria, fomenta el mejor caldo de cultivo para todos los fanatismos
que hoy contemplamos. Aquí se encuentran las raíces
del terrorismo reciente.
El descontento social es mitigado por la clase
política gobernante de dos formas: primero, dirigiendo el
odio y el resentimiento social contra un enemigo externo, Israel,
y su cómplice los Estados Unidos; y segundo, fomentando un
tipo de religión que les permite canalizar el odio hacia
un enemigo externo: los infieles.
A lo largo de los últimos 50 años
los norteamericanos y los judíos han sido el chivo expiatorio
de todos los sufrimientos del pueblo islámico (como los judíos
y los comunistas lo fueron para los alemanes en los años
treinta o los Estados Unidos lo han sido para los cubanos desde
hace 40 años). La táctica no es nueva, pero sí
muy eficaz. Estos gobiernos árabes les han otorgado a sus
medios de comunicación y a sus intelectuales una total libertad
para atacar a los norteamericanos, malestar que se ha arraigado
en la conciencia popular. Este descontento difícilmente puede
atenuarse en poco tiempo.
Asimismo, estas dictaduras, corruptas y temerosas
de su propio pueblo, han hecho un pacto con los religiosos fundamentalistas.
A cambio de apoyo político, y bajo la promesa de que no serían
atacados por estos grupos extremistas, se les ha permitido reunir
dinero a favor de las causas islámicas revolucionarias, entre
ellas el grupo formado por Osama Bin Laden.
¿Y por qué los Estados Unidos han
permitido que se alimente tanto odio contra ellos a lo largo de
tantos años? La respuesta es muy simple: era un buen negocio.
Negociar con una dictadura es más fácil que hacerlo
con una democracia. La democracia es siempre impredecible, y en
los pueblos islámicos aún más. Los dictadores
necesitan armas para someter a sus pueblos y los norteamericanos
necesitan petróleo. Al renovar su arsenal militar, necesidad
permanente para los países desarrollados, las armas viejas
son vendidas a los gobiernos islámicos. A cambio de la venta
de armas se asegura la no-agresión del gobierno que las compra
y la venta irrestricta de petróleo (este acuerdo forma parte
de las cláusulas de venta). La posible guerra contra Israel
es la excusa que, ante el pueblo, esgrimen estas dictaduras y monarquías
para armarse. Pero, en realidad, este armamento les permite someter
a sus propios disidentes internos.
Pongamos un solo ejemplo. En 1982 el gobierno
de Siria encabezado por el dictador Hafez al Assad sufrió
la amenaza de extremistas islámicos desde la ciudad de Hama.
Al Assad bombardeó los vecindarios fundamentalistas de la
ciudad durante días. Una vez que terminó el fuego
de artillería y todo estaba destruido, con excavadoras y
maquinaria pesada nivelaron la zona hasta volverla área de
estacionamiento. Amnistía Internacional estimó que
entre 15,000 y 25,000 civiles murieron. ¿Tendría sentido
mencionar el exterminio de kurdos en Iraq, las masacres en Irán,
la guerra civil en Afganistán, la guerra sucia de Libia...?
Los norteamericanos han tratado en los últimos
años de cambiar su imagen en el mundo islámico. Pero
nada se dice en los países árabes de los miles de
millones de dólares que los Estados Unidos destinan en ayuda
a Egipto, Jordania e, incluso, Afganistán. Se silencia el
apoyo de los norteamericanos a los musulmanes en Bosnia y Kosovo.
También se oculta que Bill Clinton se reunió más
veces con Yasser Arafat que con cualquier otro líder político
en el mundo.
Por todo lo anterior no es difícil entender
el odio antinorteamericano que existe entre el pueblo árabe
y la imposibilidad que tienen los musulmanes para creer que Osama
Bin Laden, fundamentalista islámico, pudiera estar detrás
de los atentados a las torres gemelas de Nueva York. Ahora estos
gobiernos corruptos, que han alimentado el odio hacia los norteamericanos,
tendrán que apoyarlos. De lo contrario serán considerados
proterroristas por sus confiables proveedores de armas. No es difícil
suponer que algunos gobiernos sucumbirán ante el descontento
popular. Pero siempre es mejor enfrentarse al pueblo desarmado que
a los portaviones norteamericanos. Y, por si quedara alguna duda,
los buques norteamericanos en la zona son un claro recordatorio.
La otra parte de la ecuación se explica
en los principios del fundamentalismo islámico. Analizaremos
brevemente los principios básicos de la fe musulmana.
(Continuará)
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